No son 30 años, son 50


Cuando el presidente electo Gabriel Boric visitó La Moneda, el lunes, hizo una leve reverencia, parecida a la que hace un feligrés ante un altar, al pasar frente al busto de Salvador Allende. El martes, en Vía X, Jorge Arrate, en una buena entrevista para entender el momento actual desde la perspectiva de la izquierda, respondió a una pregunta de Freddy Stock, afirmando que el próximo será el primer gobierno de izquierda desde Allende. Una frase significativa en voz de un ilustrado abogado y economista, exministro de Allende, Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, y excandidato presidencial. Al fundamentar su tesis, citó la portada del diario francés “L’Humanité”, que daba cuenta del resultado de las elecciones, titulando: “Au Chili, la revanche politique des enfants d’Allende”.

Más que anécdotas, los episodios anteriores son relevantes para analizar lo que viene y tratar de responder la disyuntiva esencial detrás de la inquietud que existe entre los inversionistas tras la holgada victoria del diputado y ex-dirigente estudiantil: ¿primará en su gobierno la épica refundacional que caracterizó su discurso de primera vuelta o privilegiará una conducción del país pragmática y moderada acorde a su discurso de la segunda vuelta?

Hoy, a las serias dificultades que enfrenta el mundo tras dos años de pandemia se añaden fuertes vientos en contra. Primero, una política monetaria norteamericana más restrictiva, que se traduce habitualmente en menor apetito global por riesgo, un fortalecimiento del dólar y un decaimiento de los flujos de capital hacia economías emergentes. Segundo, la desaceleración de China, nuestro principal socio comercial. Finalmente, una intensa nueva ola de Covid y su cepa ómicron, más contagiosa y más resistente a las vacunas, según parece.

El problema es que, como destaca The Economist, Chile es uno de los países que se verá más afectado por este tridente de efectos negativos. En este contexto desfavorable, un programa económico con un ADN redistributivo, que propone significativos aumentos de gastos e impuestos, puede traer un desequilibrio que conlleve más temprano que tarde a serias carencias de bienestar. ¿Se podrá financiar en estas circunstancias un Estado benefactor ambicioso?

Algunos están a la espera de los nombres del futuro gabinete para responder la pregunta, pero la inquietud más importante se refiere al programa que prevalecerá. Una respuesta la dejó flotando semanas antes de la segunda vuelta Guillermo Tellier, líder del PC: “El programa se tiene que cumplir, y no en la medida de lo posible”. ¿Habrá que creerle?

De ser así, un crecimiento significativo del gasto y aumento del rol del Estado en un momento de precariedad puede poner en riesgo el equilibrio fiscal y descarrilar a Chile del camino hacia la prosperidad económica. En su discurso de triunfo, la noche del 19 de diciembre, el presidente electo prometió expandir los derechos sociales “con responsabilidad fiscal”.

Pero ¿qué entendemos por responsabilidad fiscal? Ese concepto no es sinónimo de equilibrio entre ingresos y gastos, porque eso es el “desde”. Lo medular es la eficiencia del gasto fiscal y su congruencia con los objetivos de la sociedad. Si el fisco, por ley, le resta al sector privado recursos para financiar su déficit, lo único que ha hecho es trasladar el problema al sector privado, pero el déficit para el país se mantiene.

La ilusión de que el estado del bienestar se financiará cobrándole impuestos a solo unos pocos “muy ricos” se ha prometido cientos de veces. El problema es que, como advirtió hace ya 10 años una editorial de The Economist titulada “Cazando a los ricos”, cuando existe este tipo de medidas, estos migran a formas menos gravosas de generar ingresos, se mudan, trabajan menos o simplemente toman menos riesgos.

En una reciente columna del New York Times, Gregory Mankiw recordaba al asesor del Presidente Lyndon Johnson, Arthur Okun, quien sostenía que cuando los gobiernos quieren maximizar el tamaño de la torta y a la vez pretenden cortarla en porciones iguales, terminan por encogerla. Para Okun, la redistribución implica un “tradeoff”, ya que equivale a llevar agua de un lugar donde hay mucha a uno donde hay poca (lo que puede ser loable), pero haciéndolo en un balde lleno de hoyos, perdiendo mucha agua en el tránsito. La pérdida se produce por la distorsión de los incentivos que producen los mayores impuestos, frenando el crecimiento. En esa misma línea, el Nobel de Economía Edward Prescott, postula que el PIB per cápita de Europa es más bajo que el de EE.UU., debido a que los europeos trabajarían menos por tener impuestos más altos para financiar su red de bienestar social.

Para el bienestar de todos los chilenos, debiera primar la cautela a la hora de incrementar el gasto y las tasas de impuestos. Si se impone la épica de septiembre del 70, la de hace 50 años que se tradujo en una inflación oficial de más del 500%, será difícil evitar que el nuevo gobierno pueda adoptar las mejores medidas. Ojalá prevalezcan los aires de la segunda vuelta.

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