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En vísperas del cuarto aniversario de la guerra: cómo viven los ucranianos el conflicto bajo un crudo invierno

El vicealcalde de Lviv, Serhiy Kiral, explicó a La Tercera que el deterioro de la situación energética producto de los ataques rusos llevó a incluir por primera vez a hospitales y escuelas en los programas de racionamiento. Valerii Osadchuk, funcionario de la empresa eléctrica Ukrenergo, denunció una campaña sistemática de “terror energético diseñada para empeorar las condiciones humanitarias de los ucranianos”.

Personas sin electricidad en sus hogares tras los ataques aéreos rusos hacen fila para recibir comidas calientes gratuitas en un barrio residencial de Kiev, el 30 de enero de 2026. Foto: Archivo

A menos de dos semanas de que se cumplan cuatro años de la invasión de Rusia a Ucrania, los ataques contra la infraestructura energética de este último país han convertido el invierno en un episodio extremo para la población civil. Con temperaturas que descienden bajo cero, sectores funcionan con una mínima fracción de los megavatios necesarios y miles de personas en distintas regiones del país eslavo resisten una dura crisis humanitaria.

Y, aunque no es el primer invierno desde el inicio de la guerra, en los últimos meses Rusia intensificó y focalizó los bombardeos contra los sistemas de generación y transmisión eléctrica de Ucrania.

De hecho, Rusia anunció el 30 de enero, a petición “personal” de Donald Trump, un cese a los ataques contra la infraestructura energética de Kiev durante una semana, en medio del intenso invierno. “El presidente Trump efectivamente solicitó personalmente al presidente (Vladimir) Putin que se abstuviera de atacar Kiev durante una semana, hasta el 1 de febrero, para crear condiciones favorables para las negociaciones”, afirmó el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov.

Y es que, este invierno, las temperaturas en Ucrania han descendido a las decenas de grados bajo cero. La semana pasada, se pronosticó que la ola de frío dejaría temperaturas de -30 °C, según el Servicio Estatal de Emergencias.

Pero Putin no respetó el acuerdo por mucho tiempo. El 3 de febrero, Rusia desplegó un ataque aéreo de 500 misiles contra Kiev, dejando la capital sin suministro eléctrico para iluminación y, más importante, calefacción. Esa noche las temperaturas rodeaban los -20 °C.

A esto, el mandatario ucraniano, Volodymyr Zelensky, reprochó a Putin por haber “despreciado de nuevo los esfuerzos de los estadounidenses”. Luego, acusó a Moscú de aprovechar la tregua energética para posponer los ataques previstos y acumular una gran cantidad de misiles con los que atacar en la noche más fría que ha registrado Ucrania en años.

Zelensky dijo el sábado que Trump está decidido poner fin a la guerra antes del próximo verano boreal. “Han dicho que quieren hacerlo todo en junio. Y harán todo para asegurar que la guerra termine”, dijo el mandatario ucraniano en declaraciones recogidas por la agencia Ukrinform.

En ese plazo, Estados Unidos quiere que se celebre tanto el referéndum en las zonas en disputa del Donbás y las elecciones generales de Ucrania, pospuestas por culpa de la invasión rusa. Sin embargo, fuentes relacionadas con la negociación creen que se trata de una aspiración fantasiosa, pues organizar un proceso electoral en las condiciones actuales tomaría como mínimo seis meses.

Frío insoportable

Según la empresa estatal operadora de la red nacional de transmisión eléctrica, Ukrenergo, entre octubre y diciembre del año pasado se registraron nueve ataques masivos contra instalaciones energéticas, con el despliegue de cientos de misiles y miles de drones.

Esta ofensiva ha tenido un impacto directo en la vida cotidiana de los civiles ucranianos. La electricidad no solo significa poder encender la luz. En pleno invierno, el acceso a la red eléctrica significa poder sobrevivir.

Vsevolod Sevastyánov, hombre de 22 años, vivía con su esposa y su hijo de cinco años en Kiev. Tras un bombardeo el 9 de enero, su edificio quedó sin calefacción y la temperatura dentro de su departamento cayó a dos grados. “Era imposible vivir allí”, comentó en entrevista con La Tercera.

Vsevolod Sevastyánov calienta las cañerías de su departamento con un soplete. Foto: Vsevolod Sevastyánov

La familia intentó encontrar soluciones, pero no muy efectivas. Por ejemplo, calentar un ladrillo refractario en la cocina de gas. O calentar con un soplete las cañerías. Debido al racionamiento, limitan el uso de estufas y mantas eléctricas a un par de horas al día.

Aun así, las condiciones hacen casi inhabitable su hogar. “Es imposible estar en casa y dormir”, afirmó Sevastyánov. Su esposa y su hijo tuvieron que trasladarse a otra ciudad.

La historia de Yulia Mykhailiuk e Ihor Honcharuk es casi idéntica. La pareja -ella abogada y él director de una cadena de televisión- vivió durante años en un departamento en un barrio acomodado de Kiev, al que llamaban “nuestra pequeña fortaleza” en medio de la guerra. Incluso después de que el lugar resultara dañado por un ataque con misiles, decidieron permanecer en la capital ucraniana y se trasladaron a otro departamento en arriendo.

Sin embargo, las oleadas de ataques rusos sumieron a Kiev en el peor apagón eléctrico y de calefacción desde el inicio de la guerra. El suministro eléctrico y térmico permanecía interrumpido durante días. En ese contexto, la pareja comenzó a tener serias dificultades para resistir el frío dentro de su vivienda.

Debido a la capacidad de los ladrillos refractarios de conservar el calor, los ucranianos los calientan en las estufas de gas. Foto: Vsevolod Sevastyánov

Ante la falta de calefacción, Ihor Honcharuk intentó improvisar una fuente de calor colocando un ladrillo sobre un quemador de gas de la estufa. Aunque de algo sirvió, el esfuerzo tuvo resultados muy por debajo de lo esperado. Las condiciones se volvieron insostenibles. Finalmente, la pareja decidió abandonar Kiev junto a su hijo de un año, Markiian, y trasladarse a la casa de un familiar ubicada en un pueblo.

Según relató Yulia Mykhailiuk, la intensificación de los ataques y el deterioro de las condiciones de vida marcaron un punto de quiebre para la familia. “No quiero decir que esto sea incómodo”, dijo a The New York Times la abogada antes de irse de la ciudad. Su hijo, Markiian, estaba envuelto en una bola de lana y chalecos. “Esto es mucho más que incómodo”, aseguró.

Sevastyánov indicó que en muchas zonas urbanas la electricidad está disponible solo dos o tres horas al día. El resto del tiempo, las viviendas se enfrían, las paredes se congelan y la vida cotidiana se vuelve una lucha constante contra el frío y el miedo. Esto porque, comentó, a la dureza física de las circunstancias se suma la presión psicológica de los ataques nocturnos realizados por Rusia.

“¿Qué es lo más difícil?”, se preguntó. “Probablemente cuando, durante esos ataques, estando sin calefacción y solo, caen proyectiles balísticos: esos momentos son los más difíciles psicológicamente”, aseguró.

Según señaló Mykhailiuk, la abogada, existe la percepción entre parte de la población de que un eventual acuerdo de paz podría traer mejoras en la situación cotidiana. No obstante, afirmó que la realidad es opuesta y que las condiciones continúan empeorando, especialmente para quienes permanecen en la capital ucraniana bajo los ataques y el colapso de los servicios básicos.

Termómetro marca poco más de 0 °C en una tarde durante el invierno en Kiev. Foto: Vsevolod Sevastyánov

La estrategia rusa de atacar la infraestructura energética ha convertido el invierno en un arma más de la guerra. Al privar a la población de electricidad y calefacción, Moscú busca empeorar las condiciones humanitarias erosionando anímicamente a la población civil. Frente a ello, las ciudades ucranianas han respondido con planes de emergencia y redes de apoyo que se habían estado reforzando desde el inicio de la guerra.

Terror energético

Desde la estatal Ukrenergo, Valerii Osadchuk, jefe del Departamento de Comunicaciones y Cooperación Internacional, describe a La Tercera los ataques rusos focalizados en la red de transmisión como una campaña sistemática de “terror energético diseñada para empeorar las condiciones humanitarias de los ucranianos”.

Una subestación de energía de Ukrenergo dañada por ataques rusos. Foto: Archivo GLEB GARANICH

Además, los ataques buscan no solo destruir instalaciones, sino impedir la recuperación de la red. Las centrales térmicas e hidroeléctricas han sufrido las pérdidas más graves, mientras que las tres centrales nucleares en territorio controlado por el gobierno ucraniano se han convertido en la “columna vertebral” del suministro eléctrico, según Osadchuk.

El funcionario de Ukrenergo detalló que los daños causados ​​por los ataques rusos se dividen en tres categorías. “Instalaciones reparables en días o semanas. Las que requieren varios meses. Y las completamente destruidas, que deben reconstruirse desde cero”, enumeró.

Sobre el alcance de la reparación del sistema, el portavoz comentó: “Cada nueva oleada de ataques reduce aún más la capacidad del sistema, aumentando el número de instalaciones totalmente destruidas que solo pueden repararse tras el fin de las hostilidades”.

Y la asistencia internacional sigue siendo fundamental, tanto para mantener reservas de equipos y materiales como para financiar la construcción de protecciones físicas antidrones en instalaciones críticas. Más de la mitad de los transformadores clave ya se encuentran bajo estructuras de protección, y se espera completar un segundo nivel de defensa durante el primer semestre de 2026.

Consecuencias lejos del frente

Alejada del frente oriental, en el oeste del país, Lviv enfrenta una realidad distinta, aunque no exenta de riesgos. La ciudad forma parte de la red eléctrica nacional y está sujeta a los racionamientos definidos por Ukrenergo.

El vicealcalde de la ciudad, Serhiy Kiral, explicó a La Tercera que el deterioro de la situación energética llevó al gobierno a incluir por primera vez, desde el 1 de enero, a hospitales, escuelas municipales y subestaciones de transporte eléctrico en los programas de racionamiento.

“La ciudad no aceptó la decisión y, tras las apelaciones, la primera ministra Yulia Svyrydenko se comprometió a modificarla”, indicó Kiral. También señaló que los edificios residenciales con sistemas de calefacción eléctrica pasaron a ser considerados infraestructura crítica, aunque el proceso administrativo para excluirlos de los cortes ha sido lento y burocrático.

“La mayoría de los edificios públicos de Lviv, especialmente en salud y educación, cuentan con generadores diésel y sistemas de respaldo”, detalló Kiral. Esto no es casualidad: antes de la invasión a gran escala rusas, la ciudad había impulsado proyectos financiados por el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) para mejorar su resiliencia, como la instalación de puntos de calefacción individuales en el distrito de Sykhiv -al sur de la ciudad- que permiten regular el suministro edificio por edificio.

También, el municipio puso en marcha programas de apoyo a pequeñas empresas y familias vulnerables, subvencionando la compra de generadores, inversores y baterías de almacenamiento que permiten disponer de electricidad durante varias horas cuando la red está caída.

Olga abraza a su novio Vlodomyr en la estación de tren de Lviv, mientras se despiden antes de su despliegue cercano a la línea del frente. Foto: Archivo KAI PFAFFENBACH

Y, aunque Lviv se encuentra lejos del frente, no ha estado al margen de los ataques rusos. Misiles de largo alcance, los Oreshnik, han alcanzado a la ciudad. El uso de uno de estos misiles la noche del 7 al 8 de enero, sin ojiva armada y que no causó víctimas, fue interpretado por Kiral como “simbólico” y que “pretende enviar un mensaje claro” a la comunidad internacional.

En años anteriores, los ataques causaron muertes civiles y daños a infraestructura crítica, edificios públicos y patrimonio histórico. Con apoyo de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), gran parte del centro histórico fue protegido preventivamente. Hoy, todos los servicios municipales siguen operativos, una resiliencia que, según el vicealcalde, se explica por “los proyectos e inversiones realizados durante los años previos a la invasión”.

Además, Lviv cumple un rol logístico y humanitario clave, cercano a la frontera con Polonia. Alberga el centro nacional de rehabilitación Unbroken, que ha atendido a más de 25.000 pacientes civiles y militares provenientes de todo el país.

También la ciudad es sede de IRON, un conglomerado de empresas tecnológicas. Entre ellas, algunos de los mayores fabricantes de componentes, drones y equipos de guerra electrónica utilizados por las Fuerzas Armadas de Ucrania.

Lviv es una ciudad en la que, debido a su lejanía del frente, la vida todavía continúa con cierto grado de normalidad. Incluso recibe turistas. Pero el vicealcalde explicó que cada mañana a las 9:00, la urbe se detiene para guardar un minuto de silencio en honor a los soldados caídos.

“Este es el recordatorio diario para todos los habitantes y turistas de la ciudad de que la guerra continúa y del alto precio que se está pagando para asegurar nuestra independencia, soberanía y el futuro de nuestros hijos”, concluyó Kiral.

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