Art Basel Doha: cómo funciona la brújula del mercado global del arte
Durante estos días, la capital qatarí altera su ritmo habitual para recibir a galeristas, coleccionistas y artistas de todo el mundo. La primera edición de la región instala a la ciudad como un polo cultural y una ventana privilegiada para saber hacia dónde se dirige el sector. Basquiat, Picasso, Christo, entre otros artistas, se tomaron algunos de los principales centros de la ciudad.

Doha no suele ser una ciudad fría, pero estos días eso dio un giro. No solo el calendario cambió, ya que febrero trae el tramo más templado del año, con algunas noches que bajan la temperatura lo suficiente como para obligar a cualquier turista a usar una chaqueta. La capital qatarí se convirtió en el escenario de la primera edición de Art Basel en la región, una de las ferias del sector más influyentes en el circuito internacional de coleccionistas de arte. Con ella llegó una audiencia atraída por un evento que, por estos días, ha alterado el pulso cotidiano de la ciudad.
Desde el 3 de febrero, la feria se tomó literalmente las calles de la ciudad. Banderines, gráficas cubriendo edificios, activaciones paralelas y un gran flujo de visitantes marcaron los primeros días, entre quienes destacaron Angelina Jolie y David Beckham, mientras muchos preguntaban cuándo podrían ingresar oficialmente, a la espera de la apertura general entre el 5 y el 7 de febrero.
La primera edición de Art Basel Doha reúne a 84 galerías, con presentaciones de 87 artistas provenientes de 31 países, en un formato más contenido que otras sedes, pero no por eso menos ambicioso. En espacios como el Design District Doha o el M7, los pasillos se llenaron de artistas, curadores, prensa y público local, atraídos tanto por nombres consagrados, como obras del contemporáneo Jean-Michel Basquiat, de Pablo Picasso o del artista Christo, como por autores menos reconocibles para el ojo no especializado, pero que llaman la atención del ecosistema.
El recorrido transita entre diversos lenguajes y formatos. En el M7 y en el Doha Design District, se pueden ver pinturas, grandes instalaciones, videoarte y obras realizadas con materiales y soportes experimentales. Algunas propuestas replican estructuras cotidianas o espacios interiores, mientras otras difuminan esa frontera entre objeto artístico y arquitectura. El resultado es un espacio donde los estilos desconciertan, pero también estimulan.
La conversación con Noah Horowitz, CEO de Art Basel, sucede en ese contexto. El ejecutivo está a las afueras del M7, en el barrio de Msheireb, con el sol golpeando de frente, curiosamente más intenso que en las jornadas anteriores, y el ruido constante de los autos y el tránsito de peatones están como telón de fondo.
Al mismo tiempo, en el último piso del edificio, se desarrolla una conversación en la que participa Sheikha Al Mayassa, presidenta de Qatar Museums, quien minutos antes comentó que durante la primera jornada “ya se habían concretado ventas de obras”, una señal temprana de que el interés generado por la feria comenzaba a expresarse también en términos de mercado.
Una feria más allá del recinto
Para Horowitz, la llegada de Art Basel a Doha no es una apuesta improvisada ni la búsqueda de una curiosidad dentro del circuito global. “Nuestra llegada no tiene que ver con hacer algo completamente nuevo, sino con elevar algo que ya existe y darle una mayor visibilidad a nivel mundial”, explica.
En ese sentido, plantea que el proyecto no surge de una decisión reciente, sino que forma parte de un largo proceso de observación. “Es una iniciativa en la que he trabajado desde el inicio de mi liderazgo, pasando mucho tiempo en la región para entender su contexto y sus dinámicas”, asegura.
Esa transformación, insiste, no es marginal dentro del mercado internacional. “Existe una parte enorme y profundamente relevante del mercado en la región MENASA (Medio Oriente, norte de África y el sur de Asia) que atraviesa un proceso de transformación extraordinario”, señala, destacando que el desarrollo cultural va de la mano con cambios económicos, industriales y de innovación.
En ese escenario, Art Basel decidió reforzar su presencia luego de años de trabajo en terreno para comprender las dinámicas locales y regionales, y evaluar cómo dialogar con estas sin imponer un modelo prefabricado. Esa radiografía también explica por qué, para esta primera edición en Qatar, se optó por un formato distinto al de otras sedes.
Art Basel Doha es más pequeña, contenida y construida en torno a presentaciones de un solo artista, y buscó desde el inicio ser, en palabras del propio Horowitz, “muy propia de su lugar”. “Queríamos que fuera más acotada y más hecha a la medida que nuestras otras ferias, para asegurar mayores posibilidades de crecimiento sostenible y éxito en el largo plazo”, afirma.
Visibilidad global y contexto regional
La llegada a Qatar de una marca como Art Basel implica encontrar un equilibrio delicado entre visibilizar escenas regionales y presentarlas dentro de una lógica de mercado internacional que, históricamente, ha tendido a homogeneizar discursos y jerarquías.
Doha no queda exenta de ese desafío. Integrar artistas y narrativas locales sin diluirlas en un formato global es una de las pruebas más exigentes para cualquier feria que aspire a algo más que reproducir su propio estándar.
Horowitz reconoce implícitamente el riesgo e insiste en la idea de diálogo e intercambio bidireccional. “Nuestra intención es crear oportunidades reales de intercambio, tanto dentro de la región como a nivel global, algo que Art Basel está en una posición única para hacer”, sostiene.
Por eso la feria no opera solo como vitrina, sino como una plataforma capaz de generar cruces entre escenas que rara vez comparten espacio, generando discurso cultural y resultados comerciales de manera simultánea.
Art Basel Doha es también como una brújula que permite leer hacia dónde se mueve el circuito global del arte. Horowitz identifica un interés cada vez más grande por ampliar el canon y diversificar los relatos dominantes.
Esa lectura se ajusta a datos recientes del “Art Basel & UBS Survey of Global Collecting 2025”, un estudio basado en más de tres mil coleccionistas de alto patrimonio a nivel mundial, plantea que, incluso en incertidumbre económica, el compromiso con el sector sigue, con parte importante de los recursos orientados a adquisiciones culturales.
“Las audiencias tienen hambre de descubrir nuevos nombres, pero también de redescubrir artistas del pasado que quizá fueron ignorados”, comenta, describiendo un movimiento de ida y vuelta que cruza geografías y generaciones, y que pone en cuestión un mapa del arte que ha estado generalmente concentrado en Europa y Estados Unidos.
El mismo informe, además, identifica un aumento del interés por artistas emergentes y por escenas fuera del circuito tradicional europeo y norteamericano. La tendencia está particularmente marcada entre los coleccionistas más jóvenes y refuerza la idea de un mercado cada vez más atento a nuevas geografías y distintas narrativas.
En simultáneo, ese reordenamiento trae otras dudas sobre el futuro de ferias como Art Basel en un contexto en el que el peso cultural y económico parece moverse a nuevas regiones o actores de un circuito cada vez más globalizado.
Según el estudio, parte relevante de los coleccionistas declara que su motivación para adquirir piezas de arte no solo responde a criterios de inversión, sino también al deseo de apoyar directamente a artistas, instituciones y escenas locales, subrayando un rol que combina mercado y compromiso cultural.
Sin anunciar nuevas sedes ni hablar de nuevas expansiones en concreto, el CEO de Art Basel plantea que la experiencia de Doha “informará las decisiones futuras” de la marca y podría influir en cómo piensa su presencia en otras geografías fuera del eje tradicional europeo y norteamericano. Eso sí, el proceso aún está en desarrollo.
De hecho, el ejecutivo sugiere que, incluso en el futuro, la feria podría poner sus ojos sobre Latinoamérica, aunque eso aún está por verse y lo que queda es el análisis posterior de cómo fue la experiencia en Doha.
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