Culto

Alberto Fuguet: “No me siento parte de mi generación, me siento parte de la generación joven”

Un viaje al extremo sur con su madre y el hallazgo de un antiguo blog fueron las semillas de Ushuaia, la nueva y ambiciosa novela de Fuguet. En este “collage” de voces que transita por Maipú y la Patagonia, el autor explora el melodrama, la salud mental y su primer protagónico femenino. Además, asocia el melodrama al país: "Chile está lleno de secretos, de represiones, de cosas que no se dicen. Chile es más Mon Laferte que Los Prisioneros. Más AM que FM".

FOTO: PABLO VÁSQUEZ ROCHA / LT

Fue un viaje con su madre a la Patagonia, entre la ventolera, los ventisqueros y la inmensidad del fin del mundo, la que le disparó una idea a Alberto Fuguet. En ese 2011, comenzó a sembrar una futura novela. “Mi madre quiso conocer el fin del mundo antes de morir y eso hicimos. Había dejado los tratamientos y yo pensé: esto da para algo. El viaje a la Patagonia de una madre junto con su hijo y tenía cosas dando vuelta hace años, pero no lograba darles forma. Hubo varios libros que salieron antes, como VHS. Creo que estar en Tusquets, tener a la gente adecuada cerca, viajar a Argentina tanto, todas esas cosas me ayudaron”.

La novela madre-hijo ya está aquí, y se llama Ushuaia (Un destino melodramático) (Tusquets). En sus páginas, leemos la historia de Leticia Lucero, una argentina de la provincia de San Luis que se instaló en Maipú, con su farmacia de barrio, en 1985. Tiene un hijo chileno, Bruno, un adolescente con quien mantiene un vínculo algo complejo. El muchacho es gay, solitario e inadaptado, y tras acudir a una fiesta, a inicios de los 2000, su rastro se pierde. Como en Por favor, rebobinar (1994), la historia se cuenta a través de diferentes voces: reportes de prensa, testimonios, entradas de blogs, documentos médicos y hasta cuentos.

“Uf, hace un buen rato que la tenía adentro, al menos una parte. Antes de Ciertos chicos. Mucho antes. Creo que me fui encontrando o tropezando con fragmentos de la novela: estaba permeable, abierto, con ganas de hacer algo nuevo y, a la vez, personal y cercano. Aún no tengo tan claro cómo surgió, todavía ando medio mareado con el hecho de que existe. Es la primera vez que hablo de ella, así que es como si recién nos estuviéramos conociendo y me es más fácil escribir que hablar de lo que he escrito. Antes era mejor para explicar, pero este libro tiene algo inexplicable, quizás por eso existe, porque no todo se puede articular de forma racional. Y este es un libro para sentir. De ahí lo de melodrama. Quise dejar de lado la razón. Hay muchos relatos que nacen del intelecto, que son pensados, y eso está bien, pero acá yo quise tomar otro camino. Quería una historia que te atrapara e hiciera experimentar cosas, muchas, algunas duras, otras sensuales, otras cómicas, pero sobre todo emotivas. Sé que post Ciertos chicos, y con algo de organización personal, y sintiéndome en un espacio seguro, en una editorial que cree en lo que hago, junto con un team que me rodea y cuida, surgió sin parar. Además, el año pasado la probé en el taller de mis estudiantes UDP de tesis, y eso fue divertido: la tuve que mostrar. Diría: estuvo mucho tiempo adentro mío y luego salió casi como un tsunami. Escribí mucho, pero luego fuimos podando y armando el puzle. Eso me gusta de Ushuaia: tiene algo de puzle, de investigación, y quienes lean también tendrán que hacer de detectives. En fin, brotó a caudales, de una, y espero que sea lea así”.

31.03.2026 Alberto Fuguet | Periodista y escritor chileno Foto Pablo Vásquez R Pablo Vásquez R.

Leyendo los reportes de prensa que atraviesan la novela y cruzándolos con una de las dedicatorias, surge una pregunta: ¿existió un Bruno real?

Había algo que quizás tenía atorado hace rato y no sabía cómo digerirlo. Un disco duro de un chico que se fue demasiado pronto, muchos años atrás. En efecto, era el disco duro con sus escritos y su blog. De pronto tenía varias piezas de un relato que, poco a poco, fueron encajando. Fue un regalo, creo. La novela no es acerca de ese chico, pero lo que pasó ese año 2005 me afectó. Fui a su funeral. Hay coincidencias, claro. Era un estudiante de comunicaciones que estuvo desaparecido y hoy es una historia perdida en los archivos policiales, pero yo siempre sentí que había algo en ella que hablaba de todos nosotros. Se adelantó con temas de salud mental y esa suerte de soledad “de estar conectados a la red”. La novela y lo de ese chico desaparecido o perdido ocurrió antes de la explosión de las redes sociales, eso sí. Quise ambientar un libro antes del 2008, cuando aún internet podía ser un lugar de confianza, aunque ya estaban las señales de que podía venir algo duro y feroz.

Es una novela con blogs, al menos la parte más moderna.

Los blogs algo captan de esa era. Me interesó la idea de que, antes de la dictadura de los likes, había gente sola que escribía o volcaba sus pensamientos y emociones en blogs que nadie leía. Me pareció algo muy decidor, revelador y poético. Escribir y ser constante, aunque fuera anónimo. Me pareció que ese comienzo de este siglo no se había escrito.

Esta es una novela de voces, que se leen desde distintos artefactos, recuerda un poco en la estructura a Por favor, rebobinar. ¿Siempre pensaste en hacerla de esa manera?

Sí: la idea siempre fue contar un relato a partir de distintas perspectivas, voces. Un collage. Remixear a Puig para la nueva era. Este libro tiene algo de Por favor, rebobinar, como dices, pero más centrado en una historia. Y de alguna forma, conversa con Missing, por el tema de la investigación de una persona desaparecida, y también, vía el reportero Agustín Barros, con Tinta roja. Las voces además dan pie para pasar por distintas épocas: finales de los 70 (en la provincia argentina), 1985 en Viña del Mar y el presente a comienzos de este siglo en Maipú. Es, en ese sentido, también una novela que transcurre en tiempos que yo conozco bien y que he vivido. Ahora que lo pienso también se relaciona con Aeropuertos, donde exploraba el tema de padre e hijos no esperados y Pablo Honey es, sin duda, primo de Bruno.

31.03.2026 Alberto Fuguet | Periodista y escritor chileno Foto Pablo Vásquez R Pablo Vásquez R.

Leticia es la primera mujer que protagoniza una novela tuya, ¿cómo llegaste a esa idea y decidiste lanzarte?

No fue una decisión racionalizada, para nada. Partí desde Bruno, y luego Leticia fue cobrando cada vez más fuerza. Vida propia, diría. Y como me dijo una vez un fan: yo también tengo una madre. El tema del padre y lo masculino me agotó por ahora. De hecho, este gobierno es demasiado hetero y creo que por eso ya está fallando. Pero, bueno, Leticia venía cargada. Tenía historia, pasado, contradicciones. Empezó a ocupar espacio sola. Empezó a hablar y sentir, y cuando un personaje pide pista es mejor no frenarle. Dicho eso: este es un libro de muchas voces y eso lo hace mi trabajo más musical.

¿Cómo construiste el personaje de Leticia?

Mirando. Escuchando. Hay cosas de mi mamá, de amigas, de mujeres con las que he trabajado, con las que he vivido. También tiene cosas mías. Leticia surgió como creo que lo han hecho todos mis personajes. No me propuse construir uno en particular, sino que, como te decía antes, Leticia cobró vida propia y luego quise que siguiera así: una persona que a veces cae bien, otras no, que fuera lo más real posible. No quise imponerle el deber de ser ejemplar, porque nadie lo es. Las madres tienden a anularse como personajes, porque se las retrata solo como eso: madres. Leticia, en cambio, es muchas cosas a la vez, y tiene o tuvo deseos, deseos de todo tipo. Quizás la novela es una respuesta a esa idea errónea, me parece, de que una mujer que tiene hijos se reduce a eso una figura casta e inmaculada.

31.03.2026 Alberto Fuguet | Periodista y escritor chileno Foto Pablo Vásquez R Pablo Vásquez R.

¿Pensaste en Leticia como un arquetipo?

Es una novela con una protagonista mujer, es una novela que puede empatizar con mujeres, es tal vez una novela queer también. No me interesa el arquetipo. Me suena a molde, a personaje de manual. Y Leticia es, más bien, un cruce de historias. Justamente, ella carga el peso de muchas historias. Es madre, sí, como decía, pero también es alguien que viene de antes y sigue después. Es madre, pero también ha sido amante, inmigrante, empresaria, amiga, hija, hermana. La novela va por ahí: madres, hijos, lo que se hereda, lo que no se puede soltar. De hecho, me di cuenta de que hay muchas ficciones sobre el lazo padre-hijo. Y más de madres-hijas. Pero sentía que, al internarme en madre-hijo, había un terreno por el cual yo podía trazar mi propio camino, digamos. Tenía donde sembrar mis cosas, mis semillas, y ver qué podía cosechar.

Toda novela viene de otras…

Esta viene de las mías, primero. Puede ser muchas cosas y puede incluso ser algo distinta, pero sin duda es mía. Y ciertamente tributa a Puig. Un destino melodramático es un ensayo de él acerca de la diferencia entre el drama y el melodrama. Ushuaia también viene de cierto cine negro con protagonistas mujeres, sobre todo El suplicio de una madre con Joan Crawford. Incluso creo que se conecta con Isabel Allende; siempre me llamó la atención cómo ha logrado resumir la historia de Chile usando el melodrama familiar. Bruno, por su parte, viene un poco de Donnie Darko. Pero también hay una autora chilena que me fue clave: Lucia Berlín. Que, en realidad, no es chilena, pero vivió aquí y sus cuentos chilenos, escritos desde el extrañamiento de ser extranjera, me ayudaron a darme cuenta de que podía intentarlo. Pienso en su cuento “Bueno y malo”, para ser más preciso.

31.03.2026 Alberto Fuguet | Periodista y escritor chileno Foto Pablo Vásquez R Pablo Vásquez R.

¿Qué aprendiste —o desaprendiste— escribiendo desde esa perspectiva?

Que hay zonas que no había explorado lo suficiente. Y que me interesa seguir ahí. Escribir desde otro lugar no es solo cambiar de voz, es cambiar de mirada. Te obliga a soltar ciertas seguridades. A incomodarte. Y eso es bueno. Muy bueno. Me dejó con hambre, más que con respuestas. Como escritor, me parece fundamental no tener claro si vas a lograr terminar la escritura del libro. No por tener un estilo o un mundo, hay que quedarse haciendo karaoke con tus hits. Iba a mencionar a algunos, pero ando de chico bueno y tratando de controlar el hate en esta era de odios profundos.

¿Fue complejo reconstruir el habla de una argentina del interior de una generación ochentera? De alguna forma es un libro bilingüe.

Gracias. Sí, lo es; es un libro bilingüe. Y no: yo siempre he sido alguien que, por sobrevivencia, tuvo que entender cómo hablar, captar acentos, escuchar bien. Me fui a San Luis, pero eso es anecdótico. Soy fan de los argentinos (y de los mexicanos), pero sobre todo soy fan del idioma argentino: las canciones, las novelas, cómo hablan mis amigos. Ushuaia es una forma de darles las gracias a los autores que leí en el momento adecuado, y sin duda le debo algo a Fresán, Forn, Rejtman y Silvina Bullrich.

Tu obra suele estar muy ligada a lo masculino, lo urbano y la cultura pop. ¿Dónde dialoga Ushuaia con libros como Mala onda o Sudor?

Obvio. Es lo que soy. Es lo que conozco. Ushuaia, como dije, dialoga con toda mi obra y capaz que anuncie otras cosas futuras. Siento que tiene algo de Música campesina, pero, claro, habla con todos mis libros, y me gusta la idea de que sea la novela hija de Mala onda con Sudor. Sí me parece que, más que nada, sobre todo por el lado de Leticia, la novela es queer. Es acerca de otras formas de relacionarse y querer. Y si bien Leticia y Bruno son claves, me parece que Facundo Visconti también es uno de los personajes importantes de Ushuaia, por de pronto, es uno de mis favoritos, lo mismo que Lucía Brighton.

31.03.2026 Alberto Fuguet | Periodista y escritor chileno Foto Pablo Vásquez R Pablo Vásquez R.

La novela apuesta por Maipú y por lo suburbano. Tú, sin embargo, no eres de Maipú…

Pero soy suburbano. Soy de Encino, California. Tengo en mi ADN eso de no ser del centro, de sentir que las cosas están pasando más allá y, al mismo tiempo, de ser capaz de absorber lo que tienes cerca: los malls, los vecinos, las bicis, la tele, etc. Uno de mis temas favoritos es “Suburbia” de los Pet Shop Boys. Si quería contar una historia que resonara con estos tiempos, debía apostar por el suburbio. Tomás Mena de Ciertos chicos, en ese sentido, me ayudó a pavimentar el camino. De San Miguel a Maipú, mientras que Leticia es la provincia que se transforma en metrópolis.

El concepto de melodrama aparece explícitamente, sobre todo en el personaje de Bruno. ¿Qué te interesa de ese registro hoy?

El melodrama siempre ha estado medio desprestigiado, como si fuera menor, exagerado. Pero a mí me parece profundamente humano. Y popular, es decir, pop. Bruno es, en parte, un gesto hacia todos los que han lidiado con la fragilidad mental. Los que lograron salir, los que siguen ahí, los que no pudieron. Me interesa rescatar esas vidas que muchas veces quedan reducidas a una línea en el diario: “Joven se suicida”. Punto. Pero ahí hay una historia entera que no se contó. El melodrama, bien entendido, es una forma de tomarse en serio esas emociones, de no minimizarlas, de apostar por lo emocional y disminuir lo racional. Los libros no son artefactos intelectuales, al menos las novelas. Son engendros que palpitan, acompañan y, ojalá, dañen, identifiquen y emocionen. Ushuaia la hice para que otras personas sientan cosas y se coloquen en otros cuerpos.

¿Somos melodramáticos los chilenos hoy?

Acabamos de elegir vivir uno. ¿Te parece poco? Chile está lleno de secretos, de represiones, de cosas que no se dicen. Chile es más Mon Laferte que Los Prisioneros. Es más AM que FM. En el melodrama el destino cobra importancia, lo que lo separa del drama. Apostar por una extranjera que observa me ayudó a mirar, desde otro ángulo, lo raro que somos, cómo no logramos sobreponeros a ciertos traumas, cómo nos gusta irnos por el camino tétrico y cómo nos fascina experimentar con el riesgo.

31.03.2026 Alberto Fuguet | Periodista y escritor chileno Foto Pablo Vásquez R Pablo Vásquez R.

Bruno es inadaptado, sensible, emo; en varias de tus novelas hay personajes así. ¿Qué te llama la atención de ese tipo de personajes para que los retomes?

Es parte de la tribu de aquellos que me intrigan y me emocionan y que, a pesar de todo, y de todos los años, son con quienes me identifico y me siento parte. Quizás Bruno es el más inadaptado y dañado de todos. Por eso, está acá al centro. No es parte de la movida de la literatura de los hijos, es un chico que estaba condenado al momento de ser concebido. Así, el hijo chileno de una argentina se cruzó con lo que me provocó Santiago Errázuriz y su muerte; ahí comenzaron a unirse, no de manera intelectual, sino, claro, melodramática. Quise usar elementos de las canciones en español, de lo que hace Almodóvar, de los dramones mexicano y, por cierto, de las telenovelas, para darle mi propio twist.

¿Cuánto de ti tienen Bruno y Leticia?

Leticia soy yo. Flaubert dijo eso antes, ¿no? O, al menos, tenemos muchas cosas en común y hemos vivido experiencias parecidas. Los dos somos extranjeros que tuvimos que quedarnos acá de manera traumática. Hay elementos de mi madre: esa cosa dura, eso de no medirse del todo. Bruno, por cierto, que tiene cosas mías. Es difícil hacer historias que palpitan y que sean ajenas.

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Hace poco falleció el escritor Sergio Gómez, con quien tuviste cercanía. ¿Cómo lo recuerdas?

Bueno, el otro día le rendimos el mejor homenaje que no fue a propósito, por así decirlo, porque justo apareció un chico australiano que hizo un libro sobre McOndo y se cumplían 30 años. Sobre eso, dos cosas. Primero, qué loco que McOndo cumpla 30 años; y segundo, tremendo que Sergio no haya estado presente. Le rendimos una especie de homenaje. Lo último que yo hablé con Sergio fue justamente para organizar esta charla. No hablé directamente con él porque estaba muy mal, pero sé que lo leyó, y le dije que por fin nos están tomando en serio, Sergio. Obviamente cuando fallece alguien ocurren esas cosas que no deberían ocurrir, y a la vez que sí deberían ocurrir, que la gente tiende a hablar mejor. Pero me parece que Sergio fue muy adelantado, o sea, era tan McOndo como yo, de hecho era un McOndo como de la región, de la provincia. Él escribió de Concepción y de Temuco de una manera muy distinta a los criollistas, su Temuco y su Concepción no era folclórico, no era un lugar bucólico, era casi peor que Santiago. Y yo creo que a Sergio lo dejaron un poco de lado, siento yo. Leí un artículo muy bueno (que decía) que entre comillas pecó de haber escrito un libro infantil y como que la gente no acepta que uno sea varias cosas al mismo tiempo.

¿Cómo actualmente ves a tu generación de escritores, la que publicó contigo en los 90?

Yo creo que tengo más lazos con las generaciones menores. Pero la gente más cercana a mi edad me parece que está todo funcionando, se está publicando mucho, algunos obviamente desaparecieron, otros que sí están publicando bien, pero yo no me siento parte de esa generación. De verdad, yo me siento parte de la generación joven, nueva, incluso de aquellos que no tienen nombre todavía. Y me siento claramente parte de McOndo y me siento claramente parte de mí. Yo creo que si fuera parte de una generación, o me sintiera muy cercano, hubiera escrito menos. Estaría celebrando los libros ajenos. Y esta es mi versión, este es mi aporte a la literatura a los hijos. Pero me parece que aquí teniendo un hijo. Este es mi aporte a la Literatura de los hijos, pero teniendo un hijo, Bruno es la encarnación de lo que se habló mucho, que yo nunca entendí, de la literatura de los hijos.

31.03.2026 Alberto Fuguet | Periodista y escritor chileno Foto Pablo Vásquez R Pablo Vásquez R.

Y ya que hablas de los jóvenes, ¿cómo ves a la actual generación de escritores?

Mucho más libre y con muchas cosas mucho más a favor que lo que tocó a mí. Primero, muchos estudian literatura creativa; hay más posibilidades de publicar, hay muchísimas editoriales, no están estos asesinos en serie cuidando el patio de la literatura. Más bien, hoy el problema es que a lo mejor nadie te pela o nadie te aplaude, pero antes estaban los críticos literarios que no te dejaban ingresar a la rueda del circo.

El cura Valente...

Pasando por el cura Valente que me encantaría que leyera este libro, a ver si se atreve. (Mirando a la cámara) A ver si te atreves, hueón. Ahora sí, ahora atrévete.

¿Echas de menos al cura Valente?

Sí, yo creo que lo único que respeto del cura Valente es que haya demostrado algo que uno no debería mostrar públicamente, que realmente le afectó el libro y que le asqueó, le molestó y lo dijo. O sea, está bien que lo haya hecho en privado, pero dice: “Este libro me carga tanto que no fui capaz de terminarlo”. Y eso está escrito en la primera línea de su crítica de Mala Onda. Y eso me parece como curioso, por decir lo menos. Yo creo que si a ti te pasara se lo podrías comentar a alguien, pero no lo vas a escribir, como diciendo este libro lo odio tanto que no pude terminarlo. Es como, perrito, entonces no lo critiques. Entonces en ese sentido, sí. Como que le dio un día de furia y creo que le salió en su contra, porque hasta ese momento Chile era un país como de ovejas entonces decía no lean este libro, no hagan esto, no protesten, como que la gente cumplía, quizás porque veníamos de Pinochet, la gente tenía más miedo de pensar por sí misma. Pero con el cura yo reconozco que como que la gente dijo Fuck you. La gente le hacía caso porque a la gente le parecía cool que fuera Opus Dei, que fuera cura. Yo de verdad no quiero atacar a los curas, no tengo nada contra los curas, pero es como que hubiese un cura haciendo crítica de rock desde Lollapalooza, como diciendo todo esto es atroz, está todo lleno de pito y toda esta gente salió con el pelo rojo. Es como, a ti no te corresponde criticar Lollapalooza. Me parece muy raro que un sacerdote haya estado a cargo del mundo literario chileno. Quizás un vendedor de jale, pero no un cura.

Por último, ¿cómo ha sido tu experiencia con los jóvenes, con tus nuevos lectores, los Bruno de la vida real?, ¿qué diferencias ves respecto a cuando empezaste a publicar?

Son distintos. Más abiertos, menos prejuiciosos, pero también más difíciles de atrapar. Te ponen a competir con pantallas, redes, estímulos constantes. Ahora leer es casi un acto de resistencia. Pero cuando enganchan, enganchan de verdad. En la universidad lo veo. Hay una intensidad ahí que me interesa. También creo que es una generación más expuesta, más vulnerable en ciertos sentidos. El mundo se volvió más complejo, aunque parezca más accesible. Pero siendo honesto, el cambio más grande no está en ellos, está en mí. Ya no soy joven. Hoy escribo con menos miedo, menos necesidad de demostrar algo. Tengo más herramientas, más oficio y también un equipo que me acompaña. Eso me permite arriesgarme y expandirme libremente.

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