Por Ricardo Olave¿Qué tan cerca estamos de la reanudación de las relaciones bilaterales entre Chile y Bolivia?
Con el presidente Rodrigo Paz instalado en el Palacio Quemado desde noviembre -quien se ha reunido ya en tres ocasiones con su par de Chile, José Antonio Kast-, analistas chilenos y bolivianos coinciden en que el tema marítimo sigue vivo, pero ya no monopoliza la agenda bilateral. Seguridad, migración, comercio y la crisis interna boliviana aparecen hoy como los factores que marcarán el vínculo entre ambos países. Por ahora, un mayor acercamiento está 100% en manos bolivianas, dicen los especialistas.

En 2028 se cumplirán 50 años desde que Chile y Bolivia rompieron relaciones diplomáticas. Sin embargo, casi medio siglo después, ambos países atraviesan hoy uno de sus períodos de mayor diálogo político de los últimos años, tras el fin del litigio por la demanda marítima ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya en octubre de 2018.
El primer hito ocurrió en noviembre de 2025, cuando el entonces presidente Gabriel Boric asistió al cambio de mando en Bolivia, donde Rodrigo Paz asumió la presidencia. La presencia de un mandatario chileno en la ceremonia, algo que no ocurría desde hacía casi dos décadas, fue interpretada como una señal de acercamiento entre ambos gobiernos.

Con la llegada de José Antonio Kast a La Moneda, los contactos no sólo han continuado, sino que se intensificaron. Con tendencias políticas afines, en enero de este año ambos líderes sostuvieron una reunión durante el Foro Económico de América Latina y el Caribe, en Panamá. En marzo, en tanto, volvieron a encontrarse en la cumbre Escudo de las Américas, en Miami, liderada por el presidente de Estados Unidos Donald Trump.
En dicha ocasión el canciller boliviano, Fernando Aramayo, aseguró que ambos países buscarían instalar un gabinete binacional. Además, manifestó que 2026 podría ser “el año del restablecimiento de las relaciones diplomáticas”. Este acercamiento se reafirmó el pasado 30 de junio, durante la Cumbre del Mercosur en Asunción, donde Kast y Paz sostuvieron una nueva reunión bilateral enfocada en materias como seguridad, migración irregular, crimen organizado y cooperación fronteriza.
Dicho acto, en voz de Marcelo Pérez, analista internacional y académico del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello (UNAB), refleja un cambio de enfoque por parte del país andino. “Con la llegada de Rodrigo Paz hemos visto una intención más pragmática, menos populista y más centrada en la eficiencia comercial que en la reivindicación histórica”, sostiene el académico.

Una visión similar tiene el doctor en Historia de la Universidad de Tarapacá Alfonso Díaz, quien observa que, tras los años de mayor tensión, ambos países han retomado espacios de diálogo impulsados por necesidades concretas. “Con Gabriel Boric y Luis Arce se fijó una hoja de ruta motivada, en gran parte, por la necesidad de gestionar la crisis migratoria, lo que obligó a ambas naciones a dialogar”, rememora. Sin embargo, el especialista advierte que la compleja situación política por la que atraviesa actualmente Bolivia, provocada por una sostenida crisis económica y social, podría limitar la profundidad de ese acercamiento.
Una historia reciente
No todos los expertos observan este escenario con el mismo optimismo. Felipe Vergara, analista político y director de Posgrados de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello, cree las relaciones bilaterales, hasta ahora, han sido “medianamente estables, aunque constantemente distantes”.
En su opinión, los gestos recientes entre ambos mandatarios “son positivos”, pero todavía “no pasan de ser señales simbólicas”, ya que persisten problemas estructurales como la migración irregular, el narcotráfico, el tráfico de vehículos y, por supuesto, la reivindicación marítima.

La mirada desde Bolivia también invita a poner el foco en otro elemento: la política interna. Para Daniela Franco, doctora en Historia y docente de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), ubicada en La Paz, este país enfrenta una profunda crisis económica y de gobernabilidad, marcada por el peso de los movimientos sociales y las organizaciones indígenas. En ese contexto, analiza Franco, la agenda internacional ha pasado a un segundo plano y cualquier intento de fortalecer las relaciones con Chile dependerá, en buena medida, de cómo evolucione la estabilidad del gobierno de Paz.
Para el historiador ariqueño Alfonso Díaz, el punto de inflexión no comienza luego de la demanda marítima en La Haya, sino con el acercamiento que protagonizaron Michelle Bachelet y Evo Morales en 2006 con la denominada Agenda de los 13 Puntos.
“De manera histórica, se incluyó por primera vez el tema marítimo en una mesa de conversación formal”, explica el académico. Sin embargo, ese escenario cambió con el primer gobierno de Sebastián Piñera. “La relación entre un gobierno de derecha en Chile y uno de izquierda en Bolivia se estancó”, precisa.

“La demanda marítima culminó con un resultado muy adverso para las pretensiones bolivianas”, resume Díaz. El fallo de 2018 descartó que Chile tuviera una obligación jurídica de negociar un acceso soberano al mar, cerrando el principal litigio internacional entre ambos países.
La relación sin embajadores
El pasado 2 de julio, en conversación con el medio boliviano El Deber, el canciller de ese país Fernando Aramayo informó que el gobierno estaba trabajando en la designación de representantes diplomáticos en países considerados prioritarios, como Chile, Brasil, Paraguay y Estados Unidos. Aramayo señaló que el proceso responde a una planificación previa y que las designaciones se concretarán en las próximas semanas.

Sin embargo, el eventual nombramiento de un embajador no implica, por sí solo, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas plenas entre ambos países, interrumpidas desde 1978, cuando tanto Chile como Bolivia tenían gobiernos dictatoriales.
Actualmente, se mantienen vínculos a nivel consular, una fórmula que, aunque limitada desde el punto de vista político, ha permitido sostener la cooperación cotidiana en materias comerciales, migratorias y de asistencia a sus ciudadanos.
“Bolivia ha condicionado el restablecimiento de embajadores a la entrega de una salida soberana al mar. Aunque en los últimos años se ha intentado mejorar el clima vecinal, la restitución de relaciones plenas dependerá siempre de la voluntad del Palacio Quemado”
Marcelo Pérez, académico de la UNAB, coincide en que el alto costo político que implica reabrir la discusión territorial ha terminado consolidando un status quo que ambos países aprendieron a administrar. “Ningún gobierno quiere ceder un centímetro, ya sea de territorio o de soberanía política. El escenario actual no es perfecto, pero sí relativamente cómodo para ambas partes”, sostiene.
El también académico UNAB Felipe Vergara agrega que el principal obstáculo continúa siendo la posición boliviana respecto de la reivindicación marítima. A su juicio, mientras ese asunto siga siendo percibido como pendiente en La Paz, será difícil avanzar hacia una normalización diplomática plena.

La frontera manda la agenda
En la cotidianidad, el norte de Chile y el occidente boliviano conviven diariamente a través del comercio, el trabajo, la migración y una historia compartida que antecede incluso a la conformación de ambos Estados.
En paralelo, el aumento de la migración irregular, el crimen organizado, el contrabando y el robo de vehículos ha obligado a Santiago y La Paz a coordinar esfuerzos en materias donde la cooperación dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad.

Para el analista internacional Marcelo Pérez, este cambio de prioridades responde a una realidad geopolítica ineludible. “Hoy la agenda la imponen las urgencias del norte de Chile y del altiplano boliviano”.
Pérez anticipa que los problemas “ya no pueden ser gestionados de forma individual por cada país; requieren un trabajo coordinado”. A ello se suma el papel estratégico que siguen desempeñando los puertos de Arica e Iquique para el comercio exterior boliviano; un aspecto que, según el académico de la Universidad Andrés Bello, tiene hoy un impacto mucho más directo en la vida cotidiana que las reclamaciones históricas.
Desde Arica, Alfonso Díaz observa que la presencia de población boliviana en el extremo norte es el resultado de un proceso de más de medio siglo. “Hoy convivimos con segundas y terceras generaciones de hijos y nietos de bolivianos que son legalmente chilenos”, señala.
Esa convivencia también se refleja en la agricultura de los valles de Azapa y Lluta, donde hay trabajadores de origen boliviano propietarios de tierras, o en las festividades andinas donde se reúnen a las comunidades.
La historiadora boliviana Daniela Franco va un paso más allá, y sostiene que las relaciones entre Chile y Bolivia no pueden entenderse únicamente desde las decisiones de los gobiernos centrales. En las provincias fronterizas, explica, existe una agenda propia impulsada por comunidades indígenas que mantienen vínculos familiares, culturales y económicos anteriores a la creación de las fronteras republicanas.
“Los pueblos indígenas manejan una agenda propia que muchas veces colisiona con las directrices de los gobiernos centrales”, afirma, y destaca el caso de las comunidades Pacajes, cuya identidad histórica se extiende entre Bolivia, Chile y Perú.

No obstante, esa integración cotidiana también enfrenta nuevas tensiones. Daniela Franco sostiene que el endurecimiento de los controles fronterizos y la crisis política boliviana han dificultado el desarrollo de esas formas de cooperación local. Al mismo tiempo, Alfonso Díaz recuerda que el principal quiebre reciente en la convivencia fronteriza no provino de la comunidad boliviana, sino de la llegada masiva de migración irregular de otras nacionalidades, fenómeno que modificó la percepción de seguridad en la macrozona norte.
Los especialistas llaman a interpretar los gestos con prudencia. Restablecer relaciones diplomáticas plenas requerirá voluntad política sostenida y, sobre todo, la capacidad de ambos gobiernos para separar las diferencias históricas de los desafíos compartidos del presente. El interrogante es si ese nuevo entendimiento será capaz de resistir el peso de una historia que, casi 150 años después de la Guerra del Pacífico, sigue proyectándose como sombra en ambos países.
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