Columna de Rodrigo Guendelman: Huevos fritos

Foto: Santiago Adicto



Por Rodrigo Guendelman, conductor de Santiago Adicto de Radio Duna

El título de esta columna es el nombre de una intervención urbana que se puede ver en el Parque Balmaceda de Providencia este fin de semana (y hasta el martes 29) como parte del Festival Hecho en Casa Entel. Es, literalmente, una escultura de dos inmensos huevos fritos que descansan en el pavimento, obra del artista holandés Henk Hofstra. En el letrero que la acompaña se puede leer lo siguiente: “La temperatura sigue subiendo en el planeta entero y estos gigantescos huevos han regresado a Chile para recordarnos algo que ya sabemos: si no tomamos conciencia del calentamiento global, estamos fritos”. Bien dicho.

El calor que hemos sentido esta semana en la zona central ha sido poco soportable considerando que estamos aún en primavera y, como bien sabemos, es un aperitivo de lo que se nos viene en los próximos años y décadas. Pero no, no voy a hablar de crisis climática. Para eso hay gente especialista. Los huevos fritos son la excusa para pensar dónde escapar, aunque sea por unas horas, del calor. La respuesta es obvia, pero a veces los árboles no dejan ver el bosque. O, mejor dicho, los cerros no dejan ver la cordillera.

A todos nos enseñaron en el colegio que, a mayor altura, menor temperatura. Una fórmula que se experimenta de manera deliciosa en esta época de calor cuando uno sube, justamente, a la cordillera. La última vez que fui a capear la sensación de horno veraniego a Farellones, calculé que arriba había 10 grados menos. ¡Diez! Y ni siquiera hay que llegar a ese pueblo, pues ya en las primeras curvas numeradas se empieza a sentir la notable diferencia de temperatura. Es tan lógico, pero a veces no lo vemos: Santiago está pegado a las montañas. Dependiendo de la comuna en que vives, puedes alejarte del calor en media hora, tres cuartos de hora, una hora. Y disfrutar con un picnic en familia, con una botella de buen vino en pareja o solo.

Hay dos opciones. Auto o bicicleta. La segunda opción requiere algo de entrenamiento, pero debe haber pocas cosas más refrescantes y relajantes que subir a Farellones en dos ruedas. Te puedes quedar horas contemplando la ciudad o los prados o las rocas o el horizonte en los cientos de miradores que se dan de forma orgánica en el camino. Pero hay un mirador más sofisticado, una joyita que incluye arte y arquitectura de primer nivel, y que sin embargo aún es muy desconocido. Se trata del Umbral Plazoleta Negra, un hito fundacional que forma parte de un sistema de plazas rituales, que pone en valor el territorio de montaña y que fue desarrollado por la Fundación +1000 y Andes Workshop. Está en la curva 22 del camino a Farellones, incluye un hermoso conjunto escultórico del gran Vicente Gajardo y un muelle de madera que mira hacia el valle y los glaciares.

“En este lugar se pide permiso a los Apus (cerros tutelares guardianes del territorio), te sacas los zapatos y dejas las ofrendas para entrar a la montaña con respeto, comprendiendo los Andes como santuario de altura”, explican en el sitio web de la Municipalidad de Lo Barnechea. Un lugar así, tan lindo, tan simbólico, tan cerca de la urbe, con muchos menos grados de calor y gratuito. ¿Qué tal?

Muy cerca de ahí, hay varios senderos de trekking que conviene conocer. Por ejemplo, en la curva 32 está Lomas del Viento, cuyo recorrido es de casi 7 kilómetros, tiene grado de dificultad medio y toma unas tres horas entre ida y vuelta. Más abajo, en la curva 16, está el Mirador Tres Valles, de sólo 1,8 kilómetros, dificultad media y unas dos horas necesarias para ir y volver. Y si lo que quieres es diversión pura, sin calor, entonces puedes ir a Parques de Farellones (empiezan la temporada el próximo sábado 3) a tirarte en canopy, subirte al andarivel panorámico, sentir aderenalina en el bike park, pasar por los puentes tibetanos o almorzar en los food trucks así como en el restorán Taringuita. Para de sudar y sube a la cordillera. Aprovecha las maravillas de Santiago. Y cambia los huevos fritos por una suave y fresca brisa.

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Eleanor Woods, de 12 años, creo una mochila alimentada con energía solar y un dinamo, que es capaz de filtrar eficientemente el aire.