Ani Nii Shobo, el curioso lodge chileno en el Amazonas
<P>Esta es una historia única en la selva peruana. Ceremonias ancestrales, viajeros y una cultura en peligro de extinción se conjugan en un particular "lodge y reserva chamánico" que fue creado por dos socios chilenos y un curandero de origen <I>shipibo</I>. </P> <P>Aquí llegan visitantes venidos de distintos lugares del mundo, solo dateados por el boca a boca, en busca de las experiencias casi irreales que se cuentan acerca de los poderes de los chamanes <I>shipibo</I>. </P>

PUCALLPA tiene ese caos típico de las ciudades selváticas. Similar a cualquier localidad populosa de los países del sudeste asiático como Laos o Vietnam, aquí los mototaxis pululan como mosquitos de un lado a otro por calles mal asfaltadas, con el uso insistente y sin escrúpulos de sus bocinas en medio del humo exasperante que comienza a emanarse desde temprano.
La ciudad es la puerta de entrada al Amazonas peruano. El humo, un recordatorio constante de que lo más probable es que esta zona del "pulmón del mundo" tenga sus días contados. Los fuegos forestales son implacables y devastadores y -día a día- la ciudad, las industrias y las zonas ganaderas le ganan terreno a la selva más extensa del planeta.
Y así, como nadando en este limbo de caos, depredación y progreso mal entendido están los indígenas shipibo. Y conviviendo los shipibo, un puñado de hombres y mujeres venidos de todas partes del mundo (algunos de paso, otros definitivamente radicados) buscando "la sanación". ¿Sanarse de qué? En muchos casos de todo, en otros de enfermedades como diabetes, problemas cardíacos, depresión, esquizofrenia y cuanta otra afección que, rara vez, encuentra respuesta en la medicina tradicional.
Lo que sucede con los shipibo es bien particular. Son la única tribu de la selva peruana que aún mantiene control sobre las orillas del río Ucayali, afluente del Amazonas y que da el nombre al departamento cuya capital es Pucallpa. Viven en pequeñas comunidades, en chozas con techos de paja en los alrededores de la ciudad y se debaten entre mantener sus tradiciones o aceptar las comodidades del mundo occidental.
Hasta ahí nada muy diferente a lo que acontece con la mayoría de los pueblos originarios, salvo por una cosa: sus chamanes. O, por lo menos, lo que se dice de ellos. Se dice que pueden curar casi cualquier enfermadad, y, se dice, que solo con el poder de las plantas. Además, se dice que su conocimiento llegaría a más de 700 hierbas amazónicas y también se comenta que de vez en cuando llega algún enviado de las grandes empresas farmacéuticas buscando "el secreto" de los shipibo para la cura de tantos males.
También, se dice que Roger López es el último de sus chamanes.
Y es aquí cuando un chileno entra en esta historia. Se trata de Andrés Selamé, un joven empresario que recorrió continentes enteros en busca de respuestas espirituales, hasta que las encontró aquí. Conoció a Roger, participó en sus ceremonias con ayahuasca, con esa experiencia cambió su vida y luego decidió asociarse con é para cumplir su sueño: construir un lugar donde "recibir un millón de amigos" y buscar alguna manera de preservar el conocimiento medicinal de los shipibos. A ellos se sumó como socio otro chileno, Juan Santiago Correa.
Y así nació Ani Nii Shobo, una especie de "lodge espiritual" que acoge visitantes de todo el orbe para vivir una experiencia chamánica. Llegan principalmente gracias al boca a boca, pasan aquí días, semanas y hasta meses desconectados de todo. Sin televisión, internet, teléfono y solo un par de horas de electricidad. Agua caliente tampoco hay.
A la mayoría de los que llegan esto no les incomoda en nada, por el contrario, es lo que buscan. A los que sí, al rato se olvidan. La vida en la selva puede llegar a ser absorbente y cambiar por completo todo tipo de nociones.
Mundo "a lo Macondo"
La cosa en Ani Nii Shobo es simple: están las cabañas que son sencillas pero muy bonitas. Fueron diseñadas por los arquitectos chilenos Sandra Iturriaga y Manuel Brazo y emulan las viviendas shipibo. Está el comedor, en el que se reúnen todos y donde transcurre la mayor parte del día entre conversaciones y lecturas. Tiene un par de hamacas y una guacamaya que dice "hola" y que le gusta escabullirse en la cocina cuando tiene hambre. Están los saunas donde se preparan los baños con hierbas recetados por el chamán. Hay una laguna en la que se puede remar en balsas de madera y está el centro ritual, llamado "maloca", donde Roger realiza las ceremonias de ayahuasca, que es la planta alucinógena utilizada por las tribus del Amazonas para conectarse con otros mundos. Aquí, en completa oscuridad, se sientan en círculo todos los que beberán el preparado de la planta y luego se recuestan para iniciar "el viaje".
Por supuesto, están también los personajes. Además de Andrés y Roger se encuentra Martín, el chef, un argentino al que le gusta contar historias mientras gesticula con su cuchillo carnicero en la mano. Pesaba más de 120 kilos y tenía un brazo paralizado. Hoy pesa 90, pela papas, corta carne y hasta juega fútbol. Dice que el chamán lo curó. Se quedó a vivir acá, se emparejó con una china que realiza terapias alternativas y se casaron, obviamente, bajo la tradición shipibo. "Pedro, escribí lo que quieras, pero no me traigás turistas", me dice, mientras me amenaza con sus ojos vivos y el cuchillo. No le gustan los tipos que preguntan por programas, que alegan por el menú del día o que se quejan por el calor o los días feos. Y claro, ese no es el espíritu del lugar.
Están Eric y "Fabi", una pareja de veinteañeros chilenos que llegaron a hacer voluntariado, les gusta leer libros de medicina natural y no piensan volver a vivir nunca más en un lugar donde no puedan tener su propia huerta. También esta Carola, otra chilena, que, según ella, "vino a sanarse y a trabajar" y siempre tiene una anécdota paranormal que contar.
Como visitantes están Daniela, una periodista que cubre temas esotéricos y de terapias alternativas, y Javier y Mauricio dos amigos programadores informáticos que no tienen Facebook ni Twitter, les carga que los traten de "computines" y vinieron con la clara intención de alejarse de la ciudad y probar el ayahuasca.
Hace dos días Daniela no conocía ni a Javier ni a Mauricio, pero ahora parecen camaradas de toda la vida. Comentan la ceremonia de ayahuasca de anoche con entusiasmo. Hablan del amargo sabor del preparado, de cómo los ruidos de la selva se hacen mucho más agudos e intensos y de lo místicos que se escuchan los ícaros, que son los cánticos indígenas que utiliza el chamán para guiar la ceremonia.
Daniela tuvo una regresión. Se vio de niña, recordó amigos que había borrado de su memoria y conversó con su mamá. Lloró. Después se sintió aliviada, feliz y cantó mantras. Javier también tuvo una ceremonia intensa. Tuvo la sensación de que su cara se desvanecía y sus recuerdos también. Sintió miedo, pero después todo volvió "con una energía renovada", según sus palabras. También cuenta que se hizo amigo de una semilla, pudo volar y recorrió los cinco continentes.
Por su parte, Mauricio está un poco desanimado. Esta vez la "mareación" (que es como le llaman los locales a los efectos de la ayahuasca) no lo llevó a ningún lugar. Martín, el cocinero, le dice que no se preocupe, que la experiencia con la "medicina" (la manera en que el chamán llama al preparado) es "a la suerte de la olla": no se puede planificar. A veces se ven cosas buenas, otras que dan miedo y en otras ocasiones, simplemente nada. Cuenta que una vez Roger le dio una dieta canachari, que es una planta como la ayahuasca pero más fuerte. Allí, sintió que los árboles le hablaban e, incluso, vio que uno se metía dentro de la cocina mientras él disimulaba su asombro para no espantar a los huéspedes.
Hablando de cocina, Martín es un excelente cocinero. Prepara pescado, pollo, pan y platos locales como el juane, que es como una humita envuelta en hojas de plátano que lleva arroz, huevos, aceitunas y pollo. Todo con muy poca sal y productos de su huerta. "La comida que comen en la ciudad está muerta, esta está viva", dice, y agrega que con los tratamientos del chamán y su cocina ha visto a diabéticos llegar en silla de ruedas que después de tres meses pueden subir a Machu Picchu por su propia cuenta.
Ahora, les está preparando a los pasajeros un cocaví para la salida del día. Porque en Ani Nii Shobo no todo son tratamientos ni ceremonias, sino que también hay excursiones por la selva amazónica y sus 27 hectáreas son una zona de recuperación natural. El viaje de hoy será un paseo marítimo por la cuenca del río Ucayali. Mañana, el regreso a casa.
Y eso ya es parte de otra historia.
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