Por Gloria FaúndezDiego Pardow: “El ejercicio del poder te da muchas lecciones de humildad”
Aunque sostiene que la principal responsabilidad en la construcción de consensos políticos recae en La Moneda, el exministro reivindica la necesidad de soltar las banderas identitarias y buscar soluciones conjuntas.

Los pasillos y patios de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile volvieron a ser este año el hábitat cotidiano del exministro de Energía Diego Pardow. Allí se instaló en marzo a retomar sus clases de regulación económica y microeconomía, y la intensidad le alcanzó para terminar un libro, “Regulación y competencia: casos y materiales”, sobre la materia. Desde allí reflexiona sobre el tránsito del Frente Amplio a la oposición y las lecciones aprendidas en el poder.
El Congreso Ideológico del Frente Amplio definió a la colectividad como socialista, feminista y ecologista. ¿Qué lo diferencia -entonces- del PS?
No tomé participación activa en el proceso, pero me hace sentido y me representa esa definición. La pregunta no es qué nos diferencia, sino más bien si vale la pena que esas diferencias nos mantengan siempre en espacios orgánicos distintos. Con el PS -y otros- hicimos una coalición de gobierno y creo que tenemos que hacernos la pregunta de si no vale la pena empezar a pensar -obviamente hay culturas partidarias distintas- en cómo podemos aglutinar mejor las fuerzas políticas, porque los problemas que hay que resolver en este ciclo son muy grandes. La historia institucional pesa y no hay que subestimarla, pero creo que hay mucho más en lo que nos une o en la capacidad de trabajar juntos.
La convivencia entre ustedes no fue la mejor, aunque la síntesis funcionó más entre los miembros del gabinete que en los partidos. ¿Por qué se cree que se dio así?
Tiene que ver con los incentivos que gobiernan cada espacio de toma de decisiones. Los poderes ejecutivos y los alcaldes son medidos por su capacidad de lograr resultados y en las elecciones parlamentarias se premia el conocimiento del nombre y, por lo tanto, la discordancia, la capacidad de dar una cuña que sea distintiva, de separarte de los demás. Por eso es más natural que en el ámbito parlamentario, en general, haya más tendencias hacia la diferenciación.
La tesis del reemplazo enarbolada por el Frente Amplio ha incentivado la falta de complicidades, ¿o no?
Tengo muchos amigos militantes socialistas y nunca fue algo que me manifestaran en primera persona. Siempre era ‘bueno, sí, parece que hay gente que lo dice’. Yo creo que es un error mirar la política desde el cómo voy yo versus cómo arreglo el problema. Al gobierno actual le está pasando eso. Veo al Partido Republicano más preocupado de su propia identidad que de tratar de resolver los problemas que tienen a la mano. Y, en general, cuando uno deja que tus decisiones estén gobernadas de esa manera es una mala idea. La política es una forma de arreglar problemas colectivos, no es una forma de afirmar la identidad propia.
Algo así les pasó a ustedes…
Déjame darme una vuelta un poco más larga para explicar lo que veo. Chile ha tenido nueve presidencias desde la vuelta de la democracia y pueden distinguirse en tres grupos de tres. Las primeras tres son presidencias fuertes, donde o ganan en primera vuelta o están muy cerca de ganar en primera vuelta, en el caso de Lagos, y tienen una mayoría parlamentaria fuerte que los acompaña. Después tienes otras tres que son más bien de transición. La primera presidencia de Michelle Bachelet, la primera de Sebastián Piñera y la segunda de Bachelet en primera vuelta marcan 45%, con una mayoría parlamentaria razonablemente fuerte. Pero el segundo gobierno de Sebastián Piñera, el de Gabriel Boric y el de José Antonio Kast son gobiernos que están bajo 30%. Esa es su adhesión, por así decirlo, real, y su adhesión parlamentaria propia es entre un quinto y un tercio del Parlamento. El resto tú lo tienes que negociar a medida que avanza tu gobierno. Sin embargo, Piñera, Boric y Kast sobreestiman el poder de la segunda vuelta, ya que ganan holgadamente, pero con votos prestados.
Déjeme decirlo así: ustedes se bajaron del árbol cuando perdieron el proceso constitucional. Ahí admitieron que su victoria estaba sobreinterpretada. ¿Cuál es el desincentivo en el caso del gobierno de Kast teniendo en cuenta que no hay elecciones en el horizonte cercano?
No tienen una alerta como la que nosotros tuvimos, que fue electoral, y si no son capaces de entender esa sobreinterpretación de la victoria electoral pronto, va a ser un gobierno que va a generar pocas transformaciones estructurales.
En el gobierno de Boric sólo después de la derrota constitucional se allanaron a sumar fuerzas políticas distintas. Pero bastó que se pusieran de nuevo en competencia -en las primarias- para que afloraran todas las diferencias…
El camino de construir consenso nunca es fácil y siempre tiene desvíos y errores, y siempre tiene gente que dice cosas que no tendría que decir, pero eso no quita que sea el correcto o el único que creo que es el que vale la pena seguir. Comparto que hubo dificultades en la campaña presidencial y el resultado también se explica por eso.
Por estos días, ¿no es una debilidad mayor no tener una lectura común de por qué se produce la derrota para emprender un camino futuro?
Tengo otra visión. Creo que sí están esos espacios. Lo que pasa es que esos espacios toman tiempo. Pero hay muchos lugares donde se está teniendo la discusión. Diría que es una discusión más sobre qué significa ser progresista o qué significa tener un proyecto progresista en el mundo actual. Y yo veo eso en prácticamente todos los partidos de la excoalición de gobierno. Nosotros lo hicimos en este proceso más estructural. Ahora, respecto a la derrota electoral, tampoco hay que sobreestimarla. Hace unos años estábamos en medio de una marea rosa. Sudamérica estaba gobernada por gobiernos progresistas. Y esta marea rosa, incluso, se manifestaba en el tipo de conversaciones que teníamos. Hablábamos de política industrial, de justicia social. Incluso, había algunos que disputaban cambiar el lenguaje castellano con su característico masculino genérico. Hoy estamos en una marea completamente distinta, que es una marea conservadora. Son fases.
¿Usted cree que la derrota frente a Kast fue electoral y no política y cultural, como plantea otra gente?
Sí, pero tampoco la marea rosa fue una victoria electoral. Ambas fueron victorias electorales, derrotas electorales. Y la política sigue más o menos donde mismo, porque creo que en este siglo los problemas que trajeron consigo la globalización, las olas migratorias, el cambio climático, la tendencia a la informalidad laboral, los problemas de productividad, son problemas muy grandes. Y básicamente en este tiempo no los hemos resuelto bien. Entonces, yo lo que veo es más bien insatisfacción en general del electorado con sus gobernantes. Y eso no significa que uno tenga que ser autocomplaciente, pero tampoco hay que sobreinterpretar lo que significa.
Insisto, ¿no es una debilidad que no hayan sido capaces de generar una lectura común de por qué fueron derrotados?
No, yo creo que eso tiene que tomar un tiempo, o sea, va a tomar seguramente más de seis meses, y es normal que lo tome.
¿Ve señales de que se puede converger en una lectura común de lo que pasó?
Yo veo mucha gente conversando y los titulares al menos son parecidos.
Se lo pregunto porque uno de los deseos confesos del expresidente Boric era esta idea de generar una gran coalición de la izquierda...
Hay que pensar en la naturaleza de nuestros desafíos, si no nos vamos a quedar para siempre en la chimuchina, y con eso lo único que va a pasar es que nuestra democracia se va a ir deslegitimando. Coincidentemente con lo que el expresidente Boric ha dicho públicamente, hay mucha gente que piensa en una coalición, porque es obvio, es lo que necesita el país.
Una de las debilidades que se han visto en la oposición, respecto, por ejemplo, de la discusión de la megarreforma que está planteando el gobierno, es que no han tenido ideas alternativas para proponer en la discusión.
Sí, yo estoy de acuerdo, la coordinación parlamentaria a la hora de proponer alternativas podría haber sido mejor. Pero es difícil conversar cuando el gobierno no quiere dialogar y cuando el gobierno lo único que quiere es sacar rápido una reforma que no tiene ninguna justificación para apurarse tanto.
Uno podría poner el debate de esta iniciativa como ejemplo para medir el estado de la oposición: plantear que ni siquiera tiene claridad de cómo enfrentar al gobierno -unos quieren conversar, otros no- y súmele que el gobierno está interesado en generar una cuña entre ambos mundos...
Sí, claro, obvio.
Pero no le cobremos al gobierno ser gobierno...
No, claro, pero lo que pasa es que cuando no hay ningún interés en articular posiciones, entonces buscar un diálogo sincero es algo que cuesta. Pero la responsabilidad de buscar eso es del Ejecutivo en nuestro sistema constitucional. Quien tiene la responsabilidad de articular consensos duraderos respecto de sus reformas es el Poder Ejecutivo. Yo creo que no han hecho un ejercicio genuino de buscar un diálogo para su reforma más importante.
¿Cree que los sectores de la oposición que han buscado diálogo con el gobierno han sido ingenuos?
No, no lo creo. Democracia es diálogo. Tratar de dialogar no tiene nada de ingenuo, incluso si no funciona. Siempre vale la pena tratar de acercarse a conversar.
“(El gobierno de Kast) no tienen una alerta como la que nosotros tuvimos, que fue electoral, y si no son capaces de entender esa sobreinterpretación de la victoria electoral pronto, va a ser un gobierno que va a generar pocas transformaciones estructurales”.
Usted fue ministro. ¿Le cambió en algo la percepción respecto, por ejemplo, de la generación de acuerdos su paso por el Ejecutivo?
Muchísimas cosas. El ejercicio del poder te cambia mucho y te da muchas lecciones de humildad, de entender la magnitud del desafío, de lo difícil que es conseguir articular una voluntad colectiva. Que lo normal en una sociedad es más bien esta dispersión, la tendencia al desorden y a la falta de un propósito común. Fijar un propósito común es algo extraordinariamente difícil. Y antes de tener la responsabilidad de liderar esos procesos, yo creo que no hay que subestimarla.
En el Frente Amplio pensaban que iba a ser más fácil, ¿verdad?
Yo creo que sí, que uno subestimaba la dificultad de generar acuerdos y un propósito colectivo, y creo que esa subestimación de la dificultad tiene que ver con sobreestimar la señal electoral. Creo que son ambas cosas que están juntas. Darle un sentido mayor del que tenía al triunfo electoral, que es algo igual. Es natural cuando uno gana una elección, hay cierta euforia que viene con eso, y también hay mucha gente que te empieza a encontrar la razón. Es normal, pero también creo que ya con tres historias seguidas, donde de alguna manera se repite el fenómeno, es institucionalmente importante que aprendamos.

Me imagino que la acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau forma parte de estos esfuerzos identitarios que usted identifica, en este caso en republicanos...
Cuando vi la acusación constitucional me acordé de algo que me dijo el secretario general de la Cámara en su momento. Mi abogado (Francisco Cox) le decía que él tenía mucha, bueno, tiene mucha experiencia en acusaciones constitucionales y que en términos de fundamentos, la que yo enfrentaba era la menos prolija, digamos. No tenía ninguna preocupación por el rigor con el espacio institucional que se está utilizando. Y la respuesta del secretario general fue “la peor es la siguiente”. Y tal cual fue así. La acusación constitucional en contra del exministro Grau no tenía nada. Sólo había una decisión de afirmar la propia identidad por sobre resolver los problemas que le importan al país.
Ustedes empezaron…
Por cierto, y esto es algo que conversamos, de hecho, creo que en una entrevista por ahí por noviembre del año pasado, en Desde la redacción de La Tercera..., y sí, efectivamente. Pero alguien tiene que tomar la decisión de dejar de caminar esa pendiente. Y, efectivamente, en el inicio de esa pendiente hay una responsabilidad nuestra.
“La coordinación parlamentaria a la hora de proponer alternativas podría haber sido mejor”.
Bastó que se acusara a Grau para que en varios sectores del Frente Amplio se levantara la amenaza de que podría venir una acusación contra el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, por ejemplo.
Pero eso es parte, yo diría, de la trinchera legislativa. Tampoco le daría mayor interpretación. Lo que más valoro es la posición que tuvo Chile Vamos en la acusación constitucional, donde se dieron cuenta de que esta es una pendiente que no hay que seguir recorriendo y decidieron no recorrerla. Muchos en la Cámara de Diputados, pero muchos más, digamos, en el Senado, y lo dijeron abiertamente y lo fundamentaron. Y yo creo que ahí hay un valor, porque eso es algo que va a tener un costo en lo inmediato, digamos, porque en la base de apoyo siempre hay gente que le cuesta entender la importancia de cuidar las instituciones. Siempre es más popular afirmar la propia identidad que tratar de resolver un problema. Por eso yo creo que eso fue muy valioso. Y solo por personalizarlo en alguien, digamos, yo creo que el liderazgo de la presidenta del Senado (Paulina Núñez) ha sido positivo en estos seis meses. Y se habla poco, bueno, por lo mismo que hablábamos, de que la disputa genera más interés que la armonía.
Un efecto -me imagino que no perseguido por quienes plantearon la acusación constitucional contra Grau- fue la unidad de la oposición, porque ahí sí se vio el cierre de filas respecto de un exministro de Gabriel Boric. ¿El exgabinete sigue manteniendo vínculos?
Algunos, sí, yo con los que de alguna manera generé o ya tenía una relación más estrecha, sí seguimos conversando.
¿Tiene que jugar el expresidente Boric un rol en esta articulación?
Claro, quizás un rol mayor, porque tiene un significado, o sea, él es una persona mucho más conocida y con un ascendente mayor sobre la militancia, entonces, obviamente, tiene un rol que jugar, pero, digamos, desde la humildad.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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