Culto

El Festival de Viña necesita otro premio

Pero sí cabe la pregunta: ¿qué voz le queda al “Monstruo” cuando quiere aplaudir y gritar de entusiasmo en lugar de devorar a un o una humorista que tuvo una mala noche? ¿Cómo se salva el alma de un festival?

La queja es antigua y sólo se revalida año a año, festival a festival: las gaviotas se entregan a prácticamente todo artista que pisa la Quinta Vergara. Lo que alguna vez fue el premio espontáneo del público que rugía entusiasmo desde el cerro hasta el palco ahora es un premio a la participación que se entrega en una coreografía perfectamente sincronizada, antes del primer bis, con los animadores gritando -a veces textos escalofriantemente cursis- y, esto es importante, con la enorme imagen virtual de una gaviota gigante con el logo del auspiciador a toda pantalla. Si hay poco tiempo, los animadores matan dos pájaros de un tiro -¡ja!- y atribuyen al público un desbordante clamor por una Gaviota de oro. Después de eso, el bis y el final con pausa comercial. Un trámite. (Por lo demás: entre el éxito libreteado de una gaviota tras otra y el fracaso absoluto de una pifiadera ensordecedora no hay un punto medio).

Es cierto, puede pasar que el show de verdad haya sido extraordinario, que el “Monstruo” esté verdaderamente demandando la entrega de todos los premios de la repisa y que hablemos de un éxito absoluto, a veces histórico. Esta edición tuvo números que se inscribieron con contundencia en esa lista, como Pet Shop Boys y Mon Laferte. Pero lo que pasó con esta última ilustra el punto: la impecable cantautora se inscribió en la exclusiva lista de ganadores de la Gaviota de Platino porque lo suyo fue genuinamente superlativo. Sin duda la gente quería entregársela. Pero en lugar de esperar a esa demanda, la organización del Festival -con justa razón práctica- se adelantó a los hechos, mandó a hacer el trofeo y lo anunció. Antes de que Mon entonara su primera nota todo el mundo sabía qué premios recibiría.

Así, el único espacio de incertidumbre y espontaneidad que se le permite al “Monstruo” es justamente el que da origen a su nombre: un fracaso estrepitoso, rotundo, humillante de un o una comediante que ha tratado de hacerlo reír. Es decir, lo único que le queda a la gente es destruir; para manifestar una aprobación extraordinaria sólo queda el conducto regular que la organización definió con anticipación. En el pasado, en el archivo, quedarán las escenas de la gente espontáneamente encendiendo antorchas improvisadas en la galería -la conducta más riesgosa de la infancia del “Monstruo”-, o un “Puma” Rodríguez recomendando a la alcaldesa designada escuchar la voz del pueblo, de Vodanovic dando explicaciones sobre lo que se puede y no se puede mientras esperaba instrucciones, o de la organización debatiendo si corresponde sacar los trofeos de la competencia para premiar a un artista y tratar, sólo tratar, de apaciguar al público. Son imágenes casi tan antiguas como Aquí Hotel O’Higgins.

No se trata de caer en la monserga tramposa de la nostalgia; no vamos a culpar a una organización que debe sacar adelante una empresa rentable para todos por no exponerse a la peligrosa incertidumbre de la pasión del público. Nadie está haciendo mal su trabajo cuando un evento como este sale exactamente como estaba previsto.

Pero sí cabe la pregunta: ¿qué voz le queda al “Monstruo” cuando quiere aplaudir y gritar de entusiasmo en lugar de devorar a un o una humorista que tuvo una mala noche? ¿Cómo se salva el alma de un festival?

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