El político es un tiburón: un relato de Jaime Bayly

Todo ello configura entonces el ADN de un político, su esencia misma: no tiene ideas ni convicciones, sino codicias y ambiciones; no tiene gracias ni talentos para descollar en emprendimientos privados y, como es un mediocre, se arroja al pantano de la vida pública.



Mi problema con los políticos es que, sean de izquierda o de derecha, no les creo nada. ¿Por qué no les creo nada? Porque, ávidos por llegar al poder, los políticos no creen en nada. Quiero decir: creen en tales o cuales ideas, defienden tales o cuales convicciones, presentan tales o cuales planes, no porque estén genuinamente convencidos de todo eso, sino porque les conviene abrazar dichas ideas, convicciones y planes para persuadirnos de votar por ellos y llegar al poder. De manera que, si el político advierte que sus ideas, convicciones y planes ya no le sirven para llegar al poder, y le resultan un estorbo o un lastre, no vacilará en deshacerse de todo aquello y mudar de ideas, convicciones y planes, según cambien los humores y las expectativas de nosotros, los ciudadanos. Esto es lo primero que debemos saber de un político: no tiene ideas, tiene ambiciones; no defiende un cuerpo doctrinario, defiende un cuerpo, el suyo propio; no está guiado por unos principios, su brújula es ganar las elecciones, llegar al poder.

¿Quiere el político llegar al poder para servir a los demás, para mejorar nuestras vidas? No, qué ocurrencia, sería de un candor infantil creerles eso. Nos lo dirán, claro, una y otra vez: que están sacrificándose por nosotros, que sueñan con vernos felices, que no descansarán hasta vernos dichosos, prósperos, realizados. Pero todo aquello es un embuste descomunal, una cadena de mentiras más o menos persuasivas. Lo que el político quiere no es servirnos, sino servirse a sí mismo. Lo que quiere no es mejorar nuestras vidas, sino la suya propia. Lo que sueña no es subir nuestros salarios, sino los suyos, tan magros. Lo que desea a fin de cuentas no es que nosotros dejemos de ser irrelevantes, sino que él mismo deje de ser un don nadie, un sujeto desnortado y sin futuro, una criatura perdida en el mar encrespado de sus ambiciones, un advenedizo al que ninguna empresa seria contrataría, porque carece de méritos para ello.

Es decir que el político suele ser un perdedor que sueña con ser un ganador, pero sabe que, en el mundo de los negocios o del arte, de las ciencias o de las ideas, de la academia o del espectáculo, no tiene el más pálido futuro, porque carece de la inteligencia, la inventiva, el genio y la brillantez para triunfar. Sabe entonces el político que, como es un mediocre, como carece de gracias y talentos, como es bruto y odioso, le conviene meterse, dando codazos, empellones y puntapiés, al mundo casi policial de las riñas por el poder. Puesto que es un tarado, un majadero, el político sabe o intuye que no tendrá nunca, por las buenas, sin hacer trampa, el poder del dinero, el poder del arte, el poder de las ideas y las palabras, el poder de los inventores de la ciencia. Entonces, con la ética de un tiburón hambriento, de una piraña impaciente por alimentarse de nuestra sangre, se mete en la política, se inscribe en un partido, se define de izquierda o de derecha, se postula a un cargo público: alcalde, gobernador, congresista, presidente de la nación.

Pero, cuando se postula a un cargo público, ¿sabe el político qué hará, en caso de que lo elijan? ¿Está de veras preparado para gobernar, para mandar, para legislar? ¿Tiene suficiente experiencia? ¿Ha diseñado un mínimo derrotero, un plan de acción? No seamos ingenuos: cuando el político se postula a un cargo público, lo que de verdad desea con urgencia es dejar de ser un don nadie, salir del oprobioso anonimato, aparecer en los periódicos y las televisiones, sentirse importante, decirles a su madre y su esposa que le han hecho una entrevista en una televisora, un periódico, una emisora radial, una revista del corazón. Esto es lo primero que necesita el político, aun antes de ganar las elecciones y llegar al poder: sentirse importante, dejar de ser irrelevante. Cuando le ponen un micrófono delante de su jeta babosa, comienza a sentir que ha triunfado, que está trepando en la resbalosa escalera del poder, que sus amigos del colegio lo verán ahora como un ganador y no como el cretino casposo que siempre fue. Ah, qué maravilla esto de ser un político, pensará entonces: salgo en los periódicos, aparezco en la televisión, me preguntan mi opinión, de pronto mi vida se ha tornado relevante, súbitamente me empino sobre mis pares, vuelo más alto y hasta parezco un sabio, carajo.

Pero lo peor está por venir para nosotros, los ciudadanos. Porque ese político mediocre y oportunista, bruto y odioso, exento de gracias y talentos, ganará las elecciones, muy a nuestro pesar, y entonces, desolados, nos preguntaremos: ¿cómo es posible que haya tanta gente que votó por ese político bruto y odioso que tan bien la representa, que tan nítidamente la encarna? Entonces el político, que es un bueno para nada, una suma de codicias y ambiciones desenfrenadas que bordean el crimen, un atado de nervios, una máquina de decir mentiras, embustes y falsificaciones habrá llegado al poder, elegido por la mayoría, por la idiota mayoría. Qué miedo: de pronto, ese sujeto tiene poder, tiene el poder de mejorarnos las vidas, pero, sobre todo, de empeorárnoslas, tiene el poder de sacarnos dinero, de esquilmarnos, de vaciar nuestros bolsillos: todo político que se respete es, por definición, un sacaperras, un sacamantecas, y vive del dinero que nos saca a las bravas.

¿Está entonces preparado el político para ocupar el poder, para tener poder?  No, claro que no: como es un advenedizo, un oportunista, un improvisado, no tiene la menor idea de lo que hará tan pronto como llegue al poder. Entonces, ya sentado sobre el poder, es decir sentado sobre nosotros mismos, los ciudadanos que pagamos sus sueldos, privilegios y gollerías, el político seguirá no sus convicciones ni sus ideas, porque carece de ellas, sino lo que le dicten las voces promiscuas de la vanidad, el ego, la codicia, la ambición. Querrá tener más poder, amasar más dinero, salir más a menudo en las televisiones y los periódicos, viajar por el mundo todo lo que sea posible y en avión presidencial o en primera clase y alojándose en hoteles cinco estrellas, ¡esa es su gran oportunidad para conocer el mundo, no habrá de dilapidarla! Por tanto, es bueno saber que el político, ya saboreando las mieles del poder, se afanará por quedarse en el poder todo cuanto le sea posible, incluso cambiando las leyes, burlando los límites constitucionales, atropellando o clausurando los congresos opositores, persiguiendo a sus adversarios. Sea de izquierda o de derecha, de talante democrático o de espíritu mandón, aclamado o impopular, el político se entregará a todas las trampas, mañas, argucias y angurrias para no dejar el poder y, de paso, si es un político profesional, para meter la mano en la caja de los dineros públicos.

No es que el político haya nacido ladrón ni esté condenado a serlo. Pero, cuando llega al poder, debe tantos préstamos y favores, debe resarcir a tantos donantes y contribuyentes, y sobre todo debe salir él mismo de la abyecta y lacerante pobreza, que se verá inmediatamente tentado de pensar que los dineros públicos pertenecen, cómo no, a quienes ocupan los cargos públicos, y que él ha hecho tantos esfuerzos y sacrificios para llegar a ese cargo, incluso arriesgando su vida, que ahora merece unos bonos, unas gratificaciones, unas retribuciones por debajo de la mesa o del radar, porque el sueldo de presidente, de gobernador, de alcalde, le parecerá magro, escuálido, poquita cosa, un salario injusto que él deberá reforzar con sus mordidas, sus comisiones, su apetito de tiburón o de piraña. No sentirá entonces el político que está robando, o perjudicando a nadie, o cometiendo un delito. No, no, qué va: sentirá que está actuando con absoluta justicia, porque él merece no sólo ser poderoso, sino también ser rico, así se asegura que, cuando se acaben sus días en el poder, tendrá una jubilación provechosa, sosegada, y dispondrá de recursos para, si acaso, perseverar en las aventuras políticas. Es decir que el político, cuando ve tanto dinero a su alrededor, cuando advierte que las oportunidades para meter la mano en la caja de los dineros públicos son tantas y tan simples, cuando se convence de que en ese país y en ese oficio todos roban y nadie es pillado ni va a la cárcel, entonces termina robando porque, si no lo hace, se siente un tarado, un idiota, alguien que desperdicia las oportunidades y no sabe pensar en su futuro, ¡esos trenes de la riqueza súbita no pasan tan a menudo y hay que treparse a ellos sin dudarlo!

Todo ello configura entonces el ADN de un político, su esencia misma: no tiene ideas ni convicciones, sino codicias y ambiciones; no tiene gracias ni talentos para descollar en emprendimientos privados y, como es un mediocre, se arroja al pantano de la vida pública; no sabe qué diablos hará cuando llegue al poder, pero está impaciente y desesperado por llegar para sentirse importante, para pasar a la historia; y una vez sentado en el poder, irá improvisando mal o peor, según lo que le dicten el ego y la vanidad, las bajas pasiones, las pulsiones vengativas, las ínfulas de grandeza, los traumas de su infancia, la adicción al aplauso y a la adulación; y tarde o temprano verá que todos roban y es tan fácil robar, y le ofrecerán jugosas comisiones a cambio de licitaciones y obras públicas, y por fin podrá oler lo bien que huele un millón de dólares, y entonces, será inevitable, acabará metiendo la mano en la caja de los dineros públicos, acabará robando por el bien de la patria.

El político es un tiburón, una piraña. Vive de nosotros, de nuestra sangre. Nos obliga a darle una porción sustancial de nuestro dinero: al menos un tercio y a veces hasta la mitad. No podemos dejar de darle aquella parte leonina de nuestro dinero: el político nos obliga a ello. Podemos elegir un libro, un concierto, una película; podemos elegir un jabón, un desodorante, un champú; podemos elegir unos zapatos, una camisa, unos pantalones; podemos elegir una línea aérea, un hotel; podemos elegir, con suerte, un auto, una casa. Pero no podemos elegir si les damos o no les damos nuestro dinero a los políticos. Estamos obligados. Las leyes que ellos han escrito nos someten a esa funesta coacción, a esa vil extorsión. Por tanto, debemos ver a los políticos como nuestros enemigos, sean de izquierda o de derecha: nos mentirán para que confiemos en ellos, nos sacarán un tercio o la mitad de nuestro dinero, se quedarán indebidamente con el dinero que era nuestro y, por desgracia, no serán pillados, y aun si son pillados, no irán a la cárcel.

Entonces, cuando vayamos a votar, recordemos que todos los políticos son oportunistas e improvisados, brutos y mediocres, feos y tarados, y que todos, todos, nos quieren robar.

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