Crítica de danza: Titanium, inquietante genialidad

Imagen titanium

"La obra reúne a un grupo masculino que seduce, entre otros, con taconeos, bulería, palmas, pasos atléticos o movimientos de la parte inferior del cuerpo. Pero más que nada, y sin darse aires intelectuales, con fuerza, vigor y atractivo escénico para hacer de la danza en sí misma la protagonista".


Cuesta imaginar que el flamenco, el hip hop y el break dance cuajen en un mismo espectáculo. Sobre todo, cuando la percepción es que son disciplinas muy distintas. Pero Titanium rompe con ese prejuicio, combinando los estilos con maestría, y, desde las bases urbanas que caracterizan a las tres, restituyendo la emoción más primigenia.

La obra de la compañía española Rojas y Rodríguez, que se estrenó en la sala CorpArtes, reúne a un grupo masculino -ocho bailarines y cuatro músicos en escena (con cantaor incluido)- que seduce, entre otros, con taconeos, bulería, palmas, pasos atléticos o movimientos de la parte inferior del cuerpo. Pero más que nada, y sin darse aires intelectuales, con fuerza, vigor y atractivo escénico para hacer de la danza en sí misma la protagonista.

Mientras una tenue penumbra inunda un escenario prácticamente desnudo -sólo intervenido por haces de luz, mínima utilería o un telón en el que predomina el color rojo- estas expresiones artísticas, sin un hilo narrativo, se enfrentan, se oponen, se dan la mano en cuadros de impacto visual, de enérgicos bailes, de lirismo, de crudos sentimientos, pero siempre recubiertos por una misteriosa opacidad y una tensión que no da tregua. Mientras, sus integrantes -todos de gran destreza física, desenvueltos, donde cada uno da notables muestras de sus estilos- no cesan en su objetivo de amalgamar incansablemente las tres formas de danza, que terminan por parecer una sola, una especie de reinvención vanguardista del flamenco.

Y en esta innovación, aunque el frenesí sea lo más llamativo para el público, hay momentos realmente seductores: ya sea su futurista inicio con un hombre que trata de caminar mientras es empujado por elásticos; el magistral taconeo sobre una lámina de aluminio, o cuando uno de ellos entre dos haces de luz los toca como si fueran cuerdas y se desvanece.

Pero las coreografías, ya sean sencillas o de sofisticados detalles, se fusionan también con un recóndito, personal y efectivo universo sonoro, que deambula entre la música electrónica, el rap, el flamenco y mantiene la tensión y el oscuro enigma -a veces funesto- que cruza a la obra y que termina coronando una pieza de calidad y de buena confección.

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