Prueba de Transición Universitaria: la tormenta perfecta

Ilustración: Camila Aravena.

Insomnio, angustia, depresión. A menos de cuatro meses de que se rinda el examen que reemplazará a la PSU, miles de jóvenes sienten la presión de enfrentar este trascendental momento de sus vidas, en lo que parece ser el peor de los escenarios. Una deficiente preparación a distancia por la pandemia, la preocupación por los coletazos sanitarios y laborales del Covid-19 en sus familias y la incógnita de una prueba que se realizará por primera vez en la historia son algunas de las razones.




Valentina Jara (18) cursa cuarto medio y se prepara para dar la Prueba de Transición Universitaria (PTU). Estudia todos los días en su casa de Quilicura, con el apoyo de su colegio y de un preuniversitario online que contrató por 15 mil pesos mensuales. Pero no es fácil. Cuenta que hace un mes estaba en su living respondiendo un ensayo de lenguaje en el que se había inscrito y en ese momento se dio cuenta que no se podía concentrar.

“Eran como las 6 y media de la tarde y tenía a mi mamá al lado mío al teléfono, hablando súper fuerte con su trabajo. Al otro lado estaba mi hermano viendo tele. Yo estaba al medio tratando de concentrarme. No podía estar en la cocina porque no tengo mesa y mi pieza tampoco era opción porque no hay dónde apoyarse. En ese momento pensé: No se va a poder”, dice Valentina. Ella quiere estudiar medicina, pero aunque tiene un promedio en la enseñanza media sobre 6, reconoce estar angustiada al pensar en la prueba que se realizará el 4 y 5 de enero.  

“Todos sabíamos del estrés de cuarto medio, pero no que se podía vivir un cuarto medio en esta situación. Se suma a la tensión de la pandemia, la angustia, la ansiedad, es como todo multiplicado al doble. Siendo súper honesta, me siento muy mal preparada. No digo que los profes hagan una mala pega, pero es que salió todo mal este año. Nadie estaba preparado para algo así”, reconoce. La estudiante agrega que todo esto le acarreó un insomnio que la hace dormirse recién a las cuatro de la mañana, para despertarse a las 10 y seguir con sus clases online.  

Nathalie Moraga es la encargada de continuidad de estudios del colegio de Valentina. El Lorenzo Sazié de Santiago es un establecimiento de la Fundación Belén Educa, con un índice de vulnerabilidad que bordea el 74%. La académica cuenta que este año ha sido complejo para sus alumnos de cuarto medio: “No sólo se han enfrentado a esta prueba de transición, que ya era un cambio complejo, sino que además a las dificultades emocionales, preocupaciones económicas de sus familias e, incluso, dificultades de acceso a internet y la tecnología para mantenerse conectados”, explica.

“Todos sabíamos del estrés de cuarto medio, pero no que se podía vivir un cuarto medio en esta situación. Se suma a la tensión de la pandemia, la angustia, la ansiedad, es como todo multiplicado al doble. Siendo súper honesta, me siento muy mal preparada. No digo que los profes hagan una mala pega, pero es que salió todo mal este año. Nadie estaba preparado para algo así”, reconoce Valentina Jara (18).

Catalina Hernández es estudiante de cuarto año de medicina en la Universidad de Valparaíso y coordinadora general del preuniversitario solidario que hace 19 años realizan los alumnos de esa casa de estudios. “Ha sido un desafío doble para nosotros y los alumnos”, relata. Ella explica que los temarios de lenguaje y matemáticas fueron liberados en abril y los de ciencia e historia recién en junio, lo que exigió una preparación sobre la marcha. Christopher Nikulin, director de Admisión de la Universidad Técnica Federico Santa María, explica que para la PTU los “estudiantes que se estuvieron preparando durante tres años anticipadamente a un modelo de evaluación, se verán enfrentados con un modelo totalmente distinto”.

Una serie de factores que se suman al problema más evidente: la pandemia. “Hemos tenido alumnos con familiares que han sido Covid positivo, entonces igual es un ambiente diferente”, dice Catalina Hernández.  

La angustia

Cuando Constanza Martínez (17), alumna de cuarto medio del Institución Teresiana de Las Condes, se imaginaba cómo iba a ser su último año en el colegio, nunca pensó que viviría lo que enfrenta hoy. “Desde que me empezaron a hablar de la PSU como en primero medio, todo iba con un comentario del tipo ‘es que te va a ir súper bien’ o ‘no te preocupes’. Siempre fui buena alumna, entonces eso me relajaba y nunca experimenté ningún tipo de duda”, cuenta la joven, que tiene un promedio de 6,7 en la educación media. “Todo lo que pasó este año me tomó muy de sorpresa y derrumbó también muchos de los proyectos que tenía. De estar segura de qué estaba haciendo, ahora no estoy segura de nada de lo que estoy haciendo”, explica.

Y detalla: dice que no ha podido conectarse todo lo que habría querido a clases, que le preocupa lo que pueda pasar con sus seres queridos por el coronavirus, que le tiene miedo a la prueba de transición y que no está bien, que tiene insomnio y falta de apetito. “Nunca he tenido depresión diagnosticada… y no sé, no quiero decir ‘sí, tengo depresión’ porque encuentro que es algo muy serio, pero hoy me cuesta mucho verle lo positivo a las cosas. No duermo y lloro mucho. Antes casi ni lo hacía y ahora lloro estudiando”, dice Constanza, quien quiere estudiar derecho o sicología.

“Hemos tenido alumnos con familiares que han sido Covid positivo, entonces igual es un ambiente diferente”, dice Catalina Hernández, del preuniversitario solidario de la Universidad de Valparaíso.

La estudiante cuenta que es una sensación compartida por su generación. Muchos tuvieron vacíos de materia que debían aprender durante el año, pero nada de eso se ha logrado. “He tenido una educación bastante deficiente pensando que voy a tener que dar la prueba que define básicamente mi futuro con tan poca seguridad y motivación de aprender, porque hay tantas cosas que desmotivan y desconcentran, como la gente que se muere. Son cosas que son súper angustiantes como para pensar en aprender. Me ha costado mucho dedicar mi cuarto medio a aprender lo que me faltaba. El año pasado pensé que era mi prioridad, pero hoy en mi mente no lo es”, reconoce.  

Verónica Santelices, académica de la Facultad de Educación UC, cree que el ámbito de la salud mental está afectando a muchas más personas en términos de lo que significa el confinamiento, algo que se amplifica durante una edad en la que el contacto con los pares es especialmente importante. “El no saber cómo va a ser el próximo año afecta la capacidad que tienen los chiquillos de entusiasmarse y motivarse con lo que tienen que hacer. Esos son temas de salud mental que están súper presentes”, explica.  

Un estudio del Injuv reveló que el 30% de los jóvenes ha tenido problemas para dormir durante la pandemia y el 31% reporta haberse sentido “nervioso, ansioso o con los nervios de punta” casi todos los días. Cuando les preguntaron por sus preocupaciones, la segunda razón más mencionada fue “los problemas con los estudios” (25%) y la tercera, “los problemas de salud física o mental después de la cuarentena” (24%). Además, un 45% dijo que la angustia era la principal emoción en relación a la pandemia. Después aparecían la rabia (16%) y el miedo (13%).  

“Nunca he tenido depresión diagnosticada… y no sé, no quiero decir ‘sí, tengo depresión’ porque encuentro que es algo muy serio, pero hoy me cuesta mucho verle lo positivo a las cosas. No duermo y lloro mucho. Antes casi ni lo hacía y ahora lloro estudiando”, dice Constanza (17).

“Muchos jóvenes se sienten más inseguros en relación con lo que he notado en años anteriores. Creen que no han entregado el tiempo necesario al estudio como para subir los puntajes”, cuenta Catalina Hernández, quien añade que esto se ve fortalecido por la mala experiencia que vivieron los alumnos que el año pasado rindieron la prueba. “Antes no pasaba. Igual es algo nuevo”, explica.

Alguien que vivió esa situación en 2019 fue Catalina San Martín, egresada del Liceo José Cortés Brown, en Viña del Mar. A ella le tocó rendir ese año la PSU de lenguaje en la Universidad Técnica Federico Santa María en medio de desmanes, y días después tuvo la misma suerte en la Universidad de Valparaíso: cuando ella y los demás estudiantes estaban listos para rendir la prueba, entró un joven a la sala a robarse sus tarjetas de identificación. “Estoy traumada. No quiero pensar mucho en el día de la prueba porque me vienen esos flashbacks de cuando nos pateaban las ventanas. Para mí que soy sensible fue una cosa bastante traumática. Cuando nos dijeron que nos podíamos ir, me fui corriendo hasta donde estaba mi mamá y le dije que me llevara a la casa”, recuerda.

Finalmente, en ese proceso quedó en la carrera de fonoaudiología, pero ni siquiera se matriculó pensando que este 2020 iba a tener mejor suerte. “Este año tenemos todo en contra. Además, me han bajoneado las clases online y no me he podido organizar bien para estudiar. Me estoy durmiendo a las 5 de la mañana, me despierto como a las 3 o 4 de la tarde y mis clases son a las 6. Empecé a vivir de noche; me acuesto como a las 2 de la mañana porque me pongo a jugar LOL. Tengo insomnio”, reconoce la joven, quien participa del preuniversitario solidario de la Universidad de Valparaíso.

Se trata de una sensación que también tiene Camilo Toro (18), alumno del Liceo Eduardo de la Barra de Valparaíso, quien quiere entrar a medicina. “Viendo lo que pasó en 2019, eso es un indicio de que quizás este año puede volver a pasar. Esa duda siempre la hemos tenido”, reconoce. Una sensación que también experimentó Diana Muñoz (19), quien egresó el año pasado del Instituto Marítimo de Valparaíso: “La prueba de matemáticas fue custodiada por la Armada y Carabineros. Nos revisaban las mochilas para ver si no éramos infiltrados. Eso era estresante y traumático porque no sabíamos qué iba a pasar con las otras pruebas”, cuenta la joven desde su casa en el sector de Forestal, en Viña del Mar.

"Me estoy durmiendo a las 5 de la mañana, me despierto como a las 3 o 4 de la tarde y mis clases son a las 6. Empecé a vivir de noche; me acuesto como a las 2 de la mañana porque me pongo a jugar LOL. Tengo insomnio”, reconoce Catalina (19).

Paola Astorga, encargada técnico profesional del colegio Cardenal Carlos Oviedo Cavada de la Fundación Belén Educa, el cual funciona en Maipú, concuerda en que los problemas de esta generación vienen desde 2019. “Ha sido un año de bastante incertidumbre, con varios escenarios que les ha tocado sobrellevar a estos cuartos medios desde el estallido social del año pasado”, señala.

El miedo al contagio también está presente y representa otro factor de incertidumbre. Eso abre dudas sobre cómo se va a rendir la prueba, si se usarán mascarillas, se habilitarán especialmente las salas o habrá alguna otra medida de parte del Departamento de Evaluación, Medición y Registro Educacional (Demre). “Al no saber hoy cómo van a estar las condiciones sanitarias en enero, lo único que uno sabe es que va a tener que adaptarse; eso también puede generar estrés”, apunta Séverin Lions, investigador posdoctoral del Centro de Investigación Avanzada en Educación de la Universidad de Chile (CIAE).

El miedo

Desde su casa en la comuna de Alerce, en la Región de Los Lagos, María Almonacid (18) acostumbraba observar los volcanes Osorno y Calbuco. Pero esta alumna de cuarto medio del Liceo Forjadores, establecimiento que cuenta con profesores de Enseña Chile, no ha tenido mucho tiempo para levantar la vista de su teléfono mientras prepara la prueba. “Es raro y difícil a la vez porque no se entiende lo mismo que en clases. Los profes nos apoyan, pero no es lo mismo, más en mi carrera que debería dictarse en un taller. Pasamos materia nomás”, cuenta esta alumna de mecánica automotriz que desea entrar a estudiar autotrónica en un instituto de Puerto Montt el próximo año.

“No he podido preparar la prueba, la quiero rendir, pero me da miedo de que me vaya mal. El año pasado hice preuniversitario, pero este año no he podido”, dice la joven, quien cuenta que se relaja escuchando Karol G o Anuel AA en su teléfono.  

“Al no saber hoy cómo van a estar las condiciones sanitarias en enero, lo único que uno sabe es que va a tener que adaptarse; eso también puede generar estrés”, apunta Séverin Lions, investigador posdoctoral del Centro de Investigación Avanzada en Educación de la Universidad de Chile (CIAE).

Para el investigador Séverin Lions, casos como este reflejan la gran diversidad en la preparación de la PTU según cada establecimiento, algo que no se vio en ediciones anteriores. “Como todo pasó online, hasta el momento hay colegios que han hecho esta transición bien, con buenas plataformas que funcionan, y hay otros que pasaron a un modelo de guías que los estudiantes hacen o no. Uno podría decir que hay una preparación más diversa que de costumbre y esa diversidad nadie la tiene muy clara”, explica. Esas mismas diferencias en la preparación hacen que los estudiantes tengan una gran incertidumbre sobre qué tan entrenados están para rendir la prueba.

Estudios de años anteriores mostraron que la mayor parte de la preparación para la PSU se hacía en los establecimientos. En ese sentido, Lions cree que si este año ese proceso se ha tenido que hacer online, alguien con problemas de conectividad está en desventaja. “Uno puede pensar que una persona que se encuentra actualmente cursando en un colegio de nivel socioeconómico alto claramente recibe una formación con un nivel de calidad alto, a priori, porque está conectado con su colegio y este ha tomado buenas medidas, aunque algunas son costosas. Por el contrario, alguien que no está conectado no puede recibir entrenamiento ni específico ni general que sería de ayuda para la prueba. La conectividad claramente es un factor decisivo a la hora de sentirse preparado”, dice el experto del CIAE.  

Esa es una interrogante que también alcanza a los buenos estudiantes, como Andrés Vega (17), quien cursa cuarto medio en el Liceo Eduardo de la Barra y estuvo tres meses preparando la prueba a través de un celular en su casa del cerro Rodelillo. “Hubo un momento en que me frustré y mandé todo a la cresta. No pescaba las clases del liceo y en las del ‘preu’ me quedaba prácticamente dormido. Sentía que lo que hacía no servía y veía un futuro bastante incierto. Sentía que esa era la realidad que me tocaba, que en este país las cosas son así”, recuerda el joven, quien estudia a través del preuniversitario solidario de la UV.

Hoy, Andrés tiene un computador comprado por sus padres sólo para que prepare la PTU, lo que hace contra el tiempo. “Me levanto a las 05:30 porque tengo muchas materias que reforzar; estoy tratando de ponerme al día. Hago un break en el almuerzo y estudio hasta las 8 de la noche. Siento que no estoy preparado para dar la prueba, soy sincero. Trato de esforzarme, sé que si doy lo mejor que puedo no voy a sentir esa culpa de que no me esforcé”, reconoce el joven que quiere estudiar medicina.  

No pescaba las clases del liceo y en las del ‘preu’ me quedaba prácticamente dormido. Sentía que lo que hacía no servía y veía un futuro bastante incierto. Sentía que esa era la realidad que me tocaba, que en este país las cosas son así”, recuerda Andrés (17).

Esa información, sobre si están bien o mal preparados, es un factor clave en sus niveles de nerviosismo frente a la prueba. “Los alumnos que logran bajar la ansiedad son los mejor informados, y como cada colegio es un mundo que ha implementado soluciones que pueden ser diferentes, es difícil calibrar eso. Una manera de bajar la ansiedad es pensar que la situación que está viviendo el estudiante en este momento no es particularmente mala en comparación con otros porque todos están en las mismas”, explica Lions.

Al respecto, el investigador del CIAE recuerda que la razón para reformar la antigua PSU fue que agudizaba desigualdades del sistema educacional a través de los preuniversitarios y la preparación en colegios con mayores recursos. “Esto generaba un ruido de inequidad que planteaba que quienes recibían un entrenamiento súper específico empezaban a rendir mejor que los otros, no porque manejaban mejor las competencias generales que veía la PSU, sino porque estaban súper entrenados al formato PSU”, explica Lions, para quien todo el contexto que ha rodeado la preparación este año puede hacer que en esta edición termine pasando lo mismo. “Si este año hubiera sido ‘normal’, no online, la prueba iba a ser más justa para todos los niveles”, agrega.

Verónica Santelices explica que los énfasis que tiene la PTU se han concentrado en contenidos que llegan hasta tercero medio, como lo ha comunicado el Demre y también la Subsecretaría de Educación, con el fin de evitar precisamente estas inequidades. “No quiero decir que no haya diferencias en la preparación académica, eso queda en evidencia, pero uno podría decir que este año ha habido esfuerzos para que el diseño se concentre en años anteriores y no haya un gran efecto Covid”, cuenta.

La recta final

Por eso hoy, cuando la fecha definida por el Demre para rendir la PTU se ve tan cerca, los especialistas entregan algunas recomendaciones para ese momento. Lions cree que a estas alturas los estudiantes se deben tranquilizar por una razón muy sencilla: todos juegan en la misma cancha. “Para una persona que está estresada sería bueno recordar que la situación es adversa para todos, no sólo para él”, resume.

"Una manera de bajar la ansiedad es pensar que la situación que está viviendo el estudiante en este momento no es particularmente mala en comparación con otros porque todos están en las mismas”, explica Lions.

Verónica Santelices dice que una buena estrategia para sortear la angustia es que los alumnos se informen sobre las carreras a las que quieren entrar, que averigüen mallas, profesores, aranceles, medios de financiamiento o datos de empleabilidad de los egresados. “Uno podría pensar que toda esa información los va a abrumar, pero al mismo tiempo el pensar todas estas alternativas, el ponerlas juntas y tener claridad respecto de cuál podría ser su plan B, C o D si es que el puntaje no es el que desean, hace que vayan a dar la prueba más tranquilos y sabiendo que tienen alternativas pensadas. Eso va a ayudar a bajar la ansiedad y la incertidumbre”, cuenta la académica de la UC.

Mientras tanto, Valentina Jara, la joven de Quilicura a la que le costaba concentrarse en el living de su casa, ya parece resignada a estos meses de pesadilla y culpa a la suerte. “El cuarto medio del año pasado dio una PSU como el forro, en supermalas condiciones”, recuerda, agregando que comparte el “boicot” que se intentó hacer a esa prueba, pero reconoce que generó un mal escenario para rendirla y luego remata: “Si ellos tuvieron mala cueva, nosotros la tuvimos a nivel impresionante. Nunca nos esperamos algo así”.

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