Opinión

Anti frívolos

Hace más de cinco años escribí en este mismo espacio una columna titulada “El Anti frívolo”. Estaba inspirada en un libro de Carlos Ruiz-Tagle llamado Los anti frívolos, que hablaba de chilenos que no buscan la figuración pública, que tienen una profunda interioridad, desprendimiento frente a lo superfluo, firmeza en sus vocaciones y consecuencia con ellas.

Entre esas personas (los textos fueron escritos entre 1986 y 1988), el autor le dedicaba capítulos a Samuel Román, Ricardo Yrarrázaval, Nicanor Parra, Francisco Coloane y varios más. En mi texto de 2021, usaba ese concepto para referirme a un hombre que admiro cada vez más: Pancho Dittborn, fundador del Museo Taller.

Esta vez, y con la sensación de que poner en valor a personas que están al lado opuesto de la frivolidad es cada vez más necesario, quiero destacar a dos anti frívolos, líderes que para mí son héroes urbanos y cuya visión y determinación ha mejorado la vida de millones de personas. Ambos tienen en común el arte público y el hecho de haber estado más de tres décadas en sus respectivas instituciones. Me refiero a Álvaro Rojas, el ex rector de la Universidad de Talca, y a Javier Pinto, quien dejó hace pocos meses la dirección de Metro Arte en el Metro de Santiago.

Comencemos con Álvaro Rojas, rector de la U. de Talca entre 1991 y 2018, salvo su interrupción mientras ejerció como ministro de Agricultura y posteriormente como embajador de Chile en Alemania en el gobierno de Bachelet. En su sólida gestión, logró que Talca tuviera una institución académica de excelencia, con miles de alumnos que estudian en esa ciudad, así como en Linares, Curicó, Santa Cruz y Santiago. Y en el Campus Lircay, el más grande de esta universidad, desarrolló un parque de esculturas que, probablemente, es el más importante de nuestro continente y el cual “se inserta en una propuesta artística y cultural que además de actividades vinculadas a la plástica como el desarrollo de una Pinacoteca Regional, de un Museo de Arte Contemporáneo, incluye el fomento y desarrollo de la música a través de la Escuela de Música, los Coros Universitarios y la Orquesta Juvenil; el desarrollo de medios de comunicación, tales como la radio, la televisión y otros medios escritos; la consolidación de una Editorial Universitaria y un conjunto de otras actividades vinculadas al desarrollo y bienestar cultural de la población de nuestro espacio geográfico”, explica Rojas.

¿Por qué es fundamental esa concentración de cultura en un campus?, ¿por qué hacer un parque de esculturas tan ambicioso? Tomo algunas frases del discurso de Álvaro Rojas en el cierre de una exposición del escultor Sergio Castillo en Lo Matta, para responder: “Estimábamos que crear un espacio público para la escultura era una forma concreta de transformar los espacios comunes en símbolos de identidad colectiva; de democratizar el arte, visibilizarlo y hacerlo accesible a todos; fomentar la memoria histórica y destacar el trabajo de grandes escultores, como Nicanor Plaza, Lily Garafulic, Francisco Gazítúa, José Vicente Gajardo, Mario Irarrázabal, Federico Assler y Sergio Castillo, entre otros; crear puntos de encuentro que fortalecen la vida comunitaria. En síntesis, un espacio público que es capaz de educar, conectar y fortalecer una identidad colectiva”. Para ponerse de pie, ¿no?

Vamos con Javier Pinto, un gigante que es mucho menos conocido de lo que debiera. En sus más de 30 años liderando la Corporación Metro Arte, este arquitecto logró que se llevaran a cabo 89 murales, la gran mayoría de altísima calidad, lo que se traduce en 11 mil metros cuadrados de arte, es decir, una de las colecciones de arte público más importantes de Latinoamérica y que ven los 55 millones de pasajeros que tiene Metro cada mes.

“Para mí el arte público es lo mínimo que se merecen los usuarios de un sistema de transporte como el nuestro. No entregar arte sería una mezquindad”, me dijo esta semana en el programa Santiago Adicto en radio Duna, conversación en la cual compartió sabrosos detalles del mural más importante de todos: “Memoria visual de una nación”, esos 1200 m2 de arte sublime que Mario Toral estuvo pintando durante cuatro años en los talleres de Neptuno, donde se construyó una estructura metálica que replicaba a la estación de la Universidad de Chile, en la cual se instalaría finalmente.

“Estoy convencido de que, sin Javier Pinto, el metro de Santiago no sería lo que es hoy. Lo que se ha entregado a Santiago con 89 murales y casi 30 dioramas como regalo a la ciudad es incalculable”. Son las palabras que dijo hace poco Guillermo Muñoz, presidente de Metro de Santiago. Imposible estar más de acuerdo. Hombres como Javier Pinto y Álvaro Rojas son inmensos gestores que han hecho de este país un mucho mejor lugar. Gracias de corazón.

Por Rodrigo Guendelman, conductor de Santiago Adicto de Radio Duna.

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