Después de Bachelet

Si la centroizquierda quiere inaugurar un nuevo ciclo político, requiere de nuevos líderes. Y eso significa abrir las puertas al ocaso de Bachelet. Porque la expresidenta no es -ni debe ser- la llamada a encabezar ese proyecto.


Michelle Bachelet aparece como la segunda mujer más influyente del país en la encuesta Cadem-La Tercera y encabeza, por lejos, el ranking de mujeres más poderosas en la política chilena.

¿Por qué Bachelet, que terminó su segundo mandato con un 40% de aprobación y ha dicho que no volverá a postular a la Presidencia, aparece en una posición tan expectante?

Una primera hipótesis es que entre los consultados haya quienes sí creen (¿temen? ¿desean?) que Bachelet será candidata a la Presidencia por tercera vez. Se trata de una opción que aparece como francamente difícil: la popularidad de Bachelet, el capital político que la convirtió en candidata desde los márgenes de la Concertación en 2005 y que le dio libertad para armar un equipo, un programa y una coalición en 2013, sufrió un daño irreparable por el caso Caval. Y hoy no tiene ni equipo ni coalición. Es, en ese sentido, un liderazgo sin casa.

Es cierto que el mejor ejemplo para mostrar que todas estas debilidades son remontables lo ha dado el propio Sebastián Piñera: muy pocos hubiesen apostado en marzo de 2014, cuando dejó La Moneda con un 47% de aprobación y una sensación de decepción en la propia derecha, a que podría volver al Palacio presidencial. Y ahí está.

Ahora bien, sería más bien una fatalidad que la política chilena quedara atrapada entre estos dos liderazgos -Bachelet y Piñera-, incapaz de generar reemplazos contundentes para ambos. (El que Cecilia Morel aparezca como la mujer más influyente de este ranking habla también sobre esto).

Bachelet ya tiene ganado su lugar en la historia. Fue la primera mujer Presidenta de Chile. Y, muy importante, llegó a serlo con un matrimonio y un divorcio a cuestas, hijos de dos relaciones distintas y siendo madre soltera. En ese sentido, fue una Presidenta que estrechó la distancia entre los chilenos y su élite dirigente. También saldó deudas importantes para la izquierda chilena. Hija de un general de Aviación que murió por ser leal a Allende, ella víctima directa de las violaciones a los derechos humanos, crítica de la transición de los 90s, Bachelet hizo lo que su sector sentía que faltaba: de ahí la reforma tributaria (Frei en 2009 la eliminó de su programa), la gratuidad en la educación superior (como respuesta al CAE de Lagos), el Acuerdo de Unión Civil y el aborto (dos cuestiones que ella no se atrevió a empujar en su primer gobierno). Y, sobre todo, la idea de que el Estado tiene un papel mucho más relevante que el rol subsidiario al que fue relegado desde la dictadura, una idea que había sido (y sigue siendo) difícil romper.

Cuando Bachelet regresó a Chile, tenía la ambición de abrir un nuevo ciclo. El programa era eso: una hoja de ruta que excedía un mandato. La coalición, una que crecía hacia la izquierda. Y había posibles herederos: Rodrigo Peñailillo, Carolina Tohá o Marco Enríquez-Ominami. Ese plan colisionó con los imprevistos de la realidad: la oposición interna, el desplome del liderazgo presidencial, las “platas políticas” de SQM y la rearticulación de la derecha. También, y esto es muy importante, con la incapacidad de Bachelet de articular a la mayoría parlamentaria que la centroizquierda alcanzó por primera vez desde el 89 en ambas cámaras.

Pero hay algo más de fondo. Hoy ya no basta con que la centroizquierda proponga ampliar los márgenes de “la medida de lo posible”. O que haya involucrado más decididamente al Estado en la solución de problemas que antes dejó al mercado. Los desafíos que viene planteando la globalización son muchísimos más complejos y afligen a la socialdemocracia en el mundo entero. ¿Dónde están representados los trabajadores? ¿Las mujeres? ¿Quiénes expresan los temores de las clases bajas y medias? ¿Qué hacer con las tensiones que provoca la inmigración? ¿Cómo conciliar las inquietudes de una centroizquierda más conservadora con la reivindicación de los derechos de las minorías? ¿Qué hacer con la brecha cultural que se abre entre los grandes centros urbanos y el resto del territorio? ¿Y con la robotización del trabajo? ¿Y el debilitamiento de las democracias?

La centroizquierda no está pensando sobre esto. Esto, quizás, explique que, en el ranking de mujeres políticas, Bachelet aparece muy por sobre Beatriz Sánchez o Carolina Goic -dos expresidenciables-, o de Mariana Aylwin, Camila Vallejo, Isabel Allende y Maya Fernández, por ejemplo. Todas políticas que han encabezado proyectos que buscan superar a Bachelet II, ya sea moderando o profundizando el giro socialdemócrata de su gobierno.

Tarde lo que tarde ese sector en regresar al poder, la vara con que se mida esa nueva aventura será la segunda administración Bachelet. Y, guste o no, eso le otorga a ella vigencia. La expresidenta seguirá siendo una voz relevante en el debate y ya ha dado señales de que empujará su agenda.

Ahora, si la centroizquierda quiere inaugurar un nuevo ciclo político, requiere de nuevos líderes. Y eso significa abrir las puertas al ocaso de Bachelet. Porque la expresidenta no es -ni debe ser- la llamada a encabezar ese proyecto.

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