El peor año de la humanidad

La pintura Destrucción de Thomas Cole simboliza la caída de imperios como los que sucumbieron a partir del 536 d.C.

Los registros históricos cuentan que en el 536 d.C. una penumbra casi permanente se apoderó de los cielos de Europa y Asia. El sol apenas se dejaba ver entre las tinieblas, fenómeno que inició un período de pérdidas masivas de cosechas, hambrunas, una plaga que aniquiló a 100 millones de personas y la caída de imperios. Ahora una nueva investigación identifica al culpable.


En el año 536 d.C., Procopio de Cesarea llegó a Italia con una misión: narrar el renacimiento del imperio romano. Sesenta años antes, la mitad occidental de esa potencia había caído a manos de los bárbaros germánicos y Justiniano I, máxima autoridad del Imperio Romano de oriente, quería reconquistar a toda costa los territorios perdidos. Por eso envió a su ejército y a uno de sus historiadores más ilustres, pero al llegar a destino, Procopio se encontró con un ominoso escenario que describió en su Historia de las guerras: “Durante este año tuvo lugar el signo más temible. Porque el Sol daba su luz sin brillo, como la Luna, durante este año entero, y se parecía completamente al Sol eclipsado, porque sus rayos no eran claros tal como acostumbra. Y desde el momento en que eso sucedió, los hombres no estuvieron libres ni de la guerra ni de la peste ni de ninguna cosa que no llevara a la muerte”.

El cronista no fue el único que se dio cuenta que algo extraño sucedía en el cielo. Zacarías el Escolástico, historiador y obispo de Mytilene -actual Grecia- escribió que “el Sol comenzó a oscurecerse durante el día” y que, además de una “enorme cantidad” de aves que perecieron, había “angustia entre los hombres”. Otro testigo del lúgubre cielo fue Cassiodorus Senator, un funcionario civil que en Italia registró que el Sol había “perdido su luz habitual” y que él y sus vecinos ya ni siquiera veían sus propias sombras a mediodía. Además, describió un verano sin calor: “Los meses en los que deberían haber madurado los cultivos, estos se han visto enfriados por los vientos del norte”.

Lo que estos narradores ignoraban era que no estaban presenciando eventos aislados, sino que manifestaciones de un desastre natural que provocó uno de los períodos más catastróficos para la humanidad. En el año 536 d.C., una densa y opaca neblina cubrió repentinamente los cielos de Europa, el Medio Oriente y partes de Asia, zonas que se vieron sumidas en una penumbra permanente durante un año y medio. Ese panorama marcó el inicio de la década más fría en 2.300 años, e incluso en China nevó en pleno verano, lo que arruinó las cosechas y propagó la hambruna: según la crónica local conocida como Bei Shi, siete de cada diez personas murieron y los supervivientes resistían devorando los cadáveres de los caídos.

En Irlanda, los Anales de Ulster también registran que entre 536 y 539 prácticamente no hubo materia prima para fabricar pan. La crisis alcanzó su punto cúlmine en 541, cuando la peste bubónica azotó el puerto de Pelusium, en Egipto: la enfermedad conocida como la “Peste de Justiniano” se propagó rápidamente entre la población hambrienta y débil, matando a casi 100 millones de personas y precipitando el fin del Imperio Romano de oriente.

Este macabro panorama explica por qué los autores de una nueva investigación que revela las causas de este desastre afirman que éste fue uno de los períodos más macabros de la humanidad. Es más: para el académico Michael McCormick, el 536 en particular fue el peor año para estar vivo, incluso más que 1349 -cuando la peste negra arrasó con la mitad de la población europea- y 1918, fecha en que la gripe española aniquiló a más de 50 millones de personas.

“Los testigos contemporáneos dan cuenta de una disminución en la radiación solar. Incluso a mediodía, el Sol en la zona del Mediterráneo más bien se parecía a la Luna”, cuenta a Tendencias este especialista en historia medieval de la Universidad de Harvard y coautor del reciente reporte publicado en Antiquity. Para dimensionar este fenómeno, el investigador menciona un estudio anterior publicado en 2016 junto a un equipo de climatólogos y geógrafos, quienes analizaron los anillos de crecimiento que fueron acumulando distintos árboles de las montañas Altai en Rusia y los alpes europeos. Estas formaciones van variando en grosor según las condiciones más frías o cálidas del ambiente, lo que permitió analizar los cambios en las temperaturas estivales durante los últimos dos mil años.

“Pudimos observar que en el 536 se inició un período ahora conocido como Pequeña Edad del Hielo del Período Antiguo Tardío, en la cual la temperatura promedio del verano cayó entre uno y tres grados Celsius. Esto duró aproximadamente hasta el 660 en Europa y el 680 en Asia central”, cuenta McCormick. Este enfriamiento arrasó, por ejemplo, con la agricultura del imperio sasánida, el último reino persa en caer antes del surgimiento del Islam. Incluso, la antigua crónica Nihon shoki recoge las penurias que vivió el pueblo japonés en esa época: “La comida es la base del imperio. El oro y el dinero no pueden curar el hambre. ¿De qué sirven mil cajas de perlas a quien no tiene de comer producto del frío?”. Paralelamente, las estepas asiáticas vivieron masivas migraciones de gente famélica y débil que fue presa fácil de ratas, pulgas y otros agentes portadores de enfermedades.

“Ahora podemos confirmar con evidencia física lo que los relatos antiguos ya nos habían contado: en el año 536 algo extremadamente inusual ocurrió en la atmósfera. Una gran explosión volcánica opacó el Sol y forzó un enfriamiento extremo. Es muy probable que la hambruna haya surgido de esa anomalía climática”, comenta a Tendencias el profesor Kyle Harper, experto en historia medieval y romana de la Universidad de Oklahoma. Para ubicar el origen de esta megaerupción, que también coincidió con sequías y otras alteraciones climáticas que causaron el colapso de Teotihuacán en México, hay que fijar la mirada en el extremo norte del mundo.

Detectives del pasado

Hace unos veinte años, se publicaron los primeros análisis de anillos de crecimiento de árboles que sugerían que los veranos cercanos al año 540 d.C. fueron inusualmente fríos. Desde entonces, los científicos se lanzaron a buscar una causa, y hace tres años un equipo de la Universidad de Berna, en Suiza, halló una pista en núcleos de hielo obtenidos en Groenlandia y la Antártica.

Cuando un volcán hace erupción, expulsa sulfuro, bismuto y otras sustancias que forman un velo de aerosoles que refleja la luz solar de vuelta al espacio, enfría el planeta y eventualmente cae a la superficie en forma de lluvia y nieve. Los científicos de Berna encontraron trazos de estos elementos en las muestras de hielo y determinaron que una erupción masiva ocurrida quizás en América del Norte se había producido en 535 o inicios de 536, seguida de otra en 540 que prolongó aún más el frío y la oscuridad.

La ubicación exacta de la explosión seguía siendo un enigma, por lo que Michael McCormick y sus colegas partieron a la búsqueda de indicios más precisos. Su material de estudio fue un núcleo de hielo de 72 metros de largo obtenido en el glaciar Colle Gnifetti de los Alpes suizos, cuyas capas registran más de dos mil años de actividad humana y eventos naturales como tormentas y erupciones. Para analizar la muestra, los científicos ocuparon un láser que cortó capas delgadísimas que representaban unos cuantos días o semanas de nieve. Al estudiarlas con rayos X, se encontraron con una sorpresa: el hielo correspondiente a la primavera del 536 d.C. contenía diminutas partículas de cristales volcánicos cuya composición coincidía con la que presentan rocas provenientes de erupciones en Islandia.

“Islandia está mucho más cerca de Gran Bretaña y el norte de Europa que California, lo que implica que el impacto de esta erupción en el clima de esas áreas fue mucho mayor al que se creía hasta ahora. Eso habría hecho que estos lugares se volvieran muy fríos de manera muy rápida, con consecuencias inmediatas como hambruna y un empeoramiento de la salud de la gente”, señala Christopher Loveluck, arqueólogo de la Universidad de Nottingham y coautor del reporte. Paul Mayewski, glaciólogo del Instituto de Cambio Climático en la Universidad de Maine y que también participó en el estudio, agrega a Tendencias que la muestra tomada en Suiza es “extremadamente rica” en información y que sigue siendo analizada, aunque el siguiente paso sería hallar partículas similares en lagos de Europa e Islandia para determinar por qué la erupción fue tan devastadora.

Afortunadamente para el hemisferio norte, los días de miseria, muerte y colapso económico provocados por la explosión volcánica eventualmente llegaron a su fin. Eso es lo que revela la presencia de otro elemento detectado en el núcleo de hielo suizo: el plomo, liberado a la atmósfera alrededor del año 640 durante un boom de la extracción y el refinamiento de la plata para elaborar monedas. La presencia de este contaminante, aseguran los investigadores, muestra una economía que empezaba a reactivarse tras décadas de tinieblas y penurias que marcaron la “Era oscura” del medioevo.

“Alrededor del año 600, no se extraía oro en el oeste de Europa y la gente sólo vivía del metal romano que había sido obtenido siglos antes. Los factores para la recuperación de la economía son múltiples y complejos, pero creemos que el aumento en la circulación monetaria, posible gracias al descubrimiento y explotación de la rica mina de plata en Melle, Francia, fue un factor clave”, señala McCormick, quien escribió un libro sobre este tema llamado Orígenes de la economía europea: viajeros y comerciantes de la Alta Edad Media. Kyle Harper añade que el cambio del dinero basado en oro al de plata no sólo marcó la evolución del modelo económico implantado por el Imperio Romano hacia uno medieval, sino que también generó el “surgimiento de una nueva clase mercante”.

“Ahora que sabemos cuándo y dónde ocurrió la erupción, los científicos climáticos podrán modelar su propagación y su impacto humano con una precisión cada vez mayor. Esto ayudará a clarificar los detalles de este evento hemisférico de alto impacto e, incluso, nos podría revelar nuevos mecanismos del cambio climático repentino”, señala McCormick. Un conocimiento que según Harper no sólo servirá para explorar lo que ocurrió hace siglos, sino que también para iluminar un presente marcado por repetidas crisis ambientales: “Este tipo de investigación tiene un gran potencial para las ciencias naturales, ya que podrán llenar diversos vacíos en nuestro pasado y expandir nuestra comprensión de cuán entrelazadas están la historia humana y la de la naturaleza”.

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