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Uno de cada dos científicos jóvenes en Chile tiene otro trabajo para llegar a fin de mes

Un reciente estudio de la U. de Chile logró cuantificar la situación que viven cientos de investigadores e investigadoras en el país, situación que se agudiza al enfocarse en las distintas brechas sociales y de género entre los científicos recién iniciados en sus carreras laborales.

Alexia Núñez

Tienen doctorados, publican papers, forman estudiantes y levantan proyectos científicos. Pero, pese a años de especialización, gran parte de los investigadores jóvenes en Chile enfrenta contratos inestables, bajos ingresos y crecientes dificultades para acceder a financiamiento. Esa es una de las principales conclusiones de una investigación de la Universidad de Chile aplicada a 267 científicos con menos de 10 años desde la obtención de su PhD, la cual registró las condiciones laborales y académicas de quienes hoy sostienen buena parte de la producción científica del país. Los resultados no son positivos.

La publicación aparece en un contexto de discusión presupuestaria para el Ministerio de Ciencia. Las investigadoras advierten que eventuales recortes o revisiones de programas podrían profundizar un escenario que ya consideran crítico.

El estudio reunió respuestas de investigadores que actualmente trabajan en universidades y centros de investigación del país. Del total, el 58,8% pertenece a ciencias naturales, seguido por áreas de ingeniería (13,3%) y ciencias sociales (10,9%).

Aunque el panorama laboral aparece marcado por la precariedad, los investigadores mantienen una alta valoración de su trabajo. El 88% declara satisfacción con el desafío intelectual, la autonomía y el impacto social de hacer ciencia. Sin embargo, esa motivación convive con condiciones que los propios autores califican como “estructuralmente frágiles”.

“Tenemos científicos muy capacitados, muy contentos con el desafío intelectual, pero con un muy bajo porcentaje de contratos indefinidos y de obtención de proyectos”, explica Valentina Parra, investigadora del Centro Avanzado de Enfermedades Crónicas (ACCDiS) y una de las autoras del estudio. “Se produce un desajuste entre la excelencia de la formación y las posibilidades reales de consolidar una carrera científica”, agrega.

Uno de los principales hallazgos apunta al sistema de financiamiento estatal para investigación. En Chile, el programa FONDECYT Iniciación es la principal puerta de entrada para científicos jóvenes. Ahí, los niveles de adjudicación son relativamente altos. El problema aparece después.

El paso desde esos proyectos iniciales hacia fondos más competitivos, como FONDECYT Regular, se ha convertido en un verdadero cuello de botella. Según el estudio, muchos investigadores simplemente dejan de postular porque consideran que no tienen suficientes antecedentes académicos o porque el proceso requiere un tiempo excesivo frente a las bajas probabilidades de éxito.

“Muchos proyectos eran evaluados como muy buenos o excelentes, pero aun así no eran financiados por falta de presupuesto”, sostiene Alexia Núñez, académica de la Facultad de Ciencias de la U. de Chile y coautora del estudio. “La sensación que teníamos era que existía una barrera importante en la progresión de la carrera académica, y esta encuesta permitió ponerle números a esa percepción”, señala.

De acuerdo con los resultados del estudio, cerca de la mitad de quienes postulan a FONDECYT Regular logran adjudicarse recursos. El problema se ha agravado porque el número de postulaciones ha crecido, mientras el presupuesto disponible se ha mantenido relativamente estancado.

Las consecuencias impactan directamente en la estabilidad laboral. Casi la mitad de los investigadores jóvenes declaró tener un segundo empleo para complementar ingresos.

En concreto, un 49% de los encuestados declaró tener otro trabajo además de su labor principal como investigador y, aun entre quienes cuentan con contratos de jornada completa, un 34% también mantiene un empleo adicional. En promedio dedican unas 5 horas semanales a estas actividades externas, que se distribuyen entre docencia en otras instituciones, servicios independientes, apoyo en universidades o centros de investigación, y trabajos en empresas.

“Eso habla de una alta precariedad laboral”, dice Parra. “Estamos hablando de personas altamente especializadas que, aun trabajando en investigación, necesitan otras actividades para sostenerse económicamente”.

Ciencia, cuidados y brechas

La encuesta también detectó diferencias importantes entre hombres y mujeres en la trayectoria académica. Uno de los datos más significativos tiene relación con las labores de cuidado. Las investigadoras reportaron dedicar en promedio 43,5 horas semanales a tareas de cuidado de niños, adultos mayores u otras responsabilidades domésticas, frente a 28,2 horas en el caso de los hombres.

Esa carga tendría efectos concretos en el desarrollo de carrera. Mientras cerca del 48% de los hombres encuestados postula a FONDECYT Regular, solo un 27% de las mujeres lo hace.

“Las mujeres postulan menos a fondos regulares y eso puede terminar profundizando las brechas de género en la carrera académica”, afirma Núñez. “Muchas universidades exigen haber dirigido proyectos FONDECYT Regular para avanzar en jerarquía académica. Si las mujeres postulan menos, esas diferencias se acumulan”.

Las autoras plantean que el fenómeno podría estar asociado tanto a las responsabilidades de cuidado como a percepciones de insuficiencia curricular en sistemas de evaluación altamente competitivos y centrados en productividad científica.

Valentina Parra. Foto: Felipe Barahona López.

El estudio advierte que estas desventajas se van acumulando con el tiempo y ayudan a explicar el denominado “gráfico de tijera” en la academia. Aunque hombres y mujeres ingresan en proporciones similares a carreras científicas, la presencia femenina disminuye progresivamente en niveles superiores de la carrera investigativa.

“Estamos invirtiendo en formar profesionales altamente capacitados y después no tenemos cómo retenerlos”, plantea Parra. “Si además empiezas a revisar o reducir programas de postdoctorado o investigación asociativa, terminas desmantelando capacidades que costaron años construir”.

Núñez coincide. “El sistema está estresado. Hay tanta competitividad y tanta dificultad para avanzar, no por falta de mérito sino por falta de presupuesto”, afirma.

Entre las principales recomendaciones del estudio se propone aumentar el financiamiento público en ciencia, crear programas intermedios de transición entre FONDECYT Iniciación y Regular, proteger tiempos de investigación para personas con responsabilidades de cuidado y ampliar los criterios de evaluación académica más allá de las publicaciones científicas.

Pese a todo, las investigadoras destacan que la motivación de quienes trabajan en ciencia sigue siendo excepcionalmente alta. “Hay una convicción muy profunda de que lo que hacemos es útil para Chile”, dice Núñez. “A pesar de todas las barreras, la gente sigue muy comprometida con investigar, formar estudiantes y aportar desde la ciencia. Y justamente, por eso, cualquier mejora en el sistema podría tener un impacto enorme”, concluye.

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