Ascanio Cavallo

Ascanio Cavallo

Periodista

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El miércoles ya se sabía que Varela perdería su cargo. El problema se había reducido a quién podría acompañarlo.


El hecho de la semana ha sido el cambio de gabinete del jueves 9, que tomó por sorpresa a la mayor parte de la clase política. En los mentideros del gobierno se sabía, por lo menos desde el pasado fin de semana, que la progresiva baja de popularidad del Presidente Piñera, registrada de forma similar por todas las encuestas, estaba impulsando un rediseño del equipo ministerial que podría tener lugar en septiembre.

Toda la evidencia estadística muestra que ese descenso se relaciona con la decepción producida por los lentos resultados de la economía vis à vis las eufóricas expectativas gatilladas tras las elecciones. Sin embargo, rondaban también las insistentes interpretaciones -como las de Roberto Izikson, analista de estudios en el primer gobierno de Piñera- relativas a que las declaraciones imprudentes de algunos ministros estaban en la base de la pérdida de popularidad presidencial, como carambolas del desatino.

Dado que los resultados de este tipo de mediciones son siempre multicausales, ambas cosas pueden ser ciertas. Pero eso le ha dado al gobierno la oportunidad de botar un par de palitroques sin tener que tocar a los otros. El Presidente parece entender que sacar a su equipo económico es como criticarse a sí mismo, lo que ha podido salvar el pellejo de Felipe Larraín y José Ramón Valente, para cuyos cargos llegó a haber candidatos imaginarios hasta el jueves por la mañana. En cambio, escogió al muy objetado titular de Educación, Gerardo Varela, que era un evidente error de designación desde el momento mismo en que asumió.

Hacia el miércoles en la tarde, ya se sabía que Varela perdería su cargo. El problema se había reducido a quién podría acompañarlo para que esa salida no pareciera un despido, sino una evaluación más general. Es imposible saber si quien pidió ser “protegido” del oprobio fue el mismo Varela, o si se trató de una idea del Presidente en honor a quien es, a fin de cuentas, un amigo social. De esa cuadratura más emocional que política saltó, como en un bingo, la ministra de Cultura.

En cualquier gobierno desarrollado, la salida simultánea de los titulares de Educación y Cultura significaría una crisis de la política cultural. En Chile, no. Casi no hay nada más lejos de la cultura que la cartera de Educación, por donde han pasado economistas, ingenieros, abogados, una panoplia de profesionales que siempre ha asociado a ese ministerio a las políticas económicas, sociales, sectoriales o lo que sea, pero nunca culturales. Los cables de ese ministerio han sido conectados a la administración, no a la intelectualidad, y toda la contienda educacional se libra entre los ultraliberales (que volvieron a perder con Varela) y los ultraestatistas. Y así estamos.

En un casi perfecto lapsus cálami, el Presidente reforzó esta percepción en su discurso del cambio de gabinete, que, como notaron de inmediato los periodistas económicos, estuvo enteramente centrado en el desempeño de la macroeconomía y en ningún caso en el de la educación o la cultura. Este desvarío involuntario tendría que funcionar como una advertencia para sus equipos de Hacienda y Economía. Pero también parece ser una enojada respuesta a los dichos de la expresidenta Bachelet publicados el mismo jueves en The Clinic, un evento al que no pocos atribuyen la aceleración del cambio de gabinete.

El ministro Varela, independiente de derecha, sale con un bajo costo, porque, dado que no podía sino ser fiel a sí mismo, había cargado su proyecto liberal con un aire de elitismo, clasismo y desdén por el detalle que vuela en la dirección contraria de los vientos corrientes. Y eso, sin ni siquiera contar con que el Ministerio de Educación es la rueda de molino desde por lo menos la mitad de los 90, la piedra que machaca todo lo que se pone bajo su peso. Toda persona con un mínimo de astucia política ha de saber que en ese cargo nunca se exagera en materia de silencio, moderación y paciencia. Por eso el error no fue de Varela, sino de quien lo puso allí.

El caso de la ministra Alejandra Pérez, independiente filo DC, es ligeramente distinto. El costo inmediato puede parecer bajo, porque no afecta a los partidos de Chile Vamos -incluso puede reforzarlos, como ocurre con el senador RN Francisco Chahuán, crítico implacable de la ministra, o con Evópoli, que tuvo allí a Luciano Cruz-Coke aun antes de existir-, pero despoja al gobierno de la única sensibilidad centrista en el gabinete, sin sustituto momentáneo.

Lo que todo esto significa en el largo plazo es aún difícil de descifrar. Hay una dimensión, que es la de los problemas de gestión, donde el cambio de ministros puede sonar como una campanada sobre las métricas de eficiencia -administración, cumplimiento del programa y calidad de las comunicaciones. Otra, la de los problemas de exhibición pública, repica como un llamado a la eficacia verbal. Otra, la de las políticas sectoriales, no suena a nada, porque no hay ni una sola relación entre Educación y Cultura. Otra, la del curso de la economía, retumba como un choque de grandes hielos, y quizás los ministros a cargo tendrían que sentirse tan mojados como los sobrevivientes de un naufragio.

Una última, quizás la más desagradable: las únicas dos personas que deciden la suerte de los ministros chilenos desde hace 22 años son Michelle Bachelet y Sebastián Piñera. Y a veces al mismo tiempo.

Piñera, igual que Bachelet, ha vuelto al gobierno con más experiencia y más madurez. A diferencia de la expresidenta, ha elegido una exposición más cautelosa. Ambos han negado cursar las aguas del mismo río. Se repulsan. Se satirizan, siempre en secreto, siempre de costado. El país pasa por debajo y por los lados de esta competencia. Pero cuando uno de ellos pierde -o sea que gana el otro- se produce cierta descompresión, cierto aire de fin de batalla. Lo que esos momentos encierran no son ideas, sino otra cosa -¿rabietas, quizás, enojos?- y tienen la indescifrable lógica de las personas, no siempre de la política.

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