“Fue triturado al volver a juntarse la tierra”: el devastador terremoto de Valdivia en el crudo relato de un escritor

Fernando Santiván, escritor y cronista galardonado con el Premio Nacional de Literatura, residía en Valdivia para 1960. Allí vivió el terremoto y maremoto que azotó a buena parte del sur de Chile y dejó un saldo de 20 mil muertos y cerca de 2 millones de damnificados. En un texto escrito a máquina, el cronista repasa las noches a la intemperie y la desesperación de la gente que acampó en la Plaza de Armas de la ciudad. Agudo observador, Santiván también registró aquellos añosos edificios y montañas removidos por la fuerza natural.



“Dormía una pequeña siesta de convaleciente en un diván de mi escritorio y aún no me desperezaba al borde, cuando comenzó el temblor".

Son las primeras impresiones al evocar un recuerdo en su traspaso a las páginas de la crónica. En un texto para Zig-Zag, cuyo original mecanografiado se conserva en el Archivo del escritor, de la Biblioteca Nacional Digital, Fernando Santiván detalla su vivencia del terremoto que devastó 400.000 kilómetros del sur de Chile, el 22 de mayo de 1960. Considerado el más fuerte de la historia de la humanidad, desde que existe registro instrumental, en la zona de Valdivia alcanzó el grado X en la escala de Mercalli.

El autor, entonces de 73 años, vivía en dicha ciudad desde su retorno en 1943, tras residir en otras zonas del país. A comienzos del siglo XX, en Santiago, integró la llamada Colonia Tolstoyana, un experimento de vida en comunidad que reunió a un puñado de artistas de la época como los escritores Augusto D’Halmar y Manuel Magallanes Moure, además del pintor Julio Ortíz de Zárate. Las dificultades logísticas y los diferentes intereses, minaron el proyecto.

Pero la convivencia con aquellas mentes despertó el espíritu creativo. Así, Santiván adoptó su nombre artístico (nació como Fernando Santibáñez) y publicó sus primeros trabajos como escritor. Obtuvo reconocimiento al ganar el concurso del Centenario (1910) con su novela Ansia. Cuatro años después, integrado en la Sociedad de Escritores, organizó los Juegos Florales, cuyo primer premio se lo llevó una joven profesora de Castellano del Liceo de Niñas de Los Andes, Lucila Godoy Alcayaga. El mundo la conocerá como Gabriela Mistral.

Pero el sur tiraba. Santiván nació en Arauco, por ello, los paisajes, las húmedas praderas siempre verdes y la dura vida campesina, inspiraron buena parte de sus cuentos y relatos. En 1960 ya era un escritor con algo de reconocimiento, pues obtuvo el Premio Nacional de Literatura ocho años antes.

Sin embargo, esa jornada de mayo la naturaleza le presentaría su ferocidad.

“Como durante la noche anterior había ocurrido un largo y fuerte remezón que por fortuna no tuvo consecuencias demasiado desagradables para la ciudad y para nosotros, supuse se trataba de otro igual y no me produjo alarma; pero cuando procuré avanzar hacia la puerta no pude sostenerme de pie y caí al suelo como si una mano invisible me hubiese empujado”, escribe.

“-¡Caramba!-pensé.- He quedado débil después de mi enfermedad”.

“Pero los nuevos remezones zarandearon los muebles y juntaron las paredes unas sobre otras con violencia de huracán. Las tres mujeres de mi casa, mis dos hijas y su madre, lanzaban agudos y prolongados gritos de angustia, agrupadas en un pequeño pórtico de la puerta de salida al jardinillo [sic]. Procuré reunirme con ellas y no recuerdo como lo hice, pues ya la violencia del temblor era tal que me hacía bailar de un lado a otro”.

Fernando Santiván junto a su esposa Carmela Cárcamo y sus hijas Iris y Regina, hacia 1963. Archivo del escritor.

“Reunidos los cuatro en el pequeño cajón del ‘porch’ [sic] nos sostuvimos un momento abrazados mutuamente para no caer; poco después mi mujer cayó de rodillas y comenzó a clamar al cielo en la forma que en casos semejantes empleaban nuestros antepasados:

-¡Misericordia!...¡misericordia, señor!...santo fuerte, santo inmortal…¡somos pecadores!...¡perdónanos, señor!”.

En ese momento, el escritor notó las expresiones dolientes de la vecindad. “Por la puerta abierta llegaba un clamoreo poderoso, agudo, penetrante de mujeres, hombres, y niños. Aullidos de perros se unían a los gritos humanos. Vi pasar por el patio de la casa vecina una bandada de gallinas blancas que gritaban pavoridas. Mi mujer vio dos espesas nubes de pajarillos, acaso gorriones, que huían volando con gran ruido de alas”.

“Terminó. Terminó como el despertar de una pesadilla. ¡Estábamos vivos!¡Nuestra casa de madera, demasiado frágil para oponer resistencia, estaba en pie”.

“No sabría decir cuánto duró aquella expectante espera de la muerte; tampoco he sabido si los sismógrafos la han registrado -agrega-. Pero a mí me pareció eterna y hubiera deseado que un golpe más fuerte nos cercenara de una vez y nos trajera el descanso”.

“Y en medio del desastre una vaga satisfacción: ¡aún estamos vivos!”.

En esa noche aciaga, dice Santiván, no contaron con luz eléctrica y agua. No podían cocinar, ni lavarse, ni usar el baño. Debieron recurrir a las velas para conseguir algo de lumbre. Peor aún, la destrucción y las réplicas constantes, les obligó a pernoctar a la intemperie.

“Dormimos en el gran patio vecino agrupados en campamento junto a otras familias. Se improvisaron carpas con frazadas y cubrecamas (...) El frío era intenso nos agarrotaba y cada minuto venía acompañado de fuertes temblores y de nuevos gritos de mujeres y niños”.

“Palpita como corazón herido”

A la mañana siguiente, Santiván bajó hasta el centro de la ciudad. Ante sus ojos, se reveló la cuantía del desastre. En su crónica, acaso recordando sus años de trabajo en periódicos, describió la destrucción. ”La calle de Cochrane, arteria de habitaciones medianas y construcción ligera, aparecía convulsionada, removida por mano siniestra. Casas partidas en dos, otras, milagrosamente en pie, a medio caer. La mayoría convertidas en escombros y montones de maderos entrecruzados. Solo las casitas más nuevas se mantenían incólumes”.

“Un buen edificio de material sólido ocupado por la Cía. de Teléfonos fue desmenuzado. Un templo evangélico de reciente data, de imponente fachada, aparece inclinado al suelo como en oración. Al final de la calle, el gran edificio Prales que enfrenta la Plaza de la República con sus diez pisos de departamentos y comercio en su parte inferior, afortunadamente ha permanecido incólume. En cambio, al frente, una afamada confitería con casa de viejo estilo, se derrumbó como castillo de arena”.

Foto: Hazaña del Riñihue : el terremoto de 1960 y la resurrección de Valdivia: crónica de un episodio ejemplar de la historia de Chile.

“La pequeña Plaza de Armas palpita como un corazón herido”, agrega el autor de El Crisol. “Ahora no es más que un campamento gitanesco, multicolor, con olor a fritanga y a humareda de fogatas. Cientos de personas de todas las condiciones se han refugiado allí con sus carpas improvisadas y su pánico incontenible. Cada nuevo remezón pasa como un soplo y es seguido por coro de exclamaciones angustiosas y llantos de niños”.

“Penetrar desde la plaza de la República a la calle Picarte, arteria principal de tránsito cotidiano y de intenso tráfico comercial, es sufrir pavorosa sensación. Quien viera el día anterior el movimiento de transeúntes con aspecto de alegría de vivir, contemplando vitrinas o charlando animadamente en casuales encuentros, y la ve hoy con su vida detenida y como petrificada en danza macabra, debe sufrir escalofrío de dolor. El desastre es total”.

Como impulsado por el afán narrativo, Santiván se permite recoger algunas historias de personas fallecidas a causa del movimiento sísmico. Aunque no precisa detalles de nombres ni la fuente que se las facilitó en cada caso, el relato, se advierte, es tan crudo como impactante.

“Alguien nos cuenta que una pareja contemplaba las aguas esmeraldinas a la hora del terremoto. Al abrirse el pavimento del paseo el hombre cayó en el tajo y fue triturado al volver a juntarse la tierra, ante la impotencia de su compañera que trataba de retenerlo”.

También relata la historia de un profesor que sufrió una pérdida. “Vivía en una vasta cas antigua en compañía de su esposa. A los primeros remezones del sismo lograron salir a la calle y desde allí, sosteniéndose mutuamente, para no caer, pudieron contemplar el derrumbe de las paredes de su habitación. Se consideraban ya salvados, cuando se desprendió del techo una plancha de zinc, planeó en el aire, y fue a cortar de un solo tajo la cabeza de la desventurada señora. El marido estuvo a punto de perder la razón”.

Terremoto de Valdivia.

La amenaza latente

Los impactos del terremoto no solo eran apreciables en la ciudad, sino que también la naturaleza daba cuenta del feroz embate emanado desde las entrañas misma de la tierra. “Si el terremoto ha sido feroz contra las ciudades de Valdivia, Castro, Puerto Montt, Corral, Concepción y otros pueblos intermedios, ha sido más imponente aún en la región cordillerana. Picos de cordillera han caído con la misma facilidad que los derrumbes de agujas en las iglesias”.

“Un campesino que poseía su casa en la ladera de una montaña vió su posesión trasladada, sin sufrir el menor daño, hasta orillas del lago Riñihue, a más de dos cuadras de distancia, con sus enseres, animales domésticos, árboles frutales y trozo de selva como si un ‘genio’ de las Mil y una Noches se hubiera encargado de transportarlo”.

Pero la peor amenaza todavía pendía sobre la ciudad. Santiván aporta algunos detalles en caliente sobre el tapón que el terremoto provocó en el río San Pedro. Con el movimiento y el desprendimiento de material rocoso se formó un dique natural que provocó un aumento en el nivel de las aguas. Al rebalsar, el caudal sería tan grande que podría arrasar con Valdivia y los pueblos que encontrase a su paso.

Terremoto de Valdivia.

“En el momento en que las aguas remonten los diques de dieciocho metros formado por los derrumbes, una avalancha de trescientos mil millones, o más, de toneladas de agua, se precipitará como un disparo astronómico sobre el lecho seco del río San Pedro, arrasará la población de Los Lagos se esparcirá por las vastas llanuras adyacentes, penetrará en el río Calle-Calle y llegará hasta Valdivia inundandolo todo”.

Para suerte del escritor, la llamada “Hazaña del Riñihue”, en que cientos de trabajadores e ingenieros trabajaron contra el tiempo, permitió vaciar el lago y desactivar el potencial destructivo de las aguas.

Sobre el final, Santiván se permite una reflexión contingente. Menciona que “un completo hospital, camiones, ambulancias, jeeps, venidos de Estados Unidos” apoyaron el trabajo de atención de salud a falta del destruido hospital regional. Todo, en plena Guerra Fría, cuando la carrera espacial aún estaba en sus primeras escaramuzas y el recuerdo de Hiroshima y Nagasaki aún estaba fresco. “Quiera Dios que la humanidad reflexione a tiempo, y suprima las guerras y entable lucha en común contra la naturaleza hostil, contra el hambre, contra la angustia colectiva. Bastante tiene el mundo con catástrofes como la Chile [sic] como para pensar en las tremendas de una guerra atómica”.

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