Carlo Chatrian, director del Festival de Cine de Berlín: “El cine siempre es un espejo del mundo y tiene un valor político”

Hoy comienza el más contingente de los tres grandes encuentros de cine y su máximo responsable habla con Culto sobre la muestra, que este año estrena doble versión: online durante marzo y presencial en junio. "Ninguno de estos filmes considera al espectador como un cliente o un abonado", dice el italiano, consultado por el presente de los festivales, algoritmos y las críticas de Scorsese a plataformas como Netflix.



Su fama de comprometido lo precede desde hace años. Las credenciales están a la vista de todos. Basta echarle una rápida mirada a las sucesivas peliculas que han ganado el Oso de Oro para comprobar que el Festival de Berlín tiene especial sintonía por las obras que se entrometen con la realidad y la historia. Los ejemplos van desde el clásico Doce hombres en pugna de Sidney Lumet en 1957 a En el nombre del padre de Jim Sheridan en 1994 por hablar solo de filmes en inglés.

Fuera de esa órbita, la lista es aún más larga y en la última década sobresalen Taxi de Jafar Panahi en el 2015 y There Is No Evil de Mohammad Rassoulof en el 2020, obras de cineastas iraníes con prohibición de salir de su país por cuestionar al régimen teocrático. Bajo la dirección del italiano Carlo Chatrian (1971), que el año pasado reemplazó a Dieter Kosslick, es probable que el perfil contingente de Berlín siga estando ahí, pero tal vez ahora de manera menos enfática y más implícita. Quizás en la línea de lo que él venía haciendo en el Festival de Locarno (Suiza), que comandó durante ocho años.

El crítico y periodista nacido en Turín ha tenido que hacerse cargo de una muestra en estado de emergencia debido a la pandemia, pero en honor a la verdad es recién en el 2021 que la llamada Berlinale aplicará sus criterios sanitarios: en la versión de inicios del 2020 el mundo aún no entraba en confinamiento. Ahora se trabajará en dos frentes, con una versión online desde hoy al 5 de marzo y otra con público entre el 9 y el 20 de junio. El plan es que en el verano europeo las películas puedan ser vistas por el público en los principales cines de Berlín con los cineastas (o gran parte de ellos) presentes.

Petit maman, de Céline Sciamma, una de las cintas más esperadas del certamen.

Esta semana las cintas estarán a disposicion de periodistas acreditados y representantes de la industria. Paralelamente se realizará el European Film Market, uno de los tres más grandes encuentros comerciales de cine del mundo junto a los de Cannes y Venecia. Lo que no habrá este año es cine chileno en competencia, una señal rara considerando que Berlín es el festival “chileno” por excelencia, la plaza dónde se estrenaron y fueron premiadas Una mujer fantástica y Gloria de Sebastián Lelio, El club de Pablo Larraín o, hace 30 años, La frontera de Pablo Larraín.

Sobre esta ausencia, Chatrian enfatiza: “No trabajamos con cuotas ni tenemos el objetivo de poner banderas en un mapa”. Luego explica: “El cine chileno es muy querido para nosotros, pero la selección es siempre el resultado de lo que está disponible en ese momento específico”.

Lo que sí hay en la Berlinale es cine mexicano, el invitado más habitual de Latinoamérica en el mundo, esta vez con Una película de policías (ya comprada por Netflix) de Alonso Ruizpalacios. La historia se adentra en una pareja de uniformados de Ciudad de México y analiza una de las instituciones más cuestionadas en ese país. Otro clásico, y en realidad de todos los festivales debido a su gran cantidad de obras, es el prolífico cineasta coreano Hong Sang-soo, que presenta aquí su filme Introduction, acerca del reencuentro de un muchacho con sus padres.

Por Alemania destacan al menos dos largometrajes: I’m your man de Maria Schrader (directora de la popular serie Unorthodox), dónde en un futuro no muy lejano una científica convive con un robot; y Next door, el debut como director del actor Daniel Brühl (The Alienist, Goodbye Lenin!) en una historia dónde se interpreta más o menos a sí mismo, conviviendo con uno de sus vecinos en el Berlín asediado por el Covid-19.

Next door, el debut como director del actor Daniel Brühl.

Tal vez la película más esperada del encuentro sea Petit maman, de Céline Sciamma, la realizadora de la aclamada Retrato de una mujer en llamas, premiada en Cannes 2019. Ahora, Sciamma vuelve e las historias de la infancia (como lo había hecho en Tomboy), con el relato de amistad de dos niñas que se conocen en un bosque circundante a sus casas.

Estados Unidos aporta fuera de competencia dos producciones que ya se estrenaron en ese país. Son The mauritanian, trabajo de Kevin Macdonald dónde Jodie Foster es una abogada que defiende a un detenido en una base militar de Guantánamo (rol que anoche le valió un Globo de Oro a Mejor actriz de reparto); y French exit, comedia negra de Azazel Jacobs con Michelle Pfeiffer como una viuda que se traslada con su hijo a París.

Desde Berlín, Carlo Chatrian responde por mail algunas preguntas a Culto en medio de su ajetreada agenda en la versión 71 del Festival de Berlín.

¿Cree que después de la pandemia los festivales de cine podrán desarrollarse en las mismas condiciones?

Siempre es difícil hacer predicciones y más aún cuando todavía se está produciendo un cambio. Lo que veo es que, a pesar de la pandemia, los festivales se han celebrado, con una programación reducida, con un formato u oferta diferente, moviendo sus fechas... Aunque el virus cambie nuestros hábitos, sigo viendo la necesidad de que se realicen ya que cumplen un papel importante dentro del negocio del cine. Por lo tanto, no veo por qué no deberían seguir celebrándose en un futuro próximo.

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El Festival de Berlín tiene fama de político, ¿Ese perfil debe acentuarse o usted busca otros matices?

No comienzo la selección con una agenda predefinida. No creo que esa sea la forma correcta de abordar las películas. Queremos escuchar a los directores y no obligarlos a hacer lo que esperamos o deseamos. El cine es siempre un espejo del mundo y por eso tiene un valor político: el mero acto de encuadrar pide decisiones (estéticas, morales, filosóficas) que nos dicen mucho del ser humano que las tomó, consciente o incluso inconscientemente. Lo digo porque se tiende a reducir la política al tema de la película, mientras que para mí la cuestión es mucho más amplia y tiene que ver con el acto de hacer cine. Necesitamos que las películas sean políticas, pero más bien en el sentido de que deben despertar la conciencia en el espectador.

¿Esperaba menos películas debido a la pandemia?

Hemos recibido más o menos la misma cantidad de largometrajes que el año pasado. No es ninguna sorpresa, ya que algunas películas ya estaban hechas antes de la pandemia y otras pudieron continuar durante la misma. Pero, como siempre, lo importante no es la cantidad. He dicho que este año nos alegramos no sólo de acoger de nuevo a un buen número de cineastas que nos gustan, sino también de acoger algunas obras muy personales. Tal vez el confinamiento influyó y empujó a los cineastas a ser más personales y atrevidos. Pero cada película es el resultado de un viaje único. Si hay algo de lo que estoy orgulloso es de que a las películas que hemos seleccionado no les falta ambición. Alguien podría esperar que el encierro hubiera producido relatos más íntimos, solipsistas y existenciales, y aquí tenemos lo contrario: películas que quieren abordar las sociedades y sus disfunciones a menudo a través de ángulos muy originales.

La semana pasada el cineasta Martin Scorsese criticó los criterios de algoritmos de plataformas como Netflix y defendió la labor de los curadores y críticos de cine, ¿Qué opina?

Puedo parecer presuntuoso, pero creo que la mejor respuesta a esta pregunta la da nuestra selección de películas. Ninguno de los filmes considera al espectador como un cliente o un abonado; al contrario, le piden que desempeñe un papel activo y que intente encontrar respuestas a las preguntas que cada una de ellas plantea.

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