Por Alejandro WeberCaminar y mascar chicle

Tenemos la obligación de volver a crecer. Aun cuando el Banco Central ajustó al alza el desempeño del 2025, la economía mostró una marcada ralentización los últimos trimestres: mientras la primera mitad del año crecimos un 3,3%, el segundo tiempo lo hicimos apenas un 1,7%, lo que fue refrendado por la contracción del Imacec de enero de 2026. A ello debemos sumar el efecto inflacionario de la guerra del Medio Oriente.
Pero en paralelo tenemos que recortar en forma rápida y permanente un gasto fiscal que sabemos ya no podemos financiar. Según el último Informe de Finanzas Públicas, los compromisos de gasto para 2026 son de 23,8% del PIB, pero los ingresos solo del 22% del producto. El déficit estructural sería de a lo menos 2,7% del PIB y el efectivo de 1,8%, todo a la espera de las cifras actualizadas que dará a conocer el nuevo gobierno. La caja está casi en cero, dada la envergadura de las obligaciones del Fisco, que tan solo en marzo ascienden a unos US$7.500 millones. En simple, no hay plata.
Crecer y recortar. La ecuación no es fácil, y es que la herencia no es buena.
Para recuperar la actividad, el plan es conocido: incentivos bien puestos y recuperar la confianza. Y en ello la rebaja del impuesto corporativo es prioritaria. No es razonable que Chile sea el único país miembro de la OCDE que durante los últimos 20 años subió la carga tributaria de las empresas, muy por sobre el promedio, mientras 34 de los 38 países integrantes la bajaron.
Menos impuesto corporativo significa más inversión, más empleo formal y mayores ingresos de mercado para los trabajadores. Sin embargo, tiene un costo fiscal que debe ser compensado. Cada punto de rebaja en la tasa de primera categoría implicaría en términos netos 0,09 puntos del PIB de menor recaudación (Comisión Marfan). Así, rebajar de 27 a 23 puntos tendría un costo fiscal de 0,36% del PIB. La buena noticia es que existen al menos tres mecanismos viables y complementarios para enfrentar este desafío ineludible frente a la actual crisis de las finanzas públicas.
Primero, gradualidad. Es muy distinto rebajar los 4 puntos en forma inmediata versus hacerlo progresivamente y con un calendario conocido. Si bien el impacto en el repunte de la inversión será sustantivamente menor, las otras medidas del plan económico -como la reducción de la permisología y la invariabilidad tributaria- podrán contrarrestar este efecto.
El segundo mecanismo es garantizar por ley ajustes permanentes del gasto fiscal por esa magnitud. El gobierno ya anunció recortes para el primer año por US$4.000 millones, los que deberán ratificarse en las sucesivas leyes de presupuesto y para asegurar su permanencia en el tiempo. Manteniendo los demás ingresos constantes como proporción del PIB, si el gobierno lograra rebajar US$8.000 millones de gasto permanente en los cuatro años, habrá al mismo tiempo reducido significativamente el déficit y compensado en buena parte la menor recaudación.
El tercer mecanismo es buscar otros instrumentos recaudatorios. Algunos plantearán revisar las exenciones tributarias aún vigentes; otros abogaremos por avanzar en una regulación moderna, pro consumidor y pro mercado de las apuestas en línea, lo que en régimen permitiría recaudar 0,1% del PIB.
En tiempos difíciles tenemos que hacer las cosas diferente, aun cuando sea impopular. Algunos, con poca evidencia y relatos antiempresa, buscarán frenar la rebaja de impuestos. Sería irresponsable omitirnos de tomar acciones que sabemos tendrán un efecto positivo en el empleo y los ingresos de las familias, lo que nos obliga a caminar y mascar chicle al mismo tiempo.
Por Alejandro Weber, decano Facultad de Economía, Negocios y Gobierno, Universidad San Sebastián
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