De Philip Roth a Paul Auster: nueve grandes libros sobre el padre

El escritor Paul Auster.

En la forma de novelas, memorias o ensayos, la relación con sus padres inspiró algunos de los libros más notables de Martin Amis, Raymond Carver, Hanif Kureishi, John Irving, Orhan Pamuk, Mario Vargas Llosa, Héctor Abad, Roth y Auster. Aquí, una lista de lecturas.


En las primera páginas de Experiencia, el escritor británico Martin Amis anota: “Alguien ya no está aquí. La figura mediadora, el padre, el hombre que está entre el hijo y la muerte, ya no está; y ya nada va a ser lo mismo. Mi padre falta. Pero sé que es normal: todo lo que vive ha de morir, pasar de la naturaleza a la eternidad. Mi padre perdió a su padre, y mis hijos perderán al suyo, y sus hijos (y éste es un pensamiento inmensamente doloroso) les perderán a ellos”.

La memoria de Amis es uno de sus mejores libros, y es también uno de los títulos más destacados de la narrativa sobre la relación padre-hijo.

Con motivo de la fecha, he aquí una lista de lecturas.

La Invención de la Soledad de Paul Auster (1982)

Eran las 8 de la mañana de un domingo de invierno, en 1979, cuando sonó el teléfono en casa de Paul Auster. Una hora inusual para recibir buenas noticias. Por el teléfono le comunicaron la muerte de su padre de 67 años. Auster tenía 32 años, y había vivido la mayoría de ellos distante de su padre. Su repentina muerte remeció la vida del escritor: todas las preguntas pendientes quedaron sin responder. Entonces comenzó a escribir esta, su primera novela, una memoria en torno a una figura que siempre le resultó elusiva. “Mi recuerdo más temprano: su ausencia. Durante los primeros años de mi vida, él se iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que yo me despertara, y volvía a casa mucho después de que me acostara. Yo era el niño de mamá y vivía en su órbita”, escribe. Auster recuerda pequeños momentos de conexión con un padre a menudo inalcanzable, como una vez que mataron el tiempo de espera en un restaurante jugando con una pelota de tenis. “Mirándolo en retrospectiva, parece algo de lo más trivial. Sin embargo, el hecho de que yo fuera incluido, de que mi padre me invitara por casualidad a compartir su aburrimiento con él, me llenó de dicha”, anota, en una novela que abrió la trayectoria literaria de Auster, apoyada en la memoria, la soledad y las conjeturas de la ficción.

Patrimonio de Philip Roth (1991)

A mediados de los años 80 Herman Roth, un hombre sano de 86 años, despierta con la mitad de su rostro inmóvil. Un primer diagnóstico sugiere Parálisis de Bell, pero nuevos exámenes revelan la oscura naturaleza del mal: un tumor masivo se ha extendido en su cerebro. Inesperada y abruptamente, la enfermedad trastorna la vida del bueno de Herman y la de su hijo novelista. Con 55 años, Philip Roth vuelve a la casa familiar para cuidar de su padre. Mientras los peores temores de Herman parecen hacerse realidad (su propio padre sufrió una parálisis total en los años 40), el hijo escritor reconstruye la memoria de la familia ante el progresivo deterioro del padre. Philip Roth observa las radiografías del cerebro de Herman, y llora, “no porque supiera identificar fácilmente el tumor que lo invadía, sino sencillamente porque era su cerebro, el cerebro de mi padre, el que lo llevaba a pensar del modo franco y abierto en que pensaba”, “el origen de todo lo que me tuvo frustrado, como hijo suyo, durante la adolescencia, la cosa que rigió nuestros destinos” y que ahora “iba a ser destruido”. Una de las novelas más francas y conmovedoras del gran novelista americano.

Experiencia de Martin Amis (2000)

Para un chico con aspiraciones literarias no debe resultar fácil ser hijo de un escritor, y seguramente menos aún de uno de los novelistas más importantes del Reino Unido en la segunda mitad del siglo XX. Eso fue precisamente lo que vivió Martin Amis con su padre, el reputado novelista Kingsley Amis, autor de La suerte de Jim, ferviente estalinista reconvertido en anticomunista furibundo, alcohólico, premiado y nombrado sir en 1990. “Sentí un intenso e instantáneo dolor cuando Kingsley, que había declarado que le había gustado mi primera novela, dijo luego que ‘no pudo’ con la segunda”, escribe Amis en estas memorias que se leen como novela. ¿Por qué se animó a escribir de su vida? “Lo hago porque mi padre ya ha muerto, y porque siempre he sabido que algún día tendría que honrar su memoria. Era escritor y yo soy escritor; y siento como un deber relatar nuestro caso: una curiosidad literaria que al tiempo es un ejemplo más del binomio ‘padre-hijo’”, afirma en este libro que retrata sus roces y controversias y que pone de relieve también su afecto y admiración. Narrador inteligente y perspicaz, elegante y provocador, Amis relata su historia personal con las mejores virtudes de su ficción.

La Vida de mi Padre de Raymond Carver (1986)

El padre se llamaba Raymond Carver, trabajaba en un aserradero y era alcohólico. Al hijo lo llamaron Raymond Carver Jr., fue uno de los mejores cuentistas del siglo XX, igualmente alcohólico. “Odiaba lo de ‘Junior’. Cuando era pequeño mi papá me llamaba Rana, lo que estaba bien. Pero después, como todo el mundo en la familia, empezó a llamarme Junior. Siguió diciéndome así hasta que tuve trece o catorce años y anuncié que no volvería a contestar si me seguían diciendo ese nombre. Entonces empezó a llamarme Doc. Desde entonces hasta su muerte, el 17 de junio de 1967, me llamó Doc, o también hijo”, escribe Carver en su ensayo La vida de mi padre. Narración autobiográfica, publicada en el volumen La vida de mi padre, cinco ensayos y una meditación, ella adopta también la forma de un cuento minimalista. Carver recuerda cuando le dijo que quería ser escritor, y su padre le sugirió: “‘Escribe sobre cosas que sepas. Escribe sobre esas excursiones a pescar que hacíamos'. Dije que lo haría, pero sabía que no sería así. ‘Mándame lo que escribas’, dijo. Dije que sí, pero después no lo hice”. Agrega: “Luego murió”. Armado de detalles y momentos fugaces, el relato transmite una mirada entrañable del hijo hacia el padre, ambos unidos además por su nombres, Raymond.

Mi Oído en su Corazón de Hanif Kureishi (2004)

“En un rincón de mi estudio, en el suelo, bajo una pila de papeles, sobresale una carpeta verde, vieja y gastada, que contiene un manuscrito que creo que me dirá un montón de cosas sobre mi padre y sobre mi propio pasado”, comienza Hanif Kureishi en Mi oído en su corazón. La carpeta se la envió su agente, quien la recibió 11 años antes de manos del padre del escritor, Shanoo Kureishi, ya muerto. En ella estaba el manuscrito de Una adolescencia india, novela que el agente del escritor británico de origen paquistaní no logró vender a editorial alguna. “Es como la carta de un muerto, entregada con más de 10 años de retraso”, escribe Kureishi, quien comienza entonces una exploración en la historia de su padre y de su familia, así como en su propia autobiografía, a partir de las páginas de la novela. A poco andar, descubre que uno de sus tíos, hermano de su padre, ha publicado con éxito una saga de libros autobiográficos en Pakistán. Kureishi reconstruye la historia y contrasta los libros, así como la personalidad de su tío y su padre, quien cada día, tras regresar su trabajo en la embajada de Pakistán en Londres, llenaba obsesivamente cuadernos que dejó sin publicar. Un libro cruzado de ternura, ironía y amor.

Hasta que te Encuentre de John Irving (2005)

John Irving es autor de una trilogía de obras maestras: El Mundo según Garp, Príncipes de Maine y Oración por Owen. Garp, Homer y John Weelwright, los protagonistas de esas novelas prodigiosas, comparten un rasgo común: son huérfanos de padre. Jack Burns, el héroe de esta novela, también: “Jack, pese a tener cuatro años, había llegado a la conclusión de que su padre los había dejado para siempre; en el caso de Jack, antes de que naciera”, escribe Irving. De niño, el escritor nunca vio a su padre y creció preguntándose por él. En 2005 conoció la historia y supo que su padre sí quiso verlo, pero entonces ya era tarde: había muerto. De allí nace esta novela desmesurada y emotiva, con demasiadas páginas donde Irving vuelca sus mejores atributos narrativos y que relata la historia de Jack, el hijo de una tatuadora y un organista que desaparece antes del nacimiento del niño. A los cuatro años, Jack emprende con su madre un viaje en busca del padre. Se establecen en Toronto, lugar en el que Jack crece y es iniciado sexualmente por una chica mayor. Años después, convertido en un actor retraído, volverá tras las huellas de su padre.

La Maleta de mi Padre de Orhan Pamuk (2013)

Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 2006, el escritor turco Orhan Pamuk leyó un discurso dedicado a su padre que era también una reflexión sobre el oficio y la vocación literaria. “Dos años antes de morir, mi padre me entregó una pequeña maleta llena con sus notas manuscritos y cuadernos. Asumiendo su habitual aire bromista, me dijo de repente que los leyera después de que se hubiera ido, es decir, después de su muerte”, escribe el autor de El Museo de la Inocencia. “Echale un vistazo -me dijo ligeramente avergonzado-, a ver si hay algo que valga la pena. Quizá después de que me vaya puedes hacer una selección y publicarla”. Pamuk conocía bien esa maleta negra: su padre solía llevarla en sus viajes. Hijo de un rico empresario, su padre deseaba ser poeta en su juventud, “pero no quiso vivir las penurias que entrañaban escribir poesía y llevar una vida dedicada a la literatura en un país pobre con pocos lectores”, afirma, “no quería afrontar las dificultades de la literatura, de la escritura. Amaba la vida con todas sus cosas buenas, y yo le comprendía”. Pamuk temía que su padre fuera un escritor mediocre; no, en realidad temía que fuera un buen escritor: “Era algo aterrador. Porque a pesar de mi edad, yo seguía queriendo que mi padre fuera solo mi padre, no un escritor”, agrega en este ensayo autobiográfico que traza las huellas de su papá y de su propia historia como autor.

El Pez en el Agua de Mario Vargas Llosa (1993)

“¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo creí muerto?”, se pregunta Mario Vargas Llosa en estas memorias. “Era una larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que había vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la Mamaé— y mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba, primero, y, desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí, en Piura”, recuerda. Si bien la figura del padre ocupa una parte de las memorias, que también cubren su trayectoria literaria y su campaña presidencial, es un capítulo significativo: el encuentro con su padre a los 13 años fue uno de los hechos decisivos en su vida.

El Olvido que Seremos de Héctor Abad Faciolince (2006)

“Cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política”, el doctor Héctor Abad Gómez fue asesinado a tiros por dos sicarios el 25 de agosto de 1987 en Medellín. Veinte años después, su hijo el periodista y escritor Héctor Abad Faciolince escribe esta conmovedora memoria. “Amaba a mi padre por sobre todas las cosas... Amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor... Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo”, escribe Abad Faciolince, en un libro que el director español Fernando Trueba acaba de convertir en película. “Creo que el único motivo por el que he sido capaz de escribir todos estos años es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra”.

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