La vida armada

Foto: Luis Sevilla Fajardo

La victimización aumentó por cuarto año consecutivo, según la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana, y más personas preguntan, cotizan o se arman para proteger a sus familias. Hace unas semanas se anunciaron nuevas propuestas para un control más efectivo. Sin embargo, en las agrupaciones proarmas dicen que no hay nada nuevo bajo el sol. Aquí, historias y testimonios de este mundo particular.

El primer arma que Ricardo Durán tuvo en sus manos fue una pistola de palo que disparaba colillas de cigarro con un elástico, cuando tenía cinco años. Hoy, que tiene 34, sentado en su comedor, arma y desarma una pistola Bersa Thunder calibre 22 como si fuera un juguete. Muestra también su rifle Savage Mark II F, calibre 22 también, que le regaló su hermano y que es su favorito.

“Me encantan las armas”, dice él, un microempresario al que disparar lo hace feliz. “La gente asocia a las personas que tienen armas de fuego con Rambo y estamos lejos de esa caricatura. Somos personas comunes y corrientes, que tenemos familia y que tal vez nunca en la vida queramos dispararle a alguien”.

Eso de nunca disparar a nadie es lo que pensaba hasta hace unos meses. Cuando Fernanda, su mujer, quedó embarazada de Tomás -que nace en los próximos días-, cambió de parecer, pese a que se podría pensar que niños y armas en la misma casa no es una ecuación deseable. “Si un tipo se mete a mi casa o quiere robarme el auto con mi hijo adentro, no, compadre, ahí sí la voy a usar. Si está mi vida en peligro o la de un ser querido voy a reaccionar”, sentencia. Fernanda -28 años, enfermera- está sentada escuchando lo que dice su pareja y está de acuerdo con él: dice que se siente más segura con un arma en la casa y no dudaría en disparar si entra un desconocido a la pieza de su hijo.

Ricardo Durán, presidente de Undaf Chile | Foto: Reinaldo Ubilla

Ella recuerda que cuando llevaban dos meses saliendo, él le propuso una cita romántica en un club de tiro. Al principio fue complicado manipular el arma, dice ella, porque creía que se podía disparar sola. Lo que más le costó fue superar ese miedo. Pero a Fernanda le gustó la adrenalina que produce disparar. “Tú te concentras y al final, cuando apuntas y disparas el arma, te sientes bacán. Es como terapéutico”. Él la escucha con agrado y advierte que no podría tener una pareja a la que le dieran miedo las armas de fuego.

En 2007 Ricardo creó la Unión Nacional de Dueños de Armas de Fuego (Undaf Chile), constituida legalmente en 2014 y que hoy tiene unos 200 miembros. La agrupación nació para dar respuesta a las personas que tenían dudas de cómo inscribir un arma. El grupo, dice él, tiene un perfil “moderado y no parafernálico”, y asegura que hay otros más extremos, pero prefiere no nombrarlos.

Los miembros de Undaf tienen entre 25 y 75 años, pero los más activos promedian 40 años. La mayoría son trabajadores independientes y emprendedores, están casados y tienen hijos: “Es ahí cuando te empiezas a preocupar por tu familia y tomas decisiones más firmes con respecto a cómo protegerla”, explica Durán.

Una pequeña parte de este grupo son mujeres que llegan al mundo de las armas motivadas por sus maridos o pololos. Según Durán, el bajo porcentaje femenino -menos del 5%, estima- se explica porque los hombres son quienes toman el rol más protector en el núcleo familiar. “Nos encantaría que la mujer tenga un papel más protagónico en el mundo de las armas, que se empoderen más”, sostiene.

Si algo tienen en común los miembros de Undaf Chile, asegura su creador, es creer en la libertad individual -por ejemplo, para tener armas sin que nadie se meta en eso- y estar cargados a la derecha en política.

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Ricardo Durán y Undaf no están solos en esto. Según datos recientes de la Dirección General de Movilización Nacional (DGMN), en Chile hay 754.491 armas registradas y activas; en lo que va de 2018 (hasta junio) han sido inscritas 3.774. El 50% de ellas son destinadas a defensa personal (ver infografía).

Todas estas armas deberán ser reinscritas, según el Acuerdo Nacional por la Seguridad Pública, un documento que el Presidente Piñera recibió el jueves 19 de julio con 150 propuestas para modernizar a las policías y mejorar el control de las armas en el país. Ahí se propone, además de la reestructuración del registro de armas, nuevas exigencias para su inscripción y la aprobación de un curso teórico y práctico sobre el uso y mantención de un arma. Se anunció también un sistema de acreditación y registro para siquiatras que estén autorizados para realizar las evaluaciones, y que el Ministerio Público tendrá acceso en línea al registro nacional de armas.

En la Mesa de Trabajo por la Seguridad que elaboró estas propuestas no participaron las agrupaciones que defienden el uso de armas, como Undaf. Por esto, Ricardo Durán dice que no se le puede llamar acuerdo nacional y critica algunas medidas porque ya existen en la Ley 17.798 sobre control de armas y explosivos. También duda de la efectividad de algunos anuncios, como la campaña para entregar armas no autorizadas o no inscritas. “¿Conoces una estadística que diga que la entrega de armas por parte de civiles haya hecho bajar los índices de delincuencia?”, se pregunta.

Concuerda con eso el presidente de la Asociación Nacional por la Tenencia Responsable de Armas (Antra), Cristián Gamboa. Para él, las propuestas ya están contempladas en la legislación, pero no se aplican. “Esto me deja la sensación de que la gente de esta comisión presidencial no tenía idea de la ley de armas”, señala.

Cristián Gamboa (52 años, informático) se acercó a este mundo por el mismo motivo que lo hacen muchos: sufrió un intento de asalto a los 27 años. Se convenció de que comprando un arma no pasaría de nuevo por eso. “¿Y qué pasa si entra un weón armado a tu casa a las tres de la mañana? ¿Le vas a disparar?”, le preguntó un compañero de trabajo. Cristián se demoró en responder. Su compañero le recomendó que no siguiera adelante porque no tenía la decisión tomada de usarla. Gamboa le encontró razón.

Trece años después, cuando tenía 40, un amigo de un foro de armas lo convenció de ir a disparar con él. Esa vez, Cristián disparó sin parar. A la semana siguiente ya se había comprado tres armas más y de ahí no paró: las armas comenzaron a ser parte activa de su vida.

Cristián Gamboa, presidente de Antra. | Foto: Mario Téllez

En 2007, Gamboa y otros amigos que conoció en un foro de armas decidieron formar un grupo. En 2011 lo oficializaron como la Asociación Nacional por la Tenencia Responsable de Armas (Antra). Cuentan con alrededor de 600 socios de Arica a Punta Arenas, en su mayoría, hombres entre 35 y 60 años. Sus profesiones y oficios son tan variados como sus edades.

Hoy Gamboa figura como deportista, lo que le permite inscribir dos armas para defensa y cuatro para deporte. Él tiene cuatro inscritas. El 30% de su tiempo se lo dedica a su trabajo -páginas web, asesorías e instalación de redes- y Antra se lleva la mayor parte del día. Se levanta a las siete de la mañana a responder correos y en el día tiene reuniones relacionadas al tema. “Estamos inscritos como gestores de interés en la Ley del Lobby y nuestra política siempre ha sido mantener relaciones con todo el mundo posible”, afirma. El ex candidato presidencial José Antonio Kast ha sido el único político con el que han entablado conversaciones sobre el tema, dice él.

Gamboa tiene siete hijos -entre 30 y 7 años- y a todos les ha enseñado cómo funciona un arma. Cuando tenían seis años, el papá ya les permitía tocarlas; y a medida que iban creciendo los invitaba a limpiarlas y luego los llevaba a un club de tiro. Varias personas le preguntaron si sus hijos mayores -entonces de 12 o 13 años- disparaban. Él contestó que sí. “¿Pero por qué dijiste eso?”, le hicieron ver sus amigos. “Porque es la verdad”, dijo él, con honestidad brutal. “Fue difícil, porque hay familias del colegio donde los papás les han pedido a sus hijos que tomen distancia o no los dejan ir a la casa del niño porque el papá tiene armas. Eso es discriminación”.

Gamboa dice que tener un arma debiera ser seguro y simple como tener un lápiz. Pero obtener un arma no es como tener un lápiz y hay que cumplir ciertos requisitos (ver recuadro).

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El paseo Bulnes y sus inmediaciones, en el centro de Santiago, concentran una gran cantidad de armerías donde se pueden comprar armas. Una de ellas es Target. Su dueño, Manuel Ureta, dice que la mayoría de la gente que consulta lo hace por seguridad o porque ya vivió un episodio traumático de delincuencia. En algunos casos, le ha tocado gente tan indecisa que les dice: “Sabe, esto no es para usted. No compre nada mejor”. Lo que más se está llevando en su local son pistolas, las que van desde los 300 mil a 700 mil, en promedio. Cada bala vale 300 o 400 pesos y 25 mil pesos en promedio cuesta una caja con 50 balas.

Así como hay gente que busca un arma por temor a ser asaltado, en las armerías saben reconocer a “palos blancos” que compran y registran un arma que luego será reportada como robada y que terminará en otras manos. “Sabemos que eso pasa”, asegura Ureta.

Una cosa curiosa de las armerías es que en sus vitrinas se ofrecen no sólo armas y municiones. A la vista hay también tarjetas de recomendación de siquiatras que realizan la evaluación que exige la ley para inscribir un arma.

A pasos de las oficinas de la Dirección de Inteligencia del Ejército, en el paseo Bulnes, está la oficina de uno de estos siquiatras recomendados. Allí también entregan asesoría legal para inscribir el arma. El servicio completo por 50 mil pesos.
El siquiatra, que prefiere no dar su nombre, recibe a 10 personas al mes solicitando esta evaluación (va una vez a la semana a esta oficina). De esas 10, aprueba a nueve. El resto es rechazado por ser impulsivos, inestables o tener antecedentes siquiátricos relevantes (ver recuadro).

No existe un registro de siquiatras que presten este servicio. Tampoco uno de pacientes aptos o rechazados, por lo que una persona que no aprueba el examen de un siquiatra puede ir a otro para intentarlo las veces que quiera. “Lo encuentro súper grave y preocupante. Si no te apruebo es porque me pareces un riesgo”, explica el médico. También echa de menos una guía clínica para que los profesionales sepan en qué fijarse con mayor atención cuando realizan este examen.

El médico asegura que ve “gente más normal” en el examen para obtener armas que en su consulta. “Mi impresión subjetiva y visceral era que iban a ser puros sicópatas que iban a andar disparando como película gringa, y no. En general, uno ve gente relativamente estable, que tiene sus pegas, se van con los primos a cazar tórtolas al sur o le entraron a robar o a los vecinos y están preocupados”.

El siquiatra dice que, por el momento, él no tendría un arma. Vive solo y no tiene nada de valor en su casa, pero en caso de tener familia, lo pensaría. Dice que a su consulta llega gente que tiene a la familia en contra de tener un arma. Su consejo es claro: “Vaya y convérselo”.

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-Mamá, me gustaría tener una pistola.
-¿Para qué?
-Me gusta.
-¿Pero cuál es la necesidad?

A Tomás González -22 años, estudiante de Derecho de la UAI- le costó un mundo que su mamá le diera el sí. Hacía un tiempo practicaba airsoft, actividad deportiva que se basa en la simulación militar. Además, este verano había estado un mes en Houston, EE.UU., donde fue a aprender inglés y tomó un curso de tiro. Regresó a Chile decidido de comprar su primer arma. Su mamá no quería tener un arma en su casa. “Eran sus reglas y vivo en su casa”, cuenta él.

Tomás la convenció, pero ella le puso condiciones. No puede manipularla en la casa con sus amigos y ella no quiere ver nada de la pistola dando vueltas por ahí. “Me parece lógica su reacción, porque ella nunca ha estado relacionada con un arma”, dice Tomás, a quien le gustaría que en el país existiera menos prejuicio sobre ellos. “Si tienes un arma te consideran paranoico, loco o violento. La gente piensa que nunca van a sufrir la delincuencia, y no es así”.

Foto: Mario Téllez

Así como los jóvenes se están abriendo paso en este mundo con un afán deportivo, las mujeres también están apareciendo más en polígonos y clubes de tiro. Aunque según cifras de la DGMN, sólo el 7% de las armas están en manos de mujeres.

Paola Arriola tiene 29 años y es instructora de tiro. Lleva un año en Chile, es venezolana, en su país estudió para ser policía y está comenzando los trámites para tener un arma. Dice que las mujeres a las que le ha tocado enseñarles a disparar le cuentan del temor a sufrir un acto delictual o a volver a sufrirlo: es una de sus principales motivaciones para tomar un curso.
Según lo que ha visto, las mujeres tienen mejor puntería que los hombres, pese a los nervios iniciales. “No sé por qué, quizás prestan más atención. He tenido chicas que sacan los ejercicios así (chasquea los dedos), mejor que yo. No sabría decir si es algo físico o sicológico”.

Independientemente del género o de la edad, la preparación es clave para todos quienes deseen tener un arma, dice Jorge Valdés, carabinero por 20 años y director de la empresa de seguridad Protección Chile. “Hay gente que no sabe cómo se escucha una detonación, cómo se siente disparar, la adrenalina, cómo actuar frente a un delincuente o qué pasa cuando se dispara en una habitación, que es un espacio reducido. Estamos hablando de armas de fuego letales”, advierte.

Para esto existen lugares especializados, como el Club de Tiro de La Reina, donde llegan, en su mayoría, personas que quieren hacer un curso de tiro por seguridad. El perfil es amplio: empresarios, profesionales, dueñas de casa. Se realizan 80 cursos mensuales, que consisten en tres sesiones de tres días con un instructor particular para cada persona: cada una dispara 175 tiros. Pero no parece suficiente. Alejandro Rocafort, instructor y director de ese club, asegura que en La Reina hay 31.000 hogares, en 10.500 de ellos existen armas inscritas y el 90% no ha disparado en su vida. “¿Te gustaría tener un vecino con arma que no sabe cómo usarla? A mí no”.

Recuerda que una vez un cliente le dijo: “‘Oye, qué arma le puedo comprar a mi señora que no sabe disparar’. Yo le dije: ‘Es lo mismo que me dijeras qué auto le puedo comprar a mi señora que no sabe manejar’”.

Sobre la polémica de tener o no un arma, Rocafort afirma: “No tengo ningún problema en no tenerla, siempre que me aseguren que ya no habrá más asaltos o portonazos. ¿Por qué tengo que eliminar una alternativa de defensa ante un ataque? Disculpa, pero los ministros y parlamentarios tienen en la puerta de la casa un carabinero con arma, ¿o no? ¿Podemos aceptar que protejan con armas el dinero en los bancos y los camiones de valores pero no a tu gente? ¿O sea que la plata es más importante que tu hijo o tu señora? ¿Por qué?”.

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