Por Cristina CifuentesEl regreso de Trump a la Casa Blanca: el año que cambió al mundo
La administración del presidente republicano ha implementado una agresiva agenda comercial mediante aranceles globales, ha tomado severas medidas migratorias y ha puesto en duda las alianzas internacionales que han regido al mundo desde la Segunda Guerra. En sus ansias por un Nobel, ha buscado conseguir la paz en Gaza y Ucrania. Su último golpe de efecto fue la captura de Nicolás Maduro en Caracas.

Desde el mismo día de su toma de posesión, el 20 de enero de 2025, Donald Trump retomó el poder con una fuerza nunca antes vista en la historia de Estados Unidos. En apenas un año, ha remecido la política internacional y muchos ya señalan que ha intentado imponer un nuevo orden mundial, alejándose de las alianzas que imperaban desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945.
Para muchos analistas, el mandatario republicano ha abandonado las formas tradicionales del arte de gobernar al prometer regirse exclusivamente por su visión “Estados Unidos Primero”, lo que lo ha llevado a distanciarse de sus aliados tradicionales, como Europa, enfocándose en la región del Indo-Pacífico. Incluso, retiró a Estados Unidos de varios organismos de la ONU y otros grupos internacionales.
El presidente estadounidense ha escalado la tensión producto de la llamada Guerra Fría 2.0 que se desarrolla entre Estados Unidos, China y Rusia. En este contexto, el pasado 3 de enero Trump ordenó un ataque a Venezuela, rica en petróleo, que derivó en la captura del izquierdista Nicolás Maduro, un viejo enemigo de Washington. Desde entonces, ha amenazado con usar la fuerza contra amigos y enemigos, y ha advertido con intervenir Cuba, México, Colombia e Irán. En su momento, también dijo que tomaría el control del Canal de Panamá.

“De acuerdo a nuestra nueva estrategia de seguridad nacional (de septiembre pasado), el dominio de Estados Unidos en América Latina no será cuestionado nunca más”, advirtió Trump tras el derrocamiento de Maduro.
Se trata de lo que irónicamente se conoce como “Doctrina Donroe”, la actualización de la política exterior hacia América Latina que promulgó en 1823 el presidente James Monroe, quien entonces señaló que no permitiría el intervencionismo europeo en la región, que pasaba a ser el “patio trasero” de Washington.
“Quizás Trump dé marcha atrás, dejando que territorios como Cuba, Colombia, México y Groenlandia se administren a sí mismos, aunque bajo la protección de Estados Unidos. Quizás la OTAN siga su curso con dificultades. Quizás el presidente ruso, Vladimir Putin, se conforme con el Donbás y Crimea. Y quizás el presidente chino, Xi Jinping, priorice el crecimiento económico sobre la expansión. Aun así, sospecho que el orden mundial liberal ha presenciado su amanecer final”, escribió el economista Benn Steil, en un artículo para el centro de estudios Council for Foreign Relations.
Como si fuera poco, el líder republicano ha intensificado los llamados para confiscar Groenlandia, que está en manos de Dinamarca, aliado de la OTAN, y ha advertido de atacar Irán mientras el régimen clerical ha reprimido violentamente las protestas que se han sucedido desde hace tres semanas.

Determinado a poder conseguir el Nobel de la Paz, el mandatario se empecinó en poner fin a la guerra entre Israel y Hamas, iniciada tras el ataque contra Israel en octubre de 2023. Luego de varias negociaciones, en septiembre anunció un plan de paz de 21 puntos en una conferencia de prensa en la Casa Blanca, en la que estuvo acompañado del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
“Estados Unidos Primero”
Uno de sus desafíos para este año será que todo el plan se concrete. “Necesitará suerte y habilidad para llevar a cabo sus grandes apuestas en política exterior. Pero si Trump logra avanzar a la segunda fase de su plan de paz para Gaza, consolidaría el alto el fuego entre Israel y Hamas, que fue un triunfo en 2025”, escribió la cadena CNN.
Según el diario The New York Times, si hay un momento que captura hasta qué punto Trump está dispuesto a reposicionar a Estados Unidos en el escenario mundial fue su reunión en la Oficina Oval con el Presidente Volodimyr Zelensky en febrero, en la que humilló al líder ucraniano frente a las cámaras. Si bien la relación mejoró desde entonces, en agosto tendió la alfombra roja a Putin en una reunión en Alaska, y en noviembre presentó un plan de paz de 28 puntos desfavorable para Kiev, que han trabajado desde entonces sin que se haya logrado un acuerdo.
“Tras cuatro décadas cubriendo la política exterior estadounidense, ya presentía que el segundo mandato de Trump marcaba el fin del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, un sistema diseñado por Estados Unidos para defender la democracia y proteger a aliados más pequeños que compartían valores comunes. Pero el encuentro con Zelensky cristalizó para mí la nueva era, una donde las ganancias son lo primero, las alianzas importan poco y el poder puro y duro reina”, escribió el periodista David Sanger en el Times.

Argentina, donde Trump cuenta con su mejor aliado regional, Javier Milei, u Honduras, donde intervino directamente en la campaña electoral, son ejemplos de los países que han elegido a sus gobernantes juiciosamente, según Trump. Para los demás, el mensaje es claro: los tiempos del “poder blando” se acabaron.
“El mayor desafío de política exterior en 2026 será la confrontación con la nueva superpotencia, China. Trump planea visitar Beijing en abril para otra cumbre con Xi Jinping, después de que su guerra comercial fracasara al revelar la influencia china sobre los minerales de tierras raras que impulsan la vida del siglo XXI”, escribió CNN.
“Si bien prometió una política de ‘Estados Unidos Primero’ de no inmiscuirse en los asuntos de otras naciones, ha restaurado una era de imperialismo y colonialismo, agresión estadounidense, desafío al derecho internacional y a las prácticas comúnmente aceptadas, e insultos a los aliados. Ha provocado conflictos donde no los había (Dinamarca y Groenlandia), invadido naciones soberanas y amenazado con represalias militares. Y lo ha hecho sin buscar la aprobación del Congreso. En el mejor de los casos, muchos de los aliados de Estados Unidos están confundidos sobre sus próximos pasos”, comenta a La Tercera el encuestador y analista estadounidense John Zogby.
Para el académico de la Universidad de Lynchburg, David Richards, “Estados Unidos ha abandonado posiciones y relaciones que lo ayudaron a liderar el mundo desarrollado durante los últimos 75 años. Se benefició de un mundo globalizado que lo veía como el centro del comercio, la economía y la tecnología”. Según dijo a La Tercera, “quizás sea ingenuo pensar que esto durará para siempre, pero hemos visto a la actual administración tomar tantas medidas, como aranceles, intervenciones y amenazas de anexión, que han perturbado ese mundo. Esto ha abierto la puerta a que países como China o Rusia ejerzan su influencia y ofrezcan alternativas a aquellos países asustados por las acciones de Estados Unidos. Si Estados Unidos puede cambiar su política exterior con una publicación en redes sociales, ¿cómo puede un aliado contar con él o confiar en él”.
Guerra arancelaria
A lo anterior se suma el terremoto interno que ha provocado. A diferencia de su primer mandato, Trump cuenta ahora con el apoyo de un gabinete leal que le permite sortear antiguos obstáculos institucionales e implementar políticas nacionales y exteriores agresivas. Para muchos, se trata de un mandatario que actúa con mayor urgencia y audacia para transformar el gobierno federal e incluso la estética de la Casa Blanca.

“El presidente está mucho más preparado esta vez. Si bien contaba con un talento genuino que pudo frenarlo la última vez, está rodeado de fieles creyentes y leales que no solo no lo frenan, sino que lo impulsan aún más. Si su objetivo era dividir aún más al pueblo estadounidense, desafiar los derechos civiles y humanos, distanciar a aliados y enemigos en el extranjero, generar aún más hostilidad hacia los inmigrantes y perjudicar la economía global, entonces ha tenido un gran éxito. Todo ello, a la vez que se enriquecía y su familia también”, dice Zogby.
“Supongo que podría decirse que fue un año espectacular, combinado con cambios genuinos en el funcionamiento del gobierno estadounidense. Gran parte de lo que ha hecho la administración ha sido ruidoso: aranceles que cambian constantemente, amenazas de ocupar territorios y advertencias que nunca se concretan”, indica Richards.
“También ha habido algunas acciones significativas que ya están cambiando las cosas. La inmigración prácticamente se ha detenido, y eso afectará todo, desde nuestra economía hasta nuestra tasa de crecimiento poblacional durante los próximos años. Estados Unidos ha pasado claramente de ser un creador de consensos a actuar por sí solo en los asuntos internacionales. Se han cerrado partes del gobierno estadounidense o se han reducido considerablemente, a menudo de maneras aparentemente aleatorias. Esos efectos tardarán años en hacerse evidentes. Creo que el principal problema del primer año es que muchas de las acciones parecen aleatorias o excesivamente reactivas. Es difícil tener una idea de un plan más amplio”, añade.
“Esta vez se ha rodeado de gente mucho más dispuesta a hacer lo que él quiere sin comentarios. Pero lo principal es que Trump es una persona diferente a la de hace cuatro años. Es fácil ver en sus discursos y apariciones que ha envejecido. Es posible que simplemente sienta que tiene menos tiempo”, sostiene Richards.

Pese a sus medidas, el índice de aprobación de Trump se ha desplomado a los niveles más bajos de su segundo mandato y hoy es de tan solo 38% en el promedio de encuestas de CNN.
En su discurso inaugural, Trump prometió “imponer aranceles e impuestos a países extranjeros para enriquecer a nuestros ciudadanos”. Y reiteró sus planes de crear una agencia llamada el Servicio de Impuestos Externos (SIE), que aún no se ha establecido.
Finalmente, el 2 de abril concretó sus largamente prometidos aranceles “recíprocos”, en los que declaró un impuesto base del 10% sobre las importaciones de todos los países, así como tasas más altas para docenas de naciones que tienen superávits comerciales con Estados Unidos. Entre estos gravámenes más elevados, Trump afirmó que Estados Unidos iba a aplicar ahora un impuesto del 34% a las importaciones procedentes de China, un impuesto del 20% a las importaciones procedentes de la Unión Europea, un 25% a las de Corea del Sur, un 24% a las de Japón y un 32% a las de Taiwán. Los nuevos aranceles se sumaron a los gravámenes ya impuestos, incluyendo el impuesto del 20% que Trump anunció sobre todas las importaciones chinas a principios de este año.
Con estas medidas quedaron atrás décadas en las que Estados Unidos y el mundo avanzaron hacia la reducción de aranceles y el aumento del comercio, convencidos de que la globalización generaría prosperidad.
En los meses siguientes, modificó sus tasas arancelarias, a menudo casi a diario, en un intento por someter a los socios comerciales de Estados Unidos. En el caso de la relación con China, los dos países excluyeron ciertos artículos de sus listas arancelarias y siguen intentando encontrar una solución a la guerra comercial.
En todo caso, la última palabra no está dicha: se espera que la Corte Suprema se pronuncie sobre la constitucionalidad de los aranceles recíprocos de Trump, después de que los jueces se mostraran escépticos durante una audiencia en noviembre.
Su estricta política comercial acompañó una postura migratoria aún más severa, ideada por Stephen Miller, el asesor de Seguridad Nacional. Trump prácticamente selló la frontera sur. Los “encuentros migratorios” (que se refiere a cuando funcionarios estadounidenses, como la Patrulla Fronteriza, han procesado a un extranjero que intenta ingresar a Estados Unidos sin autorización) cayeron a su nivel más bajo en décadas; en 2025 promediaron 15.400 al mes, hasta noviembre, en comparación con los 137.200 de 2024.
También ha intentado llevar a cabo la mayor campaña de deportación en la historia de Estados Unidos, convirtiendo pueblos y ciudades en campos de batalla. Según The New York Times, en sólo 11 meses, alrededor de 500.000 personas serían deportadas en una campaña implacable. Los estadounidenses se han visto inundados con videos de agentes enmascarados, aparentemente en todas partes, deteniendo a inmigrantes: en parques y calles, en estacionamientos y sitios de construcción, en granjas y fábricas. Miles de inmigrantes fueron detenidos, y su ausencia fue evidente en obras de construcción en Florida y plantas empacadoras de carne en Nebraska, añadió el diario. Todo, en apenas un año.
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