Por Martín CifuentesDía Mundial de la ELA: la carrera científica por convertir esta devastadora enfermedad en un cuadro tratable
Este domingo 21 de junio está dedicado a crear conciencia en torno a la Esclerosis Lateral Amiotrófica: una condición aún sin cura, aunque los avances en distintas terapias genéticas ya muestran pacientes que han recuperado funciones motoras. Aquí, la doctora Brigitte van Zundert, académica de la Universidad Andrés Bello y líder de una investigación molecular sobre el tema, habla acerca del panorama actual y las nuevas esperanzas que nacen en los laboratorios.

Durante años, recibir un diagnóstico de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) significó enfrentarse a una enfermedad motora progresiva, sin cura y con pocas alternativas terapéuticas; es decir, una sentencia altamente desesperanzadora para quienes padecen esta condición, que afecta a 7 de cada 100.000 personas en todo el mundo y que tiene, hasta ahora, causas desconocidas.
A pesar de eso, los avances en genética molecular y medicina de precisión ya han comenzado a modificar ese escenario, y los estudios internacionales muestran a pacientes que han logrado estabilizar e incluso recuperar parte de sus capacidades motoras gracias a tratamientos dirigidos a las causas biológicas de la enfermedad.
La doctora Brigitte van Zundert, académica del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Facultad de Medicina de la Universidad Andrés Bello y directora del Núcleo Milenio EpiNeuro, es una de las protagonistas de la búsqueda de nuevos tratamientos y herramientas de diagnóstico temprano en Chile.

Precisamente, explica la investigadora, uno de los principales desafíos es la detección precoz de la enfermedad, ya que “faltan biomarcadores específicos para las enfermedades neurodegenerativas”. Tenerlos, dice, permitiría monitorear la progresión de la enfermedad y la respuesta a nuevas terapias, lo que podría facilitar tanto el diagnóstico como la evaluación de nuevos tratamientos.
Las esperanzas que dan los nuevos tratamientos
Aunque la ELA continúa siendo una enfermedad sin cura, la comprensión de sus causas genéticas ha abierto una nueva etapa para la investigación. “A pesar de aún no tener solución, en la última década se ha avanzado enormemente en la posibilidad de desarrollar terapias dirigidas a las causas moleculares de la enfermedad”, señala van Zundert.
Gran parte de estos avances se han centrado en pacientes con mutaciones genéticas específicas. Una de las más estudiadas corresponde a la presencia del gen SOD1, que genera una proteína tóxica para las neuronas. A partir de este descubrimiento, se han desarrollado tratamientos basados en un “oligonucleótido antisentido”, tecnología diseñada para reducir los niveles de esa proteína dañina y frenar el deterioro neuronal.
Los ensayos clínicos hechos en pacientes portadores de esta mutación han revelado resultados que hasta hace pocos años parecían impensados. Según explica la investigadora de la UNAB, “después de un año de tratamiento muchos mostraron estabilización y hasta mejora de su capacidad motora y respiración”, cuenta. Incluso hubo participantes que recuperaron funciones perdidas y hasta lograron volver a caminar.
Esta nueva realidad representa un cambio profundo en la forma de abordar la enfermedad. “Lo incurable se está convirtiendo en tratable y a lo mejor, algún día, se convertirá en curable”, afirma.
La investigación de la doctora Van Zundert
A diferencia de otras enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer, la ELA presenta un número más reducido de mecanismos biológicos involucrados. Esto ha facilitado que distintos grupos de científicos se enfoquen en comprender cómo se inicia el daño que termina afectando a las motoneuronas, a cargo del movimiento y la respiración.
En ese contexto, el equipo de Brigitte Van Zundert ha orientado su trabajo a identificar los mecanismos moleculares que derivan a esta enfermedad. Uno de sus descubrimientos más relevantes es la identificación de una molécula denominada “polifosfato inorgánico”.

Según detalla, esta sustancia es liberada de forma anómala por los astrocitos (células que normalmente cumplen una función de soporte para las neuronas) y, de acuerdo con los resultados obtenidos por el laboratorio, “causa la muerte de la motoneurona”.
Este hallazgo abrió dos líneas de investigación. Por una parte, desarrollar estrategias que permitan neutralizar o reducir la presencia de esta molécula. Por otra, evaluar su potencial como biomarcador, una herramienta que podría facilitar diagnósticos más precisos y tempranos.
Lo mejor es un diagnóstico temprano
La detección precoz aparece hoy como uno de los factores que marcaría una diferencia importante en la efectividad de los tratamientos emergentes. De acuerdo con la doctora Brigitte Van Zundert, contar con un diagnóstico temprano es fundamental para una mayor efectividad de los tratamientos actuales.
El desafío no es menor. Según cuenta, uno de los mayores problemas es que existen otras cuarenta enfermedades motoras “y al principio se ven todas iguales”. Cuando el diagnóstico llega en fases avanzadas, las opciones terapéuticas suelen ser mucho más limitadas.

Fuera de los laboratorios, los pacientes y sus familias tienen, además, desafíos emocionales y económicos de gran magnitud. En ese escenario, la investigadora destaca el trabajo de la Corporación ELA Chile, “que cumple un rol fundamental en estos pacientes”.
La organización entrega orientación profesional, apoyo psicosocial, redes de atención y acompañamiento a personas afectadas por la enfermedad en distintas regiones del país. La presencia de este equipo es de suma relevancia, considerando que, cuando una persona es diagnosticada, el impacto no es menor.
“En Chile, aún hay brechas en comparación con países más desarrollados, como Estados Unidos o Europa, en el acceso a tratamientos innovadores y a los ensayos clínicos”, advierte.
Para revertir esa situación, agrega, se necesita de una combinación de investigación científica, políticas públicas y organizaciones de pacientes que permitan acercar los tratamientos innovadores a quienes viven con la enfermedad.
La próxima frontera de la investigación
Mientras continúan los avances en las terapias genéticas, la comunidad científica también trabaja en el desarrollo de biomarcadores capaces de identificar distintas enfermedades neurodegenerativas antes de que produzcan daños irreversibles.
La meta, explica la doctora Van Zundert, es contar con herramientas cada vez más precisas. “La idea, en un futuro, es poder desarrollar un kit con unas 100 moléculas que nos permitan detectar qué enfermedad tiene el paciente”, afirma.
Una herramienta como esa permitiría distinguir tempranamente entre ELA, Alzheimer, Parkinson, Huntington y otras patologías neurodegenerativas, facilitando tratamientos más oportunos y personalizados.
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