Ascanio Cavallo

Ascanio Cavallo

Periodista

Reportajes

Columna de Ascanio Cavallo: Cuatro golpes en un solo día

Foto: Archivo

Aunque en el Ejército no existía el grado de desconfianza que tenían la Armada y Carabineros sobre sus superiores, el comandante en jefe, el general Augusto Pinochet, no satisfacía la vehemencia ni el apuro que tenían otros generales de menor antigüedad, que querían sacar a Allende del mando desde muchos meses antes. Esa tensión no resuelta podía derivar en un quiebre, la primera condición para el estallido de la guerra civil. La sombra de España, quizás la guerra más estudiada por los militares chilenos, rondaba por todos los cálculos.


…Si por casualidad de entre la masa
se te acercara Artemidoro con un escrito,
diciéndote con impaciencia “lee esto enseguida, contiene graves nuevas que te atañen”,
detente; relega toda conversación o tarea; aléjate
de la gente que ante ti se arrodilla y saluda…
(Konstantinos Kavafis, Los idus de marzo).

La gran ucronía del siglo XX chileno sería la del 11 de septiembre de 1973: ¿Qué habría pasado si el Golpe de Estado hubiese fracasado? En realidad, las probabilidades de que así sucediera eran muy altas, tanto o más como que tuviera éxito. Como todos los grandes acontecimientos políticos, el Golpe de Estado necesitó de la convergencia de incontables factores, muchos de ellos lábiles, incontrolables, incluso azarosos. Esto siempre desalienta un poco a los espíritus perezosos, que prefieren las explicaciones de pocas palabras, ojalá una sola: conjura, traición, Estados Unidos, imperialismo.

Demos por descontado el problema de elegir la fecha, que significa calcular el tiempo necesario para movilizar hombres y recursos sin que se note, o al menos con una excusa razonable; y el problemazo de que más encima la fecha haya sido adelantada a lo menos en tres días por uno de los golpistas. Esas solas circunstancias ya harían riesgoso el éxito de la insurrección, además del clima, la mantención del secreto, la velocidad de las naves, el corte de los teléfonos, el apertrechamiento de las tropas (¿cuántos días de agua, de balas, de alimentos?), el cierre de las fronteras y una miríada de cosas más.

Lo más importante, sin embargo, es que ese 11 de septiembre debían producirse no uno, sino cuatro golpes institucionales simultáneos. Cronológicamente, el primero tenía que ser la destitución de facto del comandante en jefe de la Armada, el almirante Raúl Montero, que no se mostraba tan vehemente como sus subalternos en contra del gobierno de Salvador Allende. Montero había aceptado ser ministro de Hacienda de la Unidad Popular en el gabinete “de Seguridad Nacional” instaurado por el Presidente el 9 de agosto, un hito político que condenaría a todos los comandantes en jefe de aquel momento a un destino trágico. No son pocos los que creen que esa intervención de los militares en la política diaria, empujada por el Presidente, despejó la ruta final a la idea del golpe.

El líder de la insurrección en la Armada, el almirante José Toribio Merino, sentía que su futuro dependía de horas: el Presidente Allende, que lo había identificado como un opositor ideológico duro, podía llamarlo a retiro en cualquier momento. De esos temores -además de otros muchos análisis tácticos- nace su decisión de adelantar el levantamiento contra el gobierno para el día 11, en vez de realizarlo el 14, como le acomodaba al Ejército.

Para esto era preciso destituir a su superior. En las sombras de la madrugada del 11, comandos de la Armada sabotearon el auto del almirante Montero y cerraron su casa con cadenas. El almirante Montero estaba destituido y preso sin saberlo, mientras aún dormía.

¿Increíble? Sí, y Merino dependía todavía de otro hecho de relojería: que al despuntar el alba hubiesen regresado de alta mar todas las unidades de la escuadra, para apuntar sus baterías a las áreas más pobladas del litoral central. El triunfo del golpe dependía, creían ellos, de que todas las Fuerzas Armadas se exhibieran en acción, para dejar en claro que actuaban unidas y sin vuelta atrás.

Aun más inverosímil puede ser el segundo golpe, que se ejecuta en las mismas horas. Este concierne a Carabineros, 25 mil hombres armados distribuidos en todo el territorio del país que, aunque tendrían menos poder de fuego que el Ejército, podían constituir un formidable cuerpo de resistencia.

En este caso, el líder elegido para el golpe, el general César Mendoza, ocupaba la quinta antigüedad del mando de la policía: era preciso que destituyera a los cuatro generales que lo precedían, partiendo por el general director, José María Sepúlveda, sospechoso de simpatía con el gobierno de Allende. Días más tarde, Sepúlveda diría a uno de los complotados que “si hubiera sabido” que Carabineros estaba listo, lo habría encabezado.

Pero no lo supo, como tampoco supo que poco antes de que saliera el sol, el general César Mendoza había llegado en su propio auto al Edificio Norambuena, donde estaba la Central de Comunicaciones de Carabineros. No al edificio institucional de la policía, sede de la dirección general; eso no interesaba: el mando estaría en manos de quien controlara la pieza clave de las órdenes, las comunicaciones por radio.

Mendoza no necesitó proclamar la destitución de sus cuatro superiores; estos se dieron cuenta cuando las tanquetas policiales dispuestas para resguardar La Moneda comenzaron a girar sus cañones hacia el palacio presidencial. Quien daba las órdenes desde ahora era quien ocupaba el Edificio Norambuena; como quiera que fuese, a los cuatro superiores no se les ocurrió. En las horas siguientes, Mendoza reservó una de las tanquetas para sacar del Palacio -antes de que fuera bombardeado- al ya exgeneral Sepúlveda y llevarlo hasta el protegido Club de Carabineros. Un golpe, además de incruento, con cierto toque caballeresco.

El tercer golpe, por supuesto, es el más importante y ocurre a las 8.42 de la mañana, cuando una cadena radial encabezada por las radios Agricultura y Minería transmite la lectura del bando militar que declara destituido al Presidente de la República. Aunque el gobierno se demora en creerlo, este momento preciso pone en marcha toda la cadena de sucesos que vendrán en los días, meses y años siguientes, como una tromba de la historia.

Pero hay aún un cuarto golpe, mucho menos conocido. Aunque en el Ejército no existía el grado de desconfianza que tenían la Armada y Carabineros sobre sus superiores, el comandante en jefe, el general Augusto Pinochet, no satisfacía la vehemencia ni el apuro que tenían otros generales de menor antigüedad, que querían sacar a Allende del mando desde muchos meses antes. Esa tensión no resuelta podía derivar en un quiebre del Ejército, la primera condición para el estallido de la guerra civil. La sombra de España, quizás la guerra más estudiada por los militares chilenos, rondaba por todos los cálculos.

Los generales impetuosos desconfiaban de los cuatro generales que seguían a Pinochet en el mando, y en especial del segundo, el general Orlando Urbina, compañero y amigo de Pinochet y uno de los líderes intelectuales del Alto Mando. Los complotados se reunieron con Pinochet el día anterior, el 10, y se juramentaron para actuar en conjunto el 11, asegurándose de que ninguna unidad rompería la disciplina. Había una parte del compromiso mucho más gravosa que todas las otras: si a Pinochet le ocurría algo, el mando del Ejército lo asumiría la sexta antigüedad, el general Óscar Bonilla. Ese juramento era, en sí mismo, un golpe interno, porque suponía la destitución automática de cinco generales.

No se puede ni siquiera imaginar qué hubiese ocurrido en ese caso.

Ese día 10, Pinochet envió a Urbina a una falsa misión en Temuco, una maniobra ambigua que puede entenderse a la vez como protección del amigo y como concesión a los “duros”. En la mañana del 11, muy aleta ante todos estos factores y consciente de que se jugaba la vida, Pinochet llegó al puesto de mando en Peñalolén con 10 minutos de retraso: el tiempo justo para medir si los otros generales ya se estaban apresurando a sustituirlo; o si, por el contrario, su paciencia demostraría que se estaban sometiendo a su imperio.

Las conversaciones de los altos mandos en las horas del golpe son bien conocidas; han circulado por años en diferentes formatos y extensiones. Pero solo 20 años después, en 1993, uno de los protagonistas de la insurrección, el almirante Patricio Carvajal, revelaría un segmento de diálogo nunca antes conocido, que se produjo a eso de las 16.30, lejos ya de las instrucciones acerca del bombardeo y el asalto a La Moneda.

En esos momentos de la tarde Pinochet le dice a Carvajal: “Patricio, otra cosa: aquí está Urbina conmigo, y algunos generales. Para que tú sepas también”. Este críptico anuncio tiene un solo significado: el mando del Ejército ha sido restaurado, ya no vale el juramento con Bonilla. Urbina ha regresado de Temuco y ahora está junto a Pinochet, tomando el control y aconsejando a su amigo. El cuarto golpe ha sido abortado, aunque por unas horas pudo cambiar todo el curso de la historia.

El 11 de septiembre fue una tragedia para la izquierda, que se vio sorprendida por la velocidad y la violencia de los hechos en ese mismo día y en todos los que siguieron. Para los protagonistas del golpe, fue un acontecimiento épico precisamente por la razón contraria: todo lo que podía fallar funcionó y todo lo que se previó tuvo un resultado exitoso, a pesar de los miles de imponderables que pudieron arruinarlo.

La larga y cansina historia, con sus lentos pasos, reservará sus respectivos juicios.


*Otros detalles sobre el 11 de septiembre en: Golpe, de Margarita Serrano y Ascanio Cavallo (Uqbar, 2013).

Seguir leyendo