Operación Retorno de Venezuela: vuelven los que una vez huyeron

27.11.2018 SANTIAGO. EL PRESIDENTE SEBASTIAN PIÑERA RECIBE A LOS CHILENOS QUE REGRESAN DE VENEZUELA, ESTA MEDIDA SE ENMARCA EN EL PROGRAMA DE FORTALECIMIENTO DE LA POLITICA CONSULAR Y MIGRATORIA EL CUAL YA HABIA PERMITIDO EL REGRESO DE 75 CHILENOS DESDE VENEZUELA FOTO: JUAN FARIAS . LA TERCERA

Entre los 99 chilenos que llegaron el martes 27 de vuelta al país en un vuelo de la Fach desde Venezuela, varios eran ancianos. Muchos de ellos salieron en los 70 y 80 escapando del régimen militar y nunca volvieron. Hoy, ante la profunda crisis que atraviesa ese país, algunos optan por retornar y partir de cero en una tierra que ya parece ajena.


Rodolfo Ortiz dice hoy, a sus 85 años, lo que jamás había contado: que durante el régimen militar, a mediados de los 70, habría participado en un operativo del Partido Comunista (PC) para rescatar a un prisionero político del centro de detención Ritoque, en Quintero. Que tenía un salvoconducto por su trabajo trasladando correspondencia para Chilectra y que todo iba bien hasta que una patrulla militar los controló en el camino de vuelta a Santiago. Iba con cuatro personas más y llevaban armas en el auto. Todo habría terminado con balazos cruzados. Él cuenta que huyó junto a sus camaradas y que a pesar de que nunca lo vincularon con ese hecho, vivió los siguientes años en constante asedio. Así que en 1981 agarró sus cosas, dejó a su segunda esposa y a sus hijos y, junto a su hermano Raúl, se fue autoexiliado a Venezuela para no volver más.

No le costó instalarse en la Caracas de los 80. Venía de una familia de 11 hermanos y, de ellos, cuatro ya estaban allá, radicados y trabajando en el área de la construcción. Eran toderos, como se les dice en Venezuela a los que hacen de todo un poco, el equivalente a los maestros chasquilla. Aunque Rodolfo siempre se había desempeñado en trabajos de oficina, decidió que a partir de entonces lo suyo sería la carpintería. Algo de lo que no tenía idea. “Nunca había agarrado un martillo ni un serrucho”, dice.

Carlos Ortiz, el menor de sus hermanos, recuerda: “Nos iba muy bien. Había mucha plata en ese tiempo y salían grandes proyectos. Llegaba a ser un despilfarro. Le rehicimos oficinas completas a Petróleos de Venezuela (PDVSA) y pagaban muy bien”.

Todo eso quedó atrás hace ya mucho. Carlos volvió a Chile hace 20 años, otros hermanos murieron y Rodolfo y Raúl quedaron solos en una Venezuela que en los últimos años, bajo el gobierno de Nicolás Maduro, se ha hundido en una profunda crisis política, económica y social. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), solo este año la hiperinflación alcanza el 1.370.000% y se pronostica un quinto año consecutivo de contracción en su PIB, cayendo un 18%.

En septiembre pasado enfermaron los dos hermanos. Vómitos, diarrea, malestar. Los hospitalizaron. Ahí murió Raúl, a los 83 años, solo un día antes de que Liliana, la hija de Rodolfo, llegara desde Chile a visitarlos.
Se encontró con su padre muy débil, solitario y con una notoria dificultad para moverse y realizar su vida cotidiana. Se negaba, además, a que alguien entrara a su departamento para asistirlo, y como no se manejaba con la tarjeta de racionamiento que el gobierno ha dispuesto para controlar el acceso a bienes básicos que escasean, no podía comprarlos. Pero él no pretendía volver a Chile.

Fue entonces que desde el consulado le plantearon a Liliana la posibilidad de postular a su padre al Programa de Fortalecimiento de la Política Consular y Migratoria (PFPCM) a cargo de la Cancillería, una política vigente desde 2015 y que ha permitido la repatriación o retorno asistido, desde distintos países, a unos 431 chilenos o sus familiares que vivían en condiciones de vulnerabilidad. De ser aceptado, el Estado le compraría los pasajes aéreos para volver en un avión comercial. Pero el plan se adelantó y, aprovechando el viaje de la aeronave de la Fuerza Aérea (Fach) que el lunes 26 repatrió a 179 haitianos a su país, el gobierno decidió que, antes de volver, la nave pasaría por Caracas y embarcaría a 99 beneficiarios del PFPCM y al gato de uno de ellos. Rodolfo Ortiz estaría en ese grupo.

No había pisado suelo chileno en 37 años. Llegó con su ojo morado, porque lo asaltaron y golpearon el fin de semana previo a su salida de Venezuela. Bajó lento las escaleras, ayudado por un hombre que le afirmaba el brazo y, al tocar el piso y tras saludar y abrazar al Presidente Sebastián Piñera -que los esperaba al bajar del avión-, lo sentaron en una silla de ruedas. De Chile, lo primero que le llamó la atención fue lo moderno y lo limpio. Hoy, a cinco días de su arribo, ya está instalado en el departamento de su hija en Santiago Centro. “Es la primera vez en 60 años que compartimos el mismo techo”, cuenta emocionada Liliana.

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Marcela Briceño se sorprendió cuando el martes 27 vio a su tío Renato bajar del avión y llegar después de 18 años a Chile. Lo veía contento, pero muy flaco, con su cara demacrada y varios dientes menos. Sabía que su situación en Venezuela era mala, pero recién al verlo lo dimensionó. Estaba tan distinto a como lo recordaba.

Renato Briceño llegó a Caracas en 1976 junto a cuatro de sus cinco hermanos. Su familia sabía que corría riesgo en Chile por sus ideas políticas y decidieron autoexiliarse en Venezuela. El mayor militaba en el Mapu y el régimen le negó la salida del país. El resto, sin embargo, siguió adelante.

Allá encontraron una nueva vida, al igual que miles de compatriotas. Datos del INE y el Ministerio de Relaciones Exteriores señalan que al menos un cuarto de los cerca de 12 mil chilenos que hoy residen en Venezuela tienen 65 años o más. Básicamente, porque la mayoría llegó en los 70 y 80, como exiliados políticos o atraídos por una pujante situación económica.

Renato Briceño volvió a Chile tras 42 años de haber partido al autoexilio junto a sus hermanos.

Por esos años, Venezuela era el país con mayor renta per cápita en la región. Algunos se irían devolviendo con el tiempo, pero a Renato le estaba yendo tan bien que decidió quedarse. Era mecánico y, además, hacía clases en una universidad. Con eso le alcanzaba para mantener una familia numerosa, incluso con algunos lujos.

Como pasó con muchos venezolanos y extranjeros residentes, el buen pasar le duró hasta el desgaste del gobierno de Hugo Chávez y el posterior mandato de Nicolás Maduro. El problema no era que les faltara el dinero, sino su acelerada desvalorización y la escasez: tenían plata, pero no cómo acceder a alimentos, medicamentos, repuestos y más.
“Ahora me doy cuenta de la suerte que fue que mis padres se fueran antes de Venezuela”, dice Marcela.

Cuando la situación se volvió insostenible, Renato hizo los trámites para volver a Chile ayudado por el gobierno. Como desde este año el Ejecutivo ha priorizado a los solicitantes de Venezuela para acceder al PFPCM, el plan le resultó y pudo abordar el vuelo de la Fach que aterrizó en el Grupo 10 la mañana del 27 de noviembre. Pero implicaba también asumir costos. Atrás quedaron sus siete hijos y su esposa: como aún no tienen tramitada su nacionalidad chilena, no pueden acceder al beneficio.

Tras su arribo, a Renato le sorprendió la autopista Costanera Norte y los cambios en la ciudad. No se ubicaba. Ya ni sabe cómo llegar a su antiguo barrio en el centro de Santiago. También le sorprendió la cantidad de medios de comunicación que cubrían en vivo su llegada.

Lo primero que hizo al salir del aeropuerto fue ir con Marcela a la casa en Recoleta que su madre dejó vacía al morir en 2010. Quería quedarse ahí, pero está muy deteriorada. Lleva ocho años sin que nadie la habite, así que sus planes cambiaron. Renato ahora vivirá con la familia de su sobrina en Macul, mientras realiza todos los trámites que le permitan empezar de nuevo una nueva vida, ahora en su propio país. ¿Sus planes? Encontrar trabajo y juntar algo de dinero para enviarle a su familia. Sin embargo, su sobrina no ve tan fácil el panorama.

“Queremos llevarlo al médico y ver cómo está su salud. No tiene dientes, entonces queremos ver si le podemos arreglar su dentadura y averiguar si tiene opción de postular a algún subsidio para poder comprar una casa o una de las viviendas que da el gobierno, no sé. Queremos ayudarlo a ver si consigue una pensión, pero no está fácil”, cuenta Marcela.

No solo a ellos les inquieta lo que viene. Entre el casi centenar de personas que descendieron del avión solo con un par de maletas, hay ancianos, familias jóvenes y niños pequeños. Y la mayoría se pregunta lo mismo respecto de un posible apoyo del gobierno para encontrar empleo, un lugar para vivir o medios para acceder a medicamentos y tratamientos médicos.

“Antes de que bajáramos, el Presidente Piñera subió al avión, nos dio la bienvenida y dijo que nos iba a apoyar y ayudar para que podamos traer a nuestras familias de allá”, señala Pamela Godoy, quien llegó sola junto a su hija menor de tres años, casi la misma edad que ella misma tenía cuando partió de Santiago para radicarse en Puerto Ordaz, en la ribera del río Orinoco.

Sus dos hijos mayores, el de 20 y el de 18, quedaron allá.

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El mismo rostro que recibió por primera vez a Pamela en Venezuela, en 1979, estaba afuera del Grupo 10 de la Fach, esperándola. Era Amadeo Godoy, su padre, chileno radicado en Puerto Ordaz desde hace cuatro décadas, y que ahora viajó a Chile unos días antes solo para recibirla y ayudarla a instalarse.

Amadeo dice que su salida de Chile en septiembre de 1977 fue más por su sueño de vivir en el extranjero que por motivos políticos. Pero algo de eso también había.

Antes del golpe de Estado trabajaba en el Senado y después pasó a ser chofer en el Ministerio de Hacienda. Partió con el contraalmirante Lorenzo Gotuzzo, primer ministro de Hacienda del régimen militar, y luego con Juan Villarzú, director de Presupuestos. Amadeo cuenta que no militaba en política, pero que bastó que alegara por un mejor sueldo para que lo echaran. “No necesitamos revolucionarios en el ministerio”, dice que le habría dicho Villarzú.

De ahí se fue a Venezuela, con la ayuda de Andrés y Patricio Aylwin. Allá se reunió con líderes de la Democracia Cristiana, como Jaime Castillo Velasco y Claudio Huepe, y se unió al Secretariado Latinoamericano de Derechos Humanos. Ellos lo ayudaron a obtener sus documentos e instalarse. Obtuvo un empleo en el área de la construcción y a los dos años se llevó a su familia.

De sus siete hijos, tres ya migraron a Chile. Uno lleva un año y el otro cuatro meses. Pamela, apenas unos días. Ella cuenta que al menos desde el año 2000 que la situación se puso cuesta abajo. Que ya entonces empezaba a aumentar la delincuencia y a escasear “la comida, la cerveza, el licor, todo”, pero que fue bajo la gestión de Maduro que se hizo insostenible.

Su pequeña hija es alérgica y solo unos días antes de embarcarse tuvo una crisis respiratoria. Recorrió clínicas, pero no halló pediatras ni nebulizadores. Tampoco medicamentos. Dice que pasó días completos en que no le pudo dar leche a la niña y que otros tantos no han podido ni comer.

“Últimamente no trabajo porque, la verdad, no sirve de nada. El sueldo mínimo mensual es de 1.800 bolívares soberanos (cerca de 30 dólares) y eso cuesta un kilo de cochino. Uno de leche cuesta más que eso. Simplemente no alcanza”, señala.

Pamela Godoy y su hija fueron recibidas en Chile por sus padres, quienes viajaron de Venezuela solo para ayudarlas a instalarse. |
FOTOS: PATRICIO FUENTES Y./ LA TERCERA

Nunca volvió a Chile hasta ahora, por lo que para ella es un país completamente nuevo y ajeno. Se instaló a vivir mientras tanto en la casa de una tía en la comuna de El Bosque, y su plan es partir de cero, conseguir trabajo en lo que sea para conseguir dinero y un lugar propio donde pueda recibir a sus otros dos hijos, a quienes les avisó que migraría apenas dos días antes de subirse al avión.

Pero ahora no sabe bien qué viene. Aunque las máximas autoridades chilenas le prometieron a ella y a los demás pasajeros repatriados al llegar que no estaban solos, que los ayudarían y apoyarían, no sabe en qué consiste todo eso en lo concreto.

Cuenta que salvo un manual de 85 páginas con información sobre trámites y procesos institucionales, no les dieron más información. No los citaron a una reunión ni les dieron indicaciones de adónde recurrir.

Aun así se siente tranquila, sobre todo por la ayuda de sus padres, que el 19 de diciembre vuelven a Venezuela. Allá tienen una empresa de construcción donde trabajan unas 22 personas, entre ellos sus otros tres hijos que ya intentan preparar el terreno para venir a Chile. También el hijo mayor de Pamela. Por ahora, Amadeo y su esposa no pretenden volver a su patria. Aunque acá él tiene comprada una sepultura para hasta cuatro generaciones, no le importa mucho. “Así es la vida -dice-. Uno sabe dónde nace, pero no dónde va a caer muerto”.

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