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Natalia Ginzburg y “Las palabras de la noche”: cuando el fascismo se filtra en lo cotidiano

La célebre escritora italiana vuelve a las librerías con Las palabras de la noche, una obra que rehúye los grandes discursos para narrar la posguerra desde la vida cotidiana. Junto a la filósofa Paz López, analizamos esta pieza clave en la que la sobriedad del lenguaje y el rumor de pueblo, revelan que la política se juega, ante todo, en la estructura psíquica de la intimidad.

Si hay algo que Natalia Ginzburg tenía muy claro, era que su método favorito para narrar una historia era en primera persona. “Siempre he escrito en primera persona. La única excepción es Tutti i nostri ieri [Nuestros ayeres]. Me resulta extremadamente difícil usar la tercera persona porque, en el fondo, todos somos individualistas incurables. Necesito dominar la trama de una historia; no puedo dejar que otros la tomen por mí”, dijo en una entrevista con The London Magazine, de 1985. Y agregó: “Toda mi carrera literaria ha sido una búsqueda de maneras de adoptar la primera persona. Por eso, veo mis obras de teatro exactamente de la misma manera que mis novelas epistolares: una fragmentación de un ‘yo’ mayor en varios más pequeños, cada uno con su punto de vista individual”.

Ese ejercicio lo desarrolló también en su octava novela Las palabras de la noche (Le voci della sera). Original de 1961, fija la mirada en un pequeño pueblo del Piamonte italiano, cerca de Turín, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando el recuerdo del fascismo aún ronda por sus calles añosas. Quien narra es Elsa, una muchacha que va contando lo que ve en esa vida infernal de poblado donde todos se conocen y están pendientes de las vidas de los demás. Lo que hacen y lo que no. Elsa se compromete en matrimonio y, al parecer, su destino será similar al de las jóvenes de su tiempo: casarse y estar en el hogar.

Hoy, esta novela de Ginzburg ha vuelto a las librerías chilenas en una cuidada edición de Lumen. Se trata de una de las escritoras italianas más célebres del siglo XX, y que comparte el panteón con Umberto Eco, Italo Calvino y Grazia Deledda. Su libro más relevante fue Léxico familiar, un volumen semi autobiográfico que le valió el Premio Strega, en 1963.

A decir del novelista irlandés Colm Tóibín, la Segunda Guerra Mundial fue lo que oscureció la escritura de Ginzburg dado que vivió una experiencia traumática en ella: su propio marido, el antifascista Leone Ginzburg, fue torturado hasta la muerte por los nazis. A pesar de eso, el conflicto siguió siendo solo uno de muchos ingredientes de su narrativa. Eligió mantenerlo en un lugar lateral de su obra: “Ginzburg no dramatizó demasiado la guerra en su escritura, sino que trató de integrarla en la vida diaria; parecía parte de la normalidad hasta que se acercaba y terminaba por destrozar la vida de sus personajes”, dice Tóibín.

El fascismo en la mesa familiar

Pero ahondemos en Las palabras de la noche. La filósofa nacional Paz López, autora de Pánico y ternura (el libro chileno más mencionado en el listado de los mejores del año de Culto), es una gran lectora de Natalia Ginzburg. Consultada por Culto, ahonda en las claves de la novela. “Esta novela fue escrita casi veinte años después de la brutal muerte de su esposo. En ella, Natalia Ginzburg entrelaza dos relatos: las peripecias amorosas de la narradora y la reconstrucción de la vida de una familia burguesa italiana antes y después del auge y la caída del fascismo. Dueña de una fábrica, esa familia reúne en su interior a comunistas, anarquistas, fascistas, partisanos, convirtiendo la intimidad doméstica en un espacio atravesado por tensiones políticas y morales”.

“Como suele ocurrir en la escritura de Ginzburg, no hay aquí grandes tesis ni discursos explícitos sobre el fascismo, su presencia se filtra, más bien, en las maneras de ser, de hablar, de pensar y de relacionarse con los otros. Hay, en ese sentido, una escena elocuente. Purillo, el hijo adoptado de esa familia (cuyo padre adoptivo era socialista) se vuelve fascista para proteger el negocio familiar. Más tarde se arrepiente, pero promete no volverse nunca comunista. Despreciado por el padre adoptivo (‘Natural, porque el Purillo es como la mosca verde: solo se posa donde hay mierda’, dice el padre), sus decisiones políticas y morales parecen responder menos a una convicción ideológica que a una trama de afectos, lealtades ambiguas, miedos difusos y gestos automatizados. ¿Qué relación hay entre el fascismo y las emociones, entre la política y los afectos? En esa pregunta, que la novela deja abierta, se juega también algo decisivo para comprender nuestro propio tiempo”. López añade un punto relevante: “Lo interesante de este libro es que el fascismo aparece no tanto como una ideología histórica cerrada, sino como una estructura psíquica y simbólica que termina expresándose en lo más mundano y cotidiano de la existencia”.

©Lorena Palavecino/Penguin Random House

Si bien la novela se basa en un pueblo pequeño, con la chimuchina, el rumor y el “qué dirán” a la vuelta de la esquina, para López el ambiente que narra Ginzburg no es completamente opresivo. “No llega a ser completamente asfixiante, en parte porque la novela está atravesada por un humor que se sostiene con frases breves y desprejuiciadas, sobre todo a la hora de describir física y psíquicamente a sus personajes. Es un humor que no tiene nada que ver con la ligereza, sino con impedir, creo, que la propia lengua se vuelva autoritaria y solemne. Roland Barthes decía que la lengua es fascista no porque impida decir cosas sino porque obliga a decirlas y allí se instala entonces el cliché, el mito, el dogma, las categorías. En ese sentido esta novela, que tiene al fascismo en su centro, busca más bien mostrar los modos en que la crueldad y la violencia han penetrado los modos mismos de relacionarse con los otros”.

“Uno de los personajes repite a menudo que ha perdido su fuerza vital, otro se pregunta por qué todo se ha echado a perder, entonces ya no pueden alegrarse, ya no desean enlazarse con nadie, desean poquito, aman sin compromisos. Una suerte de melancolía mortífera atraviesa la novela como si ese fuera el estado del mundo una vez que se ha sufrido la experiencia del mal. Si hay algo asfixiante quizás, es la imposibilidad de imaginar otras formas de vida, como si todos los personajes ya no tuvieran la fuerza para asumir riesgos e imaginar un destino distinto para ellos. Si algunos de los personajes murieron asesinados por el fascismo, otros, después de la guerra, mueren lentamente porque ya no encuentran maneras de apoyar sus pies en la vida y entonces se aferran a una suerte de orden monolítico como la familia, el trabajo, la clase social, un mundo reducido a aliento de polilla. No se trata, por supuesto, de modos equivalente de morir. Es distinta la muerte ejercida con saña de una vida que se vuelve mortífera, sin embargo, en ninguno de los dos casos el mundo aparece como un lugar verdaderamente apetitoso”.

Una lengua sin solemnidad

A pesar de ahondar en la mirada particular de Elsa, y en su subjetividad, la novela se deja leer con fluidez. Por ello, Paz López se anima a pensar en la escritura de la italiana. “Decir algo de la escritura de Natalia Ginzburg implica, ante todo, atender a una forma de sobriedad poco frecuente. Sin dejar de contar lo que es indispensable contar –la manera en que enfrentamos el dolor, la felicidad, la miseria, el miedo, la muerte–, Ginzburg escribe sin la grisura de las palabras artificiosas, sin levantar jamás la voz, sin solemnidad ni grandilocuencia. Su prosa es contenida y al mismo tiempo profundamente intensa. Es cómica y melancólica a la vez, tiene un ojo afilado para describir a sus personajes y no teme sostener opiniones que van a contrapelo del horizonte moral de su época”.

“Quienes la conocieron solían destacar justamente esa cualidad, la de hablar una lengua aparentemente simple y liviana, sin sentimentalismos, y tocar sin embargo el corazón de las cosas. Esa suerte de austeridad expresiva le permite, en este libro, pensar la crueldad, el mal o el odio sin refugiarse en lo ya sabido, como si leyéndola tuviéramos que aprender a pensar todo otra vez. Quizás por eso alguna vez dijo ‘no teníamos ideas, sino deseos’, como si la escritura alcanzara su potencia cuando está apegada a la vida, a sus revoltijos, a los afectos, a los vínculos, a todo eso que nos impide afirmar temerariamente y negar a la ligera”.

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