Carlos Peña: “Más que un nuevo rol de la mujer, es lo femenino lo que irrumpió en política”

El abogado y columnista augura que una agenda feminista “de tinte liberal” tiene posibilidades de imponerse de manera transversal, y asegura que tanto Cecilia Morel como Michelle Bachelet destacan por reivindicar explícitamente el hecho de ser mujeres.


“Las demandas feministas no se esgrimen porque las mujeres sean víctimas, sino porque se impone a ellas un papel subordinado en la estructura social”, subraya el rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, a la hora de establecer el marco donde irrumpió la agenda de la mujer en el debate político nacional. Un hecho que, según el abogado, responde a un país que ya no tiene tanto en la retina los problemas de la transición o de la modernización material, y hoy releva los asuntos culturales, identitarios o simbólicos.

¿Se puede hablar de un nuevo rol de la mujer en política, a partir de la fuerte irrupción que ha tenido en el último tiempo la agenda de reivindicaciones femeninas?
Más que un nuevo rol de la mujer en política, quizá habría que decir que es lo femenino -la forma en que se lo concibe, el lugar que le cabe en la estructura social y en el conjunto de las interacciones- lo que irrumpió hoy en la política. Hay una politización, por hablar en términos todavía más amplios, de la diferencia sexual. Si la preocupación de la política en los 90 fue la transición y más tarde en el cambio de siglo la modernización material, quizá hoy -cuando están en curso de resolverse los problemas más urgentes de la existencia material- sean temas o asuntos de índole cultural, identitarios o simbólicos los que poco a poco se vuelven más urgentes. Una sociedad que se moderniza, como ha ocurrido con la chilena, asiste al debilitamiento de todas las tradiciones y se vuelve mucho más reflexiva: lo que hasta ayer parecía obvio y natural (como el lugar que se había definido para la mujer), hoy es sometido a examen y requiere ser justificado.

Estamos, me parece, asistiendo a ese fenómeno cultural de una creciente reflexividad en las relaciones sociales. Déjeme subrayar que si bien el feminismo es lo que parece más notorio, también se trata de la diferencia sexual como problema político. Esto explica que el lugar de la transexualidad o lo gay -su reconocimiento y respeto- sea también hoy una cuestión social y política.

Históricamente se ha abordado la inclusión de mujeres en política a partir de las cuotas, ya sea reguladas por ley o autoimpuestas. ¿Ha dado resultado?
Las cuotas son una manera de corregir la distribución del poder, una forma de modificar procesos de exclusión que entregados simplemente al lento transcurrir de la evolución social se eternizarían. Un sistema de cuotas cumple así la función de permitir que las mujeres irrumpan en el devenir social para torcerlo, en la esperanza de que, luego de ello, el propio sistema de cuotas se haga innecesario. Así el éxito de un sistema de cuotas se mide porque en algún punto se hace prescindible. Y es muy pronto para juzgar eso en Chile. Las cuotas en lo inmediato aumentan la presencia de mujeres; esa presencia incrementa la posibilidad de que los intereses de las mujeres tengan incidencia en las decisiones; y, más tarde, todo eso ejerza un efecto de demostración que aumente -ahora por sí sola- el peso de las mujeres en el poder material y simbólico. Estamos recién, me parece, en la primera etapa: aumentar la presencia de mujeres.

Según una encuesta publicada en esta edición especial de La Tercera, las mujeres más influyentes de Chile hoy son Cecilia Morel y Michelle Bachelet. ¿Qué revela, a su juicio, ese resultado?
Lo que muestra es que el cambio cultural que se está produciendo aún no se revela en los rankings. Permítame explicarlo. El caso de Cecilia Morel no muestra ningún cambio cultural: su presencia (sin que esto disminuya el talento que ella ha mostrado) se configura, hasta ahora, a la sombra de su marido. Cecilia Morel es más bien un ejemplo del modelo de lo femenino aún hegemónico o dominante y que, justo por eso, está en cuestión. El caso de Michelle Bachelet es distinto; aunque ella tampoco es el producto de un cambio de situación de la mujer en la esfera pública chilena. Bachelet, me parece, es el fruto de rasgos idiosincrásicos -carisma, historia familiar, circunstancias- más que el resultado de cambios estructurales en la situación de la mujer.

¿Hasta qué punto el estilo de liderazgo de una mujer puede marcar diferencias a la hora de la evaluación que se hace de su poder o infuencia? Porque un liderazgo del estilo de Morel o Bachelet no es lo mismo que el de una Matthei o el de Van Rysselberghe.
Es verdad, ahí hay algo que debe ser pensado. Tanto Cecilia Morel como Michelle Bachelet -con todas las diferencias que ya hemos mencionado- tienen algo en común: ambas reivindican explícitamente el hecho de ser mujeres. Matthei y Van Rysselberghe, en cambio, no lo hacen. En ellas esa es una dimensión que no se explicita ni en el discurso ni en los gestos. Performativamente (es decir, si atendemos a la conducta que ejecutan) lo femenino como distinción en la esfera pública asoma en Bachelet o Morel, pero no en las otras dos. Esto quizá muestra que lo femenino como género no es ni una cuestión biológica, ni natural, sino performativa: se hace de conductas y de gestos.

Se ha asociado en los últimos meses la agenda femenina a una agenda de reivindicaciones históricas, que incluso han sido resentidas como radicales desde algunos sectores. ¿Es el único camino para impulsar cambios en esta materia?
Me parece que hay dos agendas femeninas o, si usted prefiere, feministas. Una de ellas, a la que podríamos llamar liberal, reclama que los ámbitos de interacción en todas las esferas de la vida, están libres de abuso y de discriminación en razón del género o, más ampliamente, en razón de la orientación sexual. En términos generales, este tipo de feminismo procura remover los obstáculos que, en razón del género, existen para el goce igualitario de derechos. La otra agenda, el otro feminismo, que podríamos considerar un poco más radical, cuestiona incluso que el sexo o la pertenencia sexual, sea natural o biológica y ve en ella una cuestión más bien performativa, una identidad que se construye culturalmente. Desde este punto de vista incluso los géneros binarios (hombre, mujer) serían una construcción cultural que acaba subordinando a la mujer y definiendo para ella preferencias sexuales que la someten. Esta segunda agenda, que está muy presente entre los más jóvenes, vincula las demandas feministas con el tema más amplio de la diferencia sexual.

¿Puede la denominada agenda de la mujer generar una transversalidad política que supere la lógica de izquierda y derecha?
Depende del tipo de agenda. Para eso puede ser útil la distinción anterior: una agenda feminista de tinte liberal puede, por supuesto, ser muy transversal, aunque con límites generacionales (puesto que no es muy atractiva para los más jóvenes). Una agenda feminista más radical (en el sentido que ya expliqué) y que se integre en el problema más amplio de cómo se construye y se trata socialmente la diferencia sexual, es, me parece, más propio de la izquierda propiamente tal y posee también un límite generacional (puesto que es más atractiva para las nuevas generaciones).

Hay mujeres que sostienen que no quieren ser tratadas como víctimas y que por eso no se suman a la agenda feminista….
Sí, es verdad; pero a la base de esa reacción hay un malentendido. Las demandas feministas (tanto liberales como más radicales) no se esgrimen porque las mujeres sean víctimas, sino porque se impone a ellas un papel subordinado en la estructura social y en la división del trabajo, lo que es distinto. Quizá una distinción conceptual ayude a comprender mejor el problema: una cosa es la agencia y otra la estructura. Un problema es de agencia cuando su causa se remite al individuo; es de estructura cuando está pauteado por la socialización, la cultura, las costumbres. Un abuso sexual puede ser considerado de agencia, puesto que se remite a un sujeto que decidió causarlo y hay alguien que lo padece; pero también es de estructura, puesto que las conductas abusivas a veces se enseñan como propias de lo masculino, de suerte que se enseña a la mujer a tolerarlas como parte inevitable de su condición intrínsecamente seductora, etcétera. Comprender y rebelarse contra eso no es considerarse víctima, es comprender por qué hay víctimas, que es distinto. Así como en los 60, a partir de Medellín, la Iglesia hablaba de “pecado social” para aludir a la explotación que las estructuras sociales permitían, así también hoy las jóvenes, especialmente ellas, se rebelan contra los abusos pauteados en las reglas, los usos sociales, la costumbre, en una palabra, anidados en la estructura.

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