Las lecciones que nos deja el invierno respiratorio 2026
"El desafío ya no consiste únicamente en responder a las epidemias cuando ocurren. La epidemiología del siglo XXI debe evolucionar hacia un modelo predictivo (...) Lo verdaderamente trascendente no será evitar que los virus circulen, sino lograr que encuentren una población protegida", dice María Jesús Hald, epidemióloga y directora de Educación Continua de la Facultad de Medicina de la Universidad Andrés Bello.

Cada invierno parece repetirse la misma historia. Las curvas de consultas aumentan, las urgencias se congestionan, las camas críticas alcanzan altos niveles de ocupación y las autoridades sanitarias refuerzan los llamados a vacunarse. Luego, lentamente, las cifras comienzan a descender y el país da por superada la temporada respiratoria. Sin embargo, desde la epidemiología, el verdadero aprendizaje comienza precisamente cuando las curvas empiezan a bajar.
El invierno de 2026 ha dejado varias lecciones que merecen atención. La primera es que los virus respiratorios ya no siguen los patrones relativamente predecibles que conocíamos hace una década.
La vigilancia epidemiológica nacional mostró durante julio una circulación simultánea de Influenza A, Influenza B, Virus Respiratorio Sincicial (VRS), rinovirus y SARS-CoV-2, con cambios en el predominio viral incluso entre semanas epidemiológicas consecutivas. Tras las vacaciones de invierno, la positividad volvió a incrementarse y el Ministerio de Salud decidió extender la vacunación contra la influenza a toda la población, reflejando que la temporada respiratoria seguía activa incluso cuando muchos asumían que el invierno comenzaba a terminar.
Este comportamiento no constituye una anomalía, sino la nueva realidad epidemiológica. La pandemia de COVID-19 modificó profundamente la dinámica de circulación de los virus respiratorios, alterando los patrones de inmunidad colectiva y favoreciendo la coexistencia de múltiples agentes infecciosos durante una misma temporada. Hoy ya no enfrentamos una epidemia de influenza, sino un ecosistema viral complejo, donde distintos virus compiten, se alternan y coexisten según las condiciones ambientales, la susceptibilidad de la población y la evolución biológica de cada uno de ellos.
La segunda lección es que la vigilancia epidemiológica dejó de ser una herramienta exclusivamente técnica para transformarse en un componente estratégico de la seguridad sanitaria de los países. Hace veinte años, los informes semanales sobre circulación viral eran documentos revisados principalmente por epidemiólogos y laboratoristas. Hoy orientan decisiones clínicas, campañas de vacunación, planificación hospitalaria e incluso políticas públicas.
En este escenario, el laboratorio adquiere un rol cada vez más relevante. Durante los primeros días de una infección resulta prácticamente imposible distinguir clínicamente entre influenza, COVID-19, VRS u otros virus respiratorios. Los síntomas son similares, pero las implicancias epidemiológicas pueden ser muy diferentes. La vigilancia molecular y la secuenciación genómica permiten identificar precozmente cambios en la circulación viral, detectar variantes emergentes y anticipar eventuales aumentos de hospitalizaciones antes de que estos se reflejen en la red asistencial.
La tercera enseñanza corresponde a la vacunación. Con frecuencia se instala la percepción de que una vacuna fracasa cuando no evita completamente el contagio. Sin embargo, esa nunca ha sido su principal finalidad. El verdadero éxito de las campañas de inmunización se mide por su capacidad para reducir hospitalizaciones, ingresos a unidades críticas y fallecimientos.
Durante este invierno, la incorporación de anticuerpos monoclonales contra el Virus Respiratorio Sincicial para lactantes, junto con las campañas de vacunación contra influenza, COVID-19, neumococo y coqueluche, volvió a demostrar que prevenir las formas graves sigue siendo la estrategia más costo-efectiva de la salud pública moderna.
A nivel internacional, el panorama confirma que este fenómeno trasciende nuestras fronteras. La Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud han reportado una elevada circulación de virus respiratorios en gran parte del hemisferio sur, con predominio variable de influenza y VRS según el país. Lejos de tratarse de episodios aislados, estas temporadas reflejan un cambio global en la epidemiología de las infecciones respiratorias, donde la vigilancia permanente y la cooperación entre países resultan esenciales para detectar oportunamente nuevas variantes y responder de manera coordinada.
Existe además un elemento que inevitablemente marcará las próximas décadas: el cambio climático. El aumento sostenido de las temperaturas, las modificaciones en la humedad ambiental, la contaminación atmosférica y la creciente frecuencia de eventos meteorológicos extremos están alterando la estacionalidad de múltiples enfermedades infecciosas.
Cada vez resulta más probable observar temporadas respiratorias más prolongadas, con virus circulando fuera de los períodos históricamente esperados. La salud pública deberá adaptarse a un escenario donde la incertidumbre será la regla y no la excepción.
En consecuencia, el desafío ya no consiste únicamente en responder a las epidemias cuando ocurren. La epidemiología del siglo XXI debe evolucionar hacia un modelo predictivo. La integración de inteligencia artificial, vigilancia genómica, información climática, registros clínicos y análisis de grandes bases de datos permitirá anticipar semanas antes los aumentos de circulación viral, optimizar la planificación hospitalaria y fortalecer la toma de decisiones basada en evidencia.
Mirando hacia el invierno de 2027, existen motivos para confiar en que Chile dispone hoy de mejores herramientas que las que tenía antes de la pandemia. Sin embargo, también existe una certeza: los virus seguirán cambiando y continuarán poniendo a prueba la capacidad de respuesta de nuestros sistemas sanitarios. La diferencia estará en cuánto seamos capaces de anticiparnos.
Las epidemias respiratorias seguirán formando parte de cada invierno. Lo verdaderamente trascendente no será evitar que los virus circulen, sino lograr que encuentren una población protegida, instituciones preparadas y autoridades capaces de convertir la evidencia científica en decisiones oportunas. Porque, al final, la fortaleza de un sistema sanitario no se mide cuando las curvas descienden, sino por todo aquello que hizo antes de que comenzaran a subir.
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