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Guerra Civil Española: Las heridas abiertas a 90 años del inicio del conflicto

A nueve décadas de la rebelión iniciada en Melilla, las heridas del pasado siguen formando parte del debate público en España. Historiadores enfatizan que “hay que asumir que las memorias pueden estar divididas y denunciar los usos políticos que se están haciendo sobre el conflicto”.

Los generales Cavalcanti, Franco y Mola, en Burgos en 1936.

Hace 90 años, el 17 de julio de 1936, en Melilla, Juan Seguí Almuzara, general del Ejército español en la reserva, daba la orden de rebelión a las guarniciones militares españolas de la ciudad. El inicio de aquella rebelión se produjo a las 17:17, después de que el general Emilio Mola, capitán general de Navarra, hubiera enviado un radiograma en clave dirigido al también general prófugo José Sanjurjo (en Lisboa), al general Francisco Franco (destacado en Santa Cruz de Tenerife) y al general Juan Seguí (retirado en la reserva militar en la ciudad de Melilla). Era el inicio de la Guerra Civil Española. “Empieza en Melilla, con tiros en la nuca desde el primer momento”, comentó el historiador español Julián Casanova en el programa La noche en 24 horas, de RTVE, sobre cómo fueron las primeras horas del golpe.

Durante la tarde del 17 de julio, todas las guarniciones militares españolas del Protectorado del Rif (tercio norte del actual Marruecos) caerían bajo el control de los rebeldes. Al día siguiente, día 18 de julio, los golpistas ejecutarían la segunda fase del plan de Mola: la rebelión de todas las guarniciones militares de la península, excepto las de Cataluña.

En cambio, fracasaron en el resto de territorios del Estado español, o bien porque el aparato de gobierno republicano convenció a los mandos de no sumarse a la rebelión, o bien porque dichos mandos no se atrevieron a sacar el Ejército a la calle o, tras sacarlo, enseguida regresaron a sus cuarteles, detalla el diario catalán El Nacional.

El general Emilio Mola.

La última fase del plan de Mola se llevó a cabo el 19 de julio en Cataluña, y en Eivissa y Formentera, que habían resistido la primera embestida golpista del día anterior. En las Pitiüses se acabarían imponiendo los golpistas; en Cataluña, en cambio, la respuesta de la Generalitat y de la población civil conduciría a la rebelión militar al fracaso. Barcelona sería la única ciudad del territorio republicano que derrotaría la rebelión por la fuerza de las armas.

El 20 de julio, con el territorio español dividido en dos masas que no tenían suficiente fuerza para imponerse la una a la otra, la situación derivaría de un golpe de Estado inicial a una guerra civil que duraría tres años (1936-1939) y que causaría un millón de muertos y más de medio millón de exiliados.

Sin embargo, la planificación del levantamiento suele situarse a finales de 1935, definitivamente acelerado por el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, pero los movimientos conspiranoicos bullían prácticamente desde el inicio del nuevo régimen. El camino había empezado a recorrerse mucho antes con una dirección precisa.

“Hubo un plan muy concreto y preparado meticulosamente desde antes, no fue ninguna reacción espontánea, sino el producto de una trama monárquico-militar-fascista”, explica el historiador Ángel Viñas, autor de numerosos libros sobre el tema, al medio español El Diario. El experto se muestra contundente frente a las tesis revisionistas que sitúan el origen en una respuesta casi inevitable frente al asesinato, solo unos días antes, del líder de Renovación Española, José Calvo Sotelo. A pesar de que estas son las versiones que se encargó de difundir con ahínco la propaganda franquista, aún hoy siguen teniendo eco.

Mola y no Franco fue el hombre encargado de dirigir el levantamiento. Tampoco fue el elegido para situarse al frente, a pesar de que acabaría liderando el bando sublevado durante la Guerra Civil y se convertiría en dictador durante cuatro décadas. De hecho, según explica Julián Casanova en su biografía, Franco tardó en sumarse al golpe y no fue hasta junio que se comprometió definitivamente. El asesinato de Calvo Sotelo acabó por convencerlo, llegando incluso a considerarlo “la señal”.

El general Francisco Franco llega a Ceuta.

Entonces ya lo estaba esperando el Dragon Rapide, un avión alquilado en Inglaterra. La aeronave lo trasladaría de Canarias a Marruecos el 18 de julio para ponerse al frente de las tropas allí asentadas. En ese momento, el futuro dictador no dirigía la sublevación, pero dos días más tarde, el 20 de julio, José Sanjurjo murió en un accidente de avión mientras era trasladado de Portugal a la península.

“Esto cambia la historia, porque Sanjurjo había sido elegido para presidir la Junta de Militares, que quedaría descabezada. Franco juega sus cartas y gana”, explica a El Diario el historiador Gutmaro Gómez Bravo. La decisión del general de pedir ayuda directamente a la Alemania de Adolf Hitler para pasar a sus tropas desde Marruecos a la península marcó una primera diferencia y “alteró la posición de liderazgo entre Mola y él”. Según escribe Casanova, a partir de la muerte de Sanjurjo, Franco “jugó sus cartas con destreza y ambición” y comenzó a presentarse como el líder de los militares rebeldes.

“Franco, evidentemente, no sólo llega al poder, sino que a partir de ese momento, esa guerra que había empezado como una guerra doméstica, que sigue como una guerra internacional, se convierte en la guerra de Franco, en la guerra de los africanistas, en una guerra con apoyo fascista y nazi fundamental, y en una guerra que al principio la República controlaba, porque se había quedado con las ciudades más importantes”, comentó Casanova en el programa de RTVE, donde también destaca que “no puede ser un pronunciamiento militar clásico por todo lo que está pasando en España y en Europa con un conflicto de clases ideológico, clericalismo, anticlericalismo, la reforma agraria, la separación de Iglesia-Estado”.

Retrato fotográfico de un cuadro del general José Sanjurjo.

“Medio fracasado, (Franco) lo va a convertir en una guerra brutal, cruel, larga, donde se dirimieron muchísimos conflictos. No es una guerra solo ideológica o política, es una guerra que dentro incluye muchas guerras a la vez, pero un apartado internacional muy importante”, agrega en alusión al contingente extranjero que se sumó a ambos bandos: los sublevados recibieron apoyo militar masivo de potencias fascistas, mientras que el republicano fue defendido por voluntarios y la Unión Soviética.

La guerra civil no solo deja cientos de miles de muertos y un exilio masivo, sino también una dura represión y el inicio de una dictadura que se prolonga durante casi cuatro décadas. Tras la muerte de Francisco Franco en 1975, España emprende un proceso de reconciliación política que culmina con la Constitución de 1978 y la consolidación de un sistema democrático.

Las heridas del pasado

Noventa años después del inicio del conflicto, el país es una democracia integrada en la Unión Europea y una de las economías más desarrolladas del mundo, aunque las heridas del pasado siguen formando parte del debate público, consigna la cadena Antena 3.

Las leyes de Memoria Histórica, aprobadas en 2007, y de Memoria Democrática, en vigor desde 2022, buscan reconocer y reparar a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, además de impulsar la localización de desaparecidos y la retirada de símbolos franquistas.

Miles de defensores de la República salieron a las calles de Madrid en 1936 en repudio al alzamiento de los militares comandados por Francisco Franco.

Sus defensores consideran que estas normas saldan una deuda pendiente con quienes sufrieron la represión, mientras que sus detractores sostienen que reabren divisiones ya superadas y utilizan el pasado con fines políticos. El resultado es un intenso debate que continúa ocupando espacio en la agenda política y social.

Mientras la discusión política continúa, miles de familias siguen esperando recuperar los restos de sus seres queridos, fusilados o desaparecidos durante la guerra y los primeros años de la dictadura.

En este escenario, el diario El País se pregunta: “¿Hasta cuándo seguiremos hablando de la Guerra Civil?”. “La dictadura franquista terminó oficialmente con la aprobación de la Constitución de 1978, pero esos tres años siguen omnipresentes en la vida pública española”, sostiene.

En una columna en ese periódico, el escritor y periodista José Andrés Rojo habla sobre el “peligro de las memorias sin fisuras”. “La Guerra Civil está tan lejos que cada cual se siente autorizado a creer que el relato que sirve es siempre el de los suyos, el de aquellos con los que establece una continuidad que nadie puede discutir. Todavía más en tiempos polarizados y con redes sociales. La historia como disciplina ayuda a no irse por las ramas (…), pero en la construcción (política siempre) de una memoria democrática hace falta vacunarse de cualquier identidad que se presenta sin fisuras”, escribe.

En el mismo periódico, el historiador hispano-francés Nicolás Sesma habla de “las luces y sombras” en torno a este hito histórico. “Absolutamente todos los países que han sufrido de un pasado traumático -o sea, todos- reflexionan sobre su historia. En estas condiciones, ¿cómo no vamos a continuar recordando, estudiando y debatiendo nuestra propia guerra civil? Lo excepcional sería no hacerlo. Eso sí que convertiría a España en diferente”, señala.

La tumba del general Francisco Franco, en 2018, antes de ser retirada de San Lorenzo del Escorial, cerca del Valle de los Caídos.

Y agrega: “La historia es una parte importante de lo que somos, de cómo nos percibimos y de la imagen que deseamos transmitir, pero la historia nacional no es un menú del que podamos seleccionar tan solo aquello que nos reconforta, debemos estudiar tanto las luces como las sombras”.

Mientras, la lucha por la Memoria Histórica continúa abierta: los escudos franquistas en Salamanca, la Cruz de los Caídos de Cáceres que el Partido Popular (PP) y Vox quieren conservar, las antiguas reclusas de Yeserías en Madrid o el Monumento a los Caídos de Pamplona muestran las distintas formas de abordar las heridas abiertas por la represión franquista, apunta la cadena SER.

A ellos suman las incógnitas que se ciernen sobre el museo de la Guerra Civil que proyecta el gobierno del PP y Vox en Teruel. La oposición teme que el Ejecutivo de Jorge Azcón (PP), que derogó la ley aragonesa de memoria histórica, cambie el contenido diseñado por dos expertos cuando el PSOE gobernaba en la comunidad autónoma de Aragón.

Julián Casanova, experto en Memoria Histórica y catedrático de Historia Contemporánea, explica el hándicap que supuso para España que la Guerra Civil viniera seguida de décadas de represión fascista mientras en otros lugares de Europa se pudo comenzar cierta reparación: “Se tardó muchísimo en recuperar la memoria de los vencidos”, y en consecuencia, argumenta, “no es casualidad que las dos leyes hayan creado muchas polémicas, porque había ya muchísima gente que desde el principio de la transición y de la democracia pensó que no había que mirar atrás. Y las democracias tienen que gestionar públicamente esos pasados”.

“Tenemos que asumir las enseñanzas que estamos dando sobre la Guerra Civil. Asumir que las memorias pueden estar divididas y denunciar los usos políticos que se están haciendo sobre el conflicto”, concluyó.

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