Nora Krug y la memoria de los pueblos: “Lo clave es moverse del concepto de vergüenza a uno de responsabilidad”

Crédito: Nina Subin

¿Cómo hacerse cargo de una historia reciente dolorosa, traumática y cargada de culpa? La escritora e ilustradora alemana se confrontó con esa pregunta al revisar su propia historia familiar y encontrar vínculos con el nazismo. El resultado fue un elogiado libro que ahora llega a Chile: Heimat, lejos de mi hogar, una reflexión sobre la memoria y la responsabilidad histórica personal que encuentra ecos también en la discusión chilena.




La ilustradora alemana Nora Krug es una de las más destacadas del mundo y su obra más importante llega a Chile. Se trata de Heimat, lejos de mi hogar, novela gráfica/memoria/diario/investigación histórica sobre el pasado de su familia en Alemania. Heimat ganó los premios más relevantes, incluido el prestigioso National Book Critics Circle Award, Victoria and Albert Museum (Ilustradora del año); Lynd Ward Graphic Novel Prize; British Book Design & Production Award, entre muchos otros. Pero no sólo se le dio este reconocimiento extraordinario en el mundo literario, sino también entre el público y los medios de comunicación. En 2018, tanto el New York Times como The Guardian lo eligieron como sus libros del año; la National Public Radio de Estados Unidos, como el mejor del año; Time, como un “must read”, junto a decenas de medios en todo el mundo.

En este libro, Krug hace una emotiva búsqueda sobre la historia de su familia en la Alemania nazi. ¿Qué hicieron? ¿Qué omitieron? ¿Qué secretos esconde esa generación para sus nietos y bisnietos? Heimat es la palabra alemana para el lugar donde primero nos formamos, “donde nuestra sensibilidad e identidad pasan de una generación a otra”. No describe un sentimiento de pertenencia nacional, sino ese espacio geográfico particular donde te sientes cómodo y en casa. “Es el lugar que te ha marcado, culturalmente y emocionalmente, en términos de visión del mundo”, dice Krug vía Zoom desde Nueva York, en conversación con Tendencias de La Tercera. Son los paisajes, la familia, las costumbres. Pero Krug advierte que es un concepto muy individual y que puede cambiar a lo largo del tiempo.

Explorando el pueblo de su familia, con sus luces y sombras, Krug hizo un trabajo significativo y único de memoria visual, derechos humanos, arte y de cómo el pasado se infiltra siempre en el presente. Dice que antes de vivir en Nueva York, el tema de qué era la identidad alemana y familiar no era uno tan relevante.

“Cuando vives en tu país, no estás realmente consciente de que tu punto de vista es muy específico a tu cultura. Cuando dejas tu marco cultural, de pronto te ves a ti misma y tu herencia desde afuera, y ves cuánto de lo tuyo está profundamente incrustado en la cultura de la que vienes”.

Nueva York gatilló especialmente ese viaje hacia la memoria histórica de Alemania, pues “fue el principal punto de llegada de refugiados de 1930 y 40, que huyeron del régimen nazi, y que se quedaron en la ciudad... me hizo sentir una urgencia más fuerte de volver y explorar lo que había pasado con mi familia. Me hizo ver que tenía que volver a mis raíces y hacer alguna investigación sobre ellas”.

Cuenta que en el colegio les enseñan de manera extensiva sobre el Holocausto y el periodo nazi, visitando campos de concentración, museos. “Vimos los lugares donde las atrocidades sucedieron que fueron cometidas por nuestro país, y eso dejó un impacto muy grande en mí y en mi clase. Pero había algunas cosas de las que no nos enseñaron, y algunas tenían que ver con las dificultades que los alemanes enfrentaron, porque eso es un tabú definitivamente en Alemania: hablar de lo que la guerra y los bombardeos hicieron a la sociedad alemana, porque fue un destino que los alemanes se provocaron a sí mismos. Nosotros somos los culpables de eso. Y por eso era un tabú hablar de aquello. El foco en mi escuela no era sobre nuestras familias, así es que no nos incentivaban a usar el conocimiento que teníamos, la memoria colectiva, y aplicarla a nuestra propia familia, y ese era el gran gap hasta hoy”.

Crédito: Nina Subin

-¿Cómo se sentía acerca de la historia alemana?

-Yo siempre tuve un sentimiento de culpa alrededor del tema, aun cuando no sabía nada de la historia de mi propia familia. Crecí con un sentido de culpa colectiva, pero me di cuenta, cuando fui creciendo, que esta culpa colectiva era paralizante. Porque no podía hacer nada con ella. No se relacionaba con mi vida, me hacía sentir atrapada de un cierto modo. Y tenía que encontrar una manera de hacerlo más concreto y enfrentarlo como individuo de manera más responsable. Traté de pensarlo más como responsabilidad personal, el tratar de saber más sobre mi familia y mi ciudad. Yo ya había crecido sintiéndome incómoda sobre el tema, así es que en realidad se sintió bien enfrentarlo de una manera diferente, de un modo más pragmático. Volver a Alemania fue como una urgencia, de un modo, algo positivo que hacer, porque quería encontrar respuestas.

-Imagino que debe haber vivido momentos muy difíciles, como cuando descubrió que uno de sus abuelos había sido del partido nazi...

-Nadie en mi familia sabía eso. Fue un shock, porque solo el 15% de los alemanes había sido del partido... La pregunta era ¿por qué él era parte de este reducido grupo de miembros del partido?

-En los registros, su abuelo dice que no fue perpetrador ni cómplice, solo “seguidor”... Y que lo obligaron...

-Debo decir que al crecer en Alemania, en mi generación, hay siempre -al menos para mí- una sensación de falta de confianza… Si no hacia mis abuelos, hacia una generación completa. Cuando creces en Estados Unidos o en Inglaterra, y tu abuelo estuvo en el ejército en la Segunda Guerra Mundial, es algo de lo que te sientes orgulloso. Se lo cuentas a los demás, celebras eso. Pero en Alemania es otra la situación, los soldados alemanes pelearon bajo el mando de Hitler. Es el ángulo opuesto. Entonces, no asumía que mi abuelo era inocente, para partir. Pero la sensación más predominante mientras leía estas carpetas era una de una cercanía muy incómoda, que no había sentido antes.

-¿Cómo?

-Una especie de intimidad incómoda con mi abuelo, porque se sentía como si estuviera teniendo una conversación personal y honesta con él, de un modo que nunca había sido capaz de tener. Por un lado, porque no había hablado eso con él, y porque yo tenía 8 años cuando murió. No le pregunté nada. Y por otra parte, pensé: por fin podemos tener este diálogo, que había querido tener por tanto tiempo. Viendo su escritura en tinta, en los papeles originales, que tuvo en sus manos, la inmediatez de eso, me conmovió mucho... Leyendo la palabra ‘mitlaufer’ (que aparece en los papeles), un seguidor, fue incómodo… ¿A quién le gusta admitir que fue un cobarde, básicamente?

-¿La llevó a reflexionar sobre usted misma y qué es ser cobarde?

-Claro, sobre mi vida contemporánea. No sólo qué habría hecho en su lugar, qué es lo que la gente frecuentemente dice... eso es muy fácil. Creo que la pregunta más relevante es qué estoy haciendo ahora, eso es lo que cuenta. Y lo hace aún más incómodo. Preguntarse cómo estoy ayudando (o no) a las personas hoy. Por ejemplo, a los latinos que están atrapados en la frontera norteamericana con México en condiciones inhumanas. ¿Qué estoy haciendo por ayudarlos? Así es como debiéramos aprender de la historia, a través de traerla al presente. Y cuando lees que un miembro de tu familia se ha clasificado como “seguidor”, te preguntas en qué eres tú hoy un seguidor, y un cobarde.

-La historia personal siempre se conecta a la colectiva…

-Por eso es tan importante pensar en la historia en un nivel personal, y no sólo en el nivel colectivo. Porque cuando es hecho colectivo... Los alemanes han hecho un gran trabajo, institucional y colectivamente, educacionalmente, en enfrentar este pasado difícil, probablemente como ningún otro país en el mundo. Y me siento muy agradecida de que hayan hecho eso, y estén comprometidos con seguir haciéndolo. Es muy importante que continuemos llevando esta carga y cumpliendo este rol, pero al mismo tiempo debemos hacer más en términos de la esfera personal. Y lo personal y lo colectivo se conectan también. No puedes excluir a uno del otro.

“La democracia nunca se puede dar por sentada”

Nora Krug está ilustrando actualmente On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century, célebre libro del académico Timothy Snyder que puede describirse como una guía para cuidar la democracia. “La democracia es un proceso... Aun cuando vivimos en el siglo 21, no está garantizada... Siempre puede volver a pasar (que se pierda). La democracia nunca se debe dar por sentada”, dice Krug.

-¿Existe esa conciencia, cree usted?

-Especialmente en Alemania, en mi generación, yo daba (a la democracia) por sentada. Pensaba que nunca volveríamos a tener guerra de nuevo, que nunca volvería a pasar, porque hemos hecho tanto trabajo para evitarlo. Pero no hay que darla por sentada, siempre debemos esforzarnos para mantener la democracia viva. Y lo vemos en Estados Unidos ahora, lo rápido y silenciosamente que las cosas pueden cambiar. Y, de pronto, estás en un momento en que no reconoces más tu propio país.

-¿Qué se puede hacer?

-El libro del profesor Snyder tiene 20 capítulos y en cada uno explica qué podemos hacer como individuos para luchar por la democracia. Uno de ellos dice: “recuerda tu ética profesional”. En cada profesión hay momentos en que podemos, teóricamente, ser puestos a prueba frente a una elección. Como profesores, ilustradores, periodistas. Y debemos priorizar la integridad personal. La moralidad debe estar antes que lo profesional, de modo que nadie pueda decir: “recibí órdenes”. Entonces, en cualquier profesión, hay preguntarse primero que nada si algo es éticamente correcto, y si desde un punto de vista humano sería correcto o no seguir una determinada orden. Ese es sólo un ejemplo.

-¿Qué protecciones adicionales puede dársele a la democracia?

-La educación, obviamente. Proveer una educación gratuita y sólida a todos, que no es el caso en Estados Unidos, por ejemplo. Un sistema social justo. Obviamente, las buenas leyes nos protegen, y ellas deben considerar a todos como iguales. Pero incluso aunque tengamos eso en la Constitución (en Estados Unidos), estamos viviendo esta situación ahora... que se parece en muchos aspectos a una dictadura… ¿Qué más protege la democracia? Bueno, valentía, unidad, coraje. Debemos tener coraje.

-¿Cree, como Tom Friedman y otros intelectuales, que la democracia está en peligro ahora en Estados Unidos?

-Sí, definitivamente. Es un momento muy peligroso. Por supuesto, Donald Trump no es igual a Hitler, sería equivocado establecer paralelos muy rápido, porque llegas a conclusiones muy apuradas sobre él, y reaccionas de manera equivocada. Hay que mirar cada caso. Pero hay muchos paralelismos entre lo que pasó en la Alemania nazi… Partió con (él) no siendo tomado en cuenta seriamente, como Adolf Hitler, en que nadie pensó que iba a ser tan exitoso y dañino, y lo mismo con Donald Trump. El promover el odio entre la gente, el discurso de odio. Hitler usaba un lenguaje muy brutal e incluso inventaba palabras que sonaban convincentes pero eran inhumanas... Yo todavía creo en este país, porque realmente la mayoría de los estadounidenses no votó por él en primer lugar, y hay muchos luchando contra lo que él está haciendo. Creo en los estadounidenses, pero eso no significa que él no ganará las elecciones. Puede que haya mucha gente que de todos modos vote por él.

-¿Cómo cree que se debe lidiar con la memoria histórica, para no traspasar la carga del pasado a los jóvenes, pero que sí tengan claro lo que se vivió?

-Creo que lo clave es moverse del concepto de vergüenza a uno de responsabilidad. Debemos celebrar nuestras fortalezas culturales y logros, y también al mismo tiempo enfrentar nuestros pasados difíciles. Si aprendemos a cambiar vergüenza por responsabilidad, lo que haremos es hablar de hechos, manteniendo vivas las historias y la memorias de aquellos que sufrieron en esas épocas, porque se los debemos. Les debemos el seguir contando sus historias. Mantenerlos vivos recordándoles, reconociéndolos, y trayéndolos al presente. Y lo que siempre me sorprende es que hay gente que no entiende que gran parte del pasado está en el presente. El pasado es lo que hace el presente; éste no existe en un vacío. Todo lo que somos, como personas y países, está conformado por lo que había antes. Alemania hoy es un país liberal y tolerante por lo que pasó antes.

-En Chile se está debatiendo una legislación para penalizar los discursos negacionistas de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. ¿Qué piensa de enfrentar el negacionismo de este modo?

-Hay distintas maneras, pero la manera legal es definitivamente importante. Yo personalmente estaría a favor de leyes de ese tipo, porque la negación del Holocausto es ilegal en Alemania. Y es la manera correcta de hacerlo, porque pienso que un país democrático debe reconocer los hechos históricos. No puede ser materia de una opinión personal si algo así pasó o no. Eso sería peligroso.

-¿Pero eso no atenta contra la libertad de expresión? Organizaciones de derechos humanos han dicho que se debe favorecer esta última, y desacreditar el negacionismo en el discurso público, no censurándolo...

-Yo estoy en desacuerdo con eso. Para mí, la libertad de expresión es algo distinto; es expresar una opinión, o un sentimiento sobre algo, pero acá estamos hablando de hechos históricos. Esto no es sobre opiniones, sino hechos, y estos no son debatibles. Es lo que está pasando acá en Estados Unidos con los “hechos alternativos”. En Alemania puedes pasar tiempo en la cárcel si silbas la melodía conocida de una canción nazi, y está bien (que sea sancionado). Puedes hacerlo en tu casa, si así lo quieres, pero públicamente, no. No puedes poner a alguien en prisión por pensar que el Holocausto no existió, pero si lo afirmas públicamente, si permites eso, ¿cuál es el próximo paso?

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