Por Gonzalo ValdiviaKill Bill: la genial venganza de Quentin Tarantino y Uma Thurman no tiene fin
Creada hace dos décadas –pero inédita en salas comerciales–, Kill Bill: The Whole Bloody Affair es la historia de La Novia como el director siempre la imaginó, más de cuatro horas y media en que el personaje de Uma Thurman elimina uno a uno a los responsables de su tragedia. A raíz de su debut en cines chilenos, junto a un grupo de especialistas analizamos los cambios que ofrece y el lugar que ocupa dentro de la obra del realizador.

Al término de una de las jornada de filmaciones, el equipo de Pulp fiction (1994) se juntó en The Daily Pint, un bar a diez minutos en auto de la playa de Santa Mónica. Mientras bebían cervezas y conversaban animadamente, Quentin Tarantino intentó atraer a Uma Thurman: le dijo que estaba trabajando en una película de venganza para la que ella sería “fantástica”, una cinta que trataría sobre “la mujer más letal del mundo” y su búsqueda por liquidar a las personas que le arruinaron la vida.
Thurman, intrigada con el concepto del director y guionista, no tardó en dar un paso adelante y le planteó una sugerencia: “¡Quentin, tengo una idea! ¿Qué tal si me vieras con la cara ensangrentada, y de repente la cámara hiciera un paneo y te dieras cuenta de que llevo un vestido de novia?”. En ese instante nació el personaje de La Novia y aquel concepto acuñado que se volvió tan icónico: “Created by Q and U” (creado por Quentin y Uma).

Sin embargo, tendrían que pasar varios años para que el personaje llegara a las salas de cine (primero en 2003 y luego en 2004) y muchos más para que se proyectara en pantalla grande bajo la forma que Tarantino inicialmente lo imaginó.
Kill Bill: The whole bloody affair, el largometraje que se estrena el próximo jueves 19 en cines chilenos, es el ajuste de cuentas definitivo del autor de Perros de la calle (1992) con Beatrix Kiddo / La Novia / Black Mamba, la asesina que sufre un disparo en la cabeza en la víspera de su boda y despierta de un coma años después con la urgencia de matar a Bill (David Carradine) y a todos los responsables de su tragedia.
Con más de cuatro horas y media de duración, el filme muestra a todo color la memorable batalla en La Casa de las Hojas Azules, expande el segmento animado y elimina redundancias. Y lo hace con una imagen prístina y con una mezcla de sonido impecable. El sueño cumplido de Tarantino y de todas las huestes que ha sumado durante sus más de tres décadas de trayectoria.
Qué sale y qué entra
Kill Bill: The whole bloody affair existe como tal desde el año 2006, cuando se proyectó en la 59° edición del Festival de Cannes. A lo largo de los años también se ha mostrado en el New Beverly Cinema y en el Vista Theatre –ambos propiedad de Tarantino–, pero se había mantenido inaccesible para el público a nivel masivo.
Hasta ahora todos habían tenido que contentarse con Kill Bill: Volumen 1 (2003) y Kill Bill: Volumen 2 (2004), la división que en su momento propuso el productor Harvey Weinstein (caído en desgracia desde 2017 por sus delitos sexuales) para mantener la mirada del director y conservar intactas las aspiraciones comerciales del proyecto.

A la espera de noticias sobre el lanzamiento de una edición en formato físico –por ahora no anunciada–, la oportunidad de ver la visión de Tarantino cristalizada en pantalla grande pasa por comprar una entrada al cine. Allí el público se encontrará con una película que, en esencia, no posee cambios sustanciales, pero cuyos ajustes mejoran la experiencia. El principal valor, por supuesto, consiste en ver por primera vez de manera continúa la sangrienta historia de venganza de La Novia, interpretada por una magistral Uma Thurman que sostiene el relato mientras ingresa y abandona diversos géneros cinematográficos.
La masacre en La Casa de las Hojas Azules, que originalmente cambiaba a blanco y negro después de unos minutos (con el fin de evadir una calificación cinematográfica demasiado severa), ahora está a todo color. Los miembros del Crazy 88 que la protagonista rebana con la espada que le fabricó Hattori Hanzō (Sonny Chiba) caen uno a uno, hasta que queda sola frente a frente a O-Ren Ishii (Lucy Liu) y corona una de las grandes secuencias del cine de acción de nuestra época.
Un poco antes, en el segmento animado en el que conocemos en detalle el origen de O-Ren, el metraje se amplía. En la nueva versión vemos cómo la joven asesina –hija de un padre chino-estadounidense y una madre japonesa– mata a Pretty Riki y a sus escoltas a bordo de un ascensor. Así, en esos siete minutos inéditos (y descarnados), se deshace del último responsable conocido por el crimen de sus progenitores.

Kill Bill: The whole bloody affair también elimina el cliffhanger de la primera parte, aquella línea de diálogo de Bill en que se le informaba a la audiencia que la hija de Beatrix continuaba con vida. Como ahora no hay necesidad de mantener enganchado al público para que vuelva unos meses después a ver la segunda parte, la revelación se produce en el mismo instante en que la protagonista se encuentra a su pequeña junto a Bill. Además de ser coherente con el orden actual, puede resultar un auténtico regalo para quienes nunca se habían acercado a Kill Bill.
Siempre en el campo de las exclusiones, la cinta prescinde de la recapitulación de hechos presente al inicio del segundo volumen. En su lugar, otorga un intermedio de 15 minutos en que los asistentes pueden estirar los pies y digerir la carnicería que han presenciado durante las dos horas previas.
También ofrece algo más bien anecdótico: un cortometraje creado para el videojuego Fortnite (The lost chapter: Yuki’s revenge), que se reproduce después de los créditos, donde Yuki, la hermana gemela de la asesina Gogo (Chiaki Kuriyama), busca vengarse de La Novia.
“La historia de Beatrix Kiddo, desde su despiadada traición en la iglesia hasta el duelo final con Bill, se siente más orgánica, más íntima, y al mismo tiempo más brutal: el montaje ha sido reorganizado, eliminando artificios que antes ralentizaban la caída y ascenso de la protagonista”, opina el director y guionista Sergio Castro-San Martín.

De acuerdo con su perspectiva, “el añadido de escenas inéditas y la restauración de elementos originalmente filmados, como el combate contra el Crazy 88 en color, no son ornamentales, sino expansiones del mundo sensorial que Tarantino siempre quiso ofrecer. Cada escena respira con la música, los sonidos del combate y la calma perturbadora que precede a la violencia”.
“La masacre de La Casa de las Hojas Azules no es más violenta en color que en blanco y negro, y sí gana visualmente porque el diseño de arte es alucinante (...) Lanza inverosímiles cantidades de chorros de sangre, pero son esos detalles, que sacan del realismo, los que hacen asequible la historia”, señala la crítica de cine Ana Josefa Silva, quien también pudo ver la nueva versión antes de su arribo a salas nacionales.
La también presidenta del Círculo de Críticos de Arte de Chile se detiene en un segundo punto: “Aunque recordaba muchas secuencias, verla en el cine me permitió, por ejemplo, apreciar la genialidad de su estructura narrativa: el uso de raccontos y flashbacks están exactamente donde deben estar porque entregan la información precisa que se requiere en el relato en ese momento. Es un recurso muy utilizado, por cierto, pero nunca de manera tan brillante como uno lo observa ahora, y a años de distancia. Creo que aquí está toda la genialidad de Tarantino: sin cortes”.

El canon tarantinesco
“Kill Bill es la película que nací para hacer, creo que Bastardos sin gloria es mi obra maestra, pero Había una vez... en Hollywood es mi favorita”. Esa frase –que el propio director estadounidense pronunció en el podcast The Church of Tarantino a mediados del año pasado– vuelve a adquirir relevancia a raíz del debut de Kill Bill: The whole bloody affair.
“¿Cómo rebatirle al propio director?”, se pregunta Ana Josefa Silva, para luego indicar que el filme bélico del año 2009 “carece de la desbordante imaginación y el genial trabajo de ensamblaje cultural de Kill Bill. Aunque puede ser que aún esté bajo los efectos hipnóticos que produce ver Kill Bill completa y tal como la concibió el director”.
“Por el desarrollo de personajes, por las historias paralelas y por las licencias que se permite, Bastardos sin gloria está entre las películas más destacadas de Tarantino”, indica Paula Frederick, editora de Cultura de radio Duna. “Puede que Kill Bill sea de las mejores, si nos atenemos a que constantemente se apega a su génesis, que es reconocer abiertamente que su cine está hecho de retazos de otras películas que lo forjaron. Pulp fiction o Django sin cadenas tienen mucho de esto, pero siento que Kill Bill es la cinta que más declara a los cuatro vientos ser un homenaje a algo”.

Más rotundo es Sergio Castro-San Martín, para quien la producción liderada por Uma Thurman es la magnum opus del director. “Ver Kill Bill: The whole bloody affair es reencontrarse no con uno de los mayores íconos de la era moderna del cine, sino con su forma más pura y ambiciosa. La película deja de ser dos mitades para convertirse en una totalidad indiscutible: una oda a la venganza, a la forma cinematográfica y al legado de Tarantino”, apunta.
Y agrega: “Es uno de esos raros acontecimientos que justifican no solo un reestreno, sino un replanteamiento de cómo se piensa la narración épica en el cine contemporáneo. Kill Bill redefinió la apropiación del género. Después de Tarantino, el pastiche dejó de ser cita decorativa y pasó a ser lenguaje. La hibridez se volvió tendencia. La violencia estilizada se volvió estética dominante”.
Frederick comparte parte de ese análisis: “No sé si lo redefinió, pero sí dignificó como algo válido y valioso el género del homenaje, el reconocer las influencias abiertamente y resignificarlas en un contexto diferente. Construyó un imaginario muy específico –y que rápidamente se instaló en la cultura pop– a partir de otros imaginarios, desde el cine de kung fu hasta el western”.

Por su parte, el crítico, escritor y cineasta Andrés Nazarala piensa que “esa lógica de cine-collage posmoderno ya existía desde hacía décadas. Creo que el gran atractivo de Kill Bill radica en el goce del exceso. En las coreografías, la estilización de la violencia heredada del cine oriental y en una narrativa capturante que tiene el pulso de una teleserie”.
Opiniones más o menos entusiastas, Kill Bill: The whole bloody affair emerge como una oportunidad ineludible para volver a analizar la obra de uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo y una de sus creaciones más lúcidas y coherentes con su genio.
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