Diario Impreso

Manifiesto: Jaime Parada, concejal de Providencia

Cuando chico vivía cerca de Pinochet. Mi mamá era de las señoras del barrio que se saltaban todas las barreras y procuraba ir a darle un beso de cumpleaños, porque sagradamente se hacía un acto afuera de su casa para esa fecha. En esos cumpleaños siempre iba con uno de nosotros en brazos. Una vez, incluso, recuerdo que recibí un besito de Pinochet en la cabeza. Mi cambio para algunos es radical, pero creo que uno tiene derecho a cambiar todas las veces que sea necesario si es que sientes que eso te va a hacer un mejor ser humano. Es también un deber, cuando sientes que el rumbo que está tomando tu vida no es el éticamente correcto.

Ser el primer político elegido democráticamente después de declararme gay, lo que me llevó a asumir como concejal por Providencia, fue una señal social: Chile está preparado para la irrupción de los homosexuales en política, cosa que es bien increíble.

Todavía existen muchos pastores Soto, muchísima homofobia, pero nadie puede negar que la sociedad se ha abierto. Y eso es algo sin retorno. Chile tiene una sociedad en evolución social y cultural, y eso me gusta.

Soy de clase media, con un papá que es más clase media baja y una mamá de clase alta empobrecida. Tengo esa cosa de que en el mundo en que me crié se hablaba mucho de apellidos que yo no tengo. Recuerdo que cuando era chico las amigas de mi abuela llegaban a la casa hablando francés.

Hasta los nueve años fui feliz. Mi infancia en adelante fue realmente dura. Desde los 10 años comencé a vivir un abuso sexual de parte de un amigo de mi familia y que se extendió durante bastantes años. Sólo logré salir de ahí una vez que yo me sentí sólido y firme para frenarlo. Eso fue cerca de los 17 años.

Nunca creí que el vínculo abusivo que tenía con el amigo de mis papás era normal. Siempre supe que era algo incorrecto, pero algo de lo que me iba a costar mucho salir, porque esa persona, además, financiaba, en parte, a mi familia. Les hacía regalos carísimos. Incluso, una vez les regaló un Volvo. Creo que fue para comprar a mi familia y chantajearme a mí con que si se acaba el abuso, se acaba la estabilidad económica de mi familia. Siempre lo sentí como algo muy doloroso. Yo crecí pensando cómo me iba a escapar del abuso. Desde los 10 años en adelante fantaseaba con algunos métodos, pero no voy a decir cuáles. Se me pasaron mil cosas por la cabeza, aunque prefiero no hablar de eso.

La verdad es que no sé si mis papás sabían de antes o no que estaba siendo abusado, pero de mi boca lo hablamos una sola vez, cuando yo tenía 34 años. En ese momento los encaré. Yo sentía que ellos quizá sabían y esa duda siempre va a ser mi gran dolor.

A los 20 tuve la duda de si era homosexual porque fui abusado. Mucha gente cree que el problema del abuso es que con eso se construyen homosexuales, pero no es así. Eso es algo que es bueno que se difunda, porque son los propios evangélicos y católicos de extrema derecha los que dicen que a los homosexuales hay que compadecerlos, porque ellos fueron abusados. Eso no es así. Esa es una idea que me desinstaló el psicoanálisis. Con mi psicóloga llegamos a situaciones muy infantiles donde el tema de la homosexualidad ya estaba presente.

Soy el menor de cinco hermanos. Todos hombres. Me siento discriminado por el cuarto de ellos. Con él éramos muy cercanos, era como si fuéramos gemelos. Mi mamá nos vestía igual, con una jardinera escocesa preciosa. Un día decidió que no podía ver más a sus hijos. Me dijo: no quiero que ellos crezcan creyendo que la homosexualidad es normal. Súper fuerte. El pasó de ser un tipo de centro-izquierda a un tipo de centroderecha. Ha tenido un cambio en su vida, algo así como una involución. Hoy en día nos evitamos. No tengo relación con él.

Respeto que la gente crea en Dios, pero me parece impresentable que las iglesias se metan en las cosas del Estado. Conozco la hipocresía del catolicismo. Me moví en todos sus registros, porque mis padres iban a misa en latín. Yo fui acólito y monaguillo en la Iglesia de los Lefebristas. Recuerdo haber estado en la misa del gallo a los ocho años oficiando de monaguillo y me desmayé por el incienso a la hora de los campanillazos. El hábito de monaguillo y todo lo que significaba estar ahí. Era como vivir en los años 30.

A los dinosaurios que creen que la homosexualidad es sinónimo de perversión y anormalidad los invitaría a mi casa a ver lo que hemos construido con Víctor, mi pareja: un hogar pleno y estable. En agosto de 2014 le pedí matrimonio en el Highline de Nueva York. El trabaja en una línea aérea, por lo que nos sale muy fácil y barato viajar. En octubre de 2015 volveremos, pero para casarnos. Luego de eso haremos una fiesta en Chile, para celebrar con nuestros amigos y familiares. Queremos casarnos y el Estado chileno no será un impedimento. Aun cuando no tenga validez aquí, el símbolo nos parece importante.

No tengo ambición por convertirme en alcalde, sólo aspiro a la continuidad de un proyecto político de centroizquierda ciudadano que por algunos errores, como los que ha cometido Josefa Errázuriz, podría estar en riesgo. Fueron varios habitantes de Providencia y mi propio partido los que me pidieron ser candidato a una primaria y acepté como parte de mi responsabilidad política.

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