Culto

Toma una canción triste y mejórala

El peso de su padre casi aplastó a Julian Lennon. Después decidió hacer algo mejor con todo eso.

Toma una canción triste y mejórala

Madre, tú me tuviste a mí, pero yo nunca te tuve a ti” debe ser una de las líneas más potentes escritas por John Lennon. Cuánta rabia y cuánta pena hay en ese verso; un grito primal que abre los fuegos para que en la segunda estrofa caiga la sentencia principal: “Padre, tú me dejaste, pero yo nunca te dejé”. Era 1970 y Lennon, un niño abandonado de 29 años que revolvía sus traumas al son del psicoterapeuta Arthur Janov, declaraba con esa grabación su propio acto de abandono: el de su pasado con los Beatles y con todo lo que había llegado con ellos en la década prodigiosa. Incluidos Cynthia y Julian, la familia que él no quería tener.

La historia recuerda a Lennon como uno de los mayores genios de la música popular y una de las figuras más icónicas del siglo XX. También debería recordarlo como un padre horrendo que pasó sus últimos años tratando de demostrar que podía ser todo lo contrario con su otro hijo, con el niño que planificó y quiso tener. Con el “beautiful boy” que llamó Sean. Un hijo al que sólo abandonó cuando recibió cuatro balazos en la espalda.

John Lennon y su hijo Sean. Los observa Yoko Ono.

La vieja discusión sobre separar la vida del artista de su obra sirve de poco cuando esa vida ha dejado obras tan potentes como imprescindibles. La historia del abandono de John a Julian podría comenzar con una nota naive: Do you want to know a secret? (1963) contenía el secreto de que John se había casado con su novia Cynthia Powell a escondidas; una relación ocultada para las fans de los Beatles, formalizada casi en la clandestinidad por obra y gracia de un embarazo no deseado. Seguiría con Lucy in the sky with diamonds (1967) después de que el niño ese, Julian -bautizado como su padre pero siempre llamado por su segundo nombre- le mostrara un dibujo en el que representaba a su amiga Lucy. Y toda la historia encontraría su peak artístico con Hey Jude (1968), esa canción que Paul McCartney compuso pensando en “hey Jules” para consolar a un hijo que ya veía partir a su padre a una nueva relación, a una familia deseada.

Como en todas las historias de abandono donde los hijos víctimas buscan redimir a sus padres de sus propias fallas, Julian siempre buscó a John. Resulta irónico que el único tiempo en el que compartieron juntos en los años neoyorquinos sea conocido en la biografía del genio como “el fin de semana perdido”. Ese año y medio de separación de John y Yoko hizo posible que Julian cruzara un océano varias veces para estar con su padre, un reencuentro que se vería para siempre cercenado cuando John volvió con su mujer. Julian tenía 12 años. Cinco años después John estaba muerto, meses después de declarar en una entrevista: “No es que no quiera a Julian. Él sigue siendo mi hijo, sin importar que haya venido de una botella de whiskey o porque entonces no había píldoras”.

En 1984 Julian Lennon caminó hacia lo inevitable y se presentó al mundo como un cantautor. Su disco debut, Valotte, fue un éxito de ventas y de crítica, gracias a canciones como Valotte y Too late for goodbyes. Pero a la larga la constante comparación con su padre terminó abrumándolo, y él terminó diversificando su tarjeta de presentación. Hoy es además fotógrafo, escritor de cuentos infantiles, activista ambiental y filántropo. Se declara como el mejor amigo de Sean y a menudo comparte fotos de ambos en sus redes. Dice que con el tiempo ha aprendido a entender a John.

Este Día del Padre John Julian Lennon no recibe saludos. Decidió privarse de la experiencia más profunda y significativa a la que un hombre puede aspirar. La muerte de John, el abandono final, le enseñó que no podría arriesgarse a ser él quien dejara solo a un hijo.

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