¿Son las 40 horas milagrosas?

Chile está dentro de los países que laboran más que la media de la OCDE, pero muy en línea con Latinoamérica. Las 40 horas universales de la "Jornada Vallejo" nos pondrían al nivel de la OCDE pero, junto con Ecuador, entre quienes menos trabajan en nuestro continente. Es claro que la propuesta gusta (más de un 70% de la ciudadanía la apoya) y que la mayoría también respalda la flexibilidad. Si el legislador sigue las encuestas, la astucia legislativa de la oposición nos encamina en forma exprés a una jornada más corta, pero flexible.
Hacer un guiño a la clase media da sentido electoral a las 40 horas propuestas. El gobierno ha reaccionado incorporando a su proyecto una reducción de la jornada a 41 horas promedio, compensando sus efectos adversos con mayor flexibilidad, y el PC contraataca con 36. Hay cierta confusión en este debate, porque la propuesta se entiende como "trabajemos menos horas para ganar lo mismo", pero en realidad significa "está prohibido trabajar más de 40 horas a la semana, aunque uno quiera hacerlo".
¿Quién podría negar que el trabajo, sumado a nuestros interminables traslados, nos deja poco tiempo para atender a nuestros hijos? Una reducción de la jornada puede traer beneficios, pero también costos. Un aumento de estos (del 11% en la propuesta) reduce la contratación. Actualmente, un 61% de los chilenos trabaja 45 horas o más, mientras el resto labora menos porque lo ha escogido o no ha podido contratarse por más.
El problema de las imposiciones del planificador central es que olvida que la sociedad está compuesta por individuos con diversos intereses: solteros, parejas sin o con muchos hijos, de nido vacío, etc., que pueden preferir o necesitar trabajar más horas. Por ello, más que prohibir jornadas largas, lo correcto sería proponer flexibilidad y distintos regímenes con horarios de diversa duración. Ese era el sentido del proyecto original del gobierno.
Proponer reducir hoy la jornada de trabajo resulta contradictorio, especialmente dada la enorme necesidad de mejorar las pensiones, como lo ha advertido acertadamente el exministro de Hacienda Rodrigo Valdés. O, como ha dicho el profesor del MIT, Ricardo Caballero: "En Chile queremos trabajar como franceses y crecer como asiáticos".
Quienes argumentan a favor señalan que seremos más felices, que aumentará la productividad, que en 36, 40 o 41 horas haremos lo que antes nos tomaba 45. Y lo que no alcancemos a hacer lo tendrán que hacer otros, con lo que cae el desempleo. Un verdadero milagro.
Quizás una manera simple de entender los efectos de la propuesta está en el fútbol. Hoy los partidos duran 90 minutos. Imaginemos que la ANFP, preocupada por las lesiones, prohíbe que los jugadores estén más de 80 minutos en cancha (equivalente a bajar de 45 a 40 horas a la semana). Como los partidos siguen durando 90 minutos, hay que contratar 11 reemplazos, lo que dispara el costo de la planilla disminuyendo el desempleo. Un segundo efecto es que la productividad del equipo baja en vez de subir, ya que el entrenador se verá obligado a reemplazar a Arturo Vidal (imaginémoslo de vuelta en Colo-Colo), que aún después de 80 minutos sigue jugando mejor que su reemplazante. Ni pensar en una definición a penales.
El Ministerio del Deporte, preocupado por la caída en resultados, podría proponer mitigarla aumentando la flexibilidad laboral y regulando que, como en el básquetbol, si sacamos a Vidal durante 10 minutos o más para que descanse, pueda volver al juego en los minutos finales. El equipo sigue costando más caro, pero el juego mejora.
Como los ingresos no suben y los últimos 10 minutos nos están saliendo caros, va a haber mucha presión para bajar los gastos, reduciendo las remuneraciones (en este caso no en un 11%, sino a la mitad, ya que el límite de 80 minutos duplicó el número de jugadores por partido).
Vidal y todas las grandes figuras en Chile van a pensar en retornar a Europa, por lo que algún dirigente va a proponer que se acorte el juego a 80 minutos y se eviten los reemplazos (equivalente en la economía a que caiga el PIB), volviendo a 11 jugadores y regresando el desempleo. Como en el resto del mundo seguirán con partidos de 90 minutos, vamos a llegar a competencias internacionales acostumbrados a jugar menos. Ahora sí que la copa se mira, pero no se toca.
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