Columna de Alfredo Jocelyn-Holt: Abogados



No termina por entenderse, tratándose no de una, sino de una serie de... ¿meras coincidencias? Ante el descaro de los indultos, por de pronto, nadie repara en que hay un gremio de abogados de por medio. Se hizo evidente, ya antes, en la Convención, cuando en el intento por desestabilizar el país, se involucraron togados cómplices, otros complacientes. Lo mismo ocurre con el debate público (¿que ha resuelto o ha empeorado el desgaste institucional?), y lo de antiguas salas de estudio del Derecho en las que, se supone, debiéramos inculcar niveles de excelencia a futuros egresados, aunque algunos llegan donde llegan, y nos dejan en vergüenza. Si es como para pensar que el enredo se debe a la profesión misma de abogado, como se practica y visibiliza, y eso que gente seria la hay, de acuerdo, pero dónde está, y qué hace que no pone el grito en el cielo.

Antes se podía contar con, al menos, una izquierda puntuda. Ahora, el progresismo se ha mimetizado a tal grado que pretende presidir el sistema. Pienso en Honoré Daumier quien destinaba al banquillo de los acusados a los propios “colegas” con sus caricaturas. Prepotentes, demagógicos, teatrales, así los inmortalizó, dando con arquetipos que medio mundo veía pero nadie captara antes icónicamente. Que es lo que ahora hace falta, un Daumier azote, habiendo sinvergüenzuras campantes.

La “judicialización” de todo (derechos, política, educación, salud, clima) que antiguamente se asociara a picapleitos, leguleyos, rábulas y tinterillos, viejos términos, nunca más pertinentes-vea usted-nadie se atrevería a llamarlos ahora por su nombre. Tampoco ese otro afán de “juristas”: dárselas de filósofos o teóricos en que lo único que dejan ver es su complejo por no haberse dedicado a disciplinas de más peso intelectual. O, andar diciendo que son abogados de quien sea, que toda persona merece ser defendida, por cierto, pero siempre por profesionales ante los cuales el cliente más culpable no necesita sentirse contrito, así no más la cosa nostra, uno sospecha. En realidad, solo a abogados se les podría haber ocurrido lo de un abogado del diablo; el diablo no requiere defensa a no ser que los jueces sean aun más de cuidado.

Según Daumier, “no hay nada más fascinante en el mundo que la boca de un abogado en plena acción”. En Pío Nono se piden votos sin empacho, hasta para ser decano, al tenor de “No digo que siempre cumpla con la ética, pero la ética es un tema importante para mí”. Ahora, que un personaje así de turbio fuese elegido por sus pares confirma que este atrevimiento no es sólo suyo, es corporativo. Fritz Novotny, agudo observador de la obra de Daumier, hace notar que la única sinceridad de sus abogados, es cuando, al final de un juicio en que pueden haber sido hasta fieros adversarios, se intercambian miradas congratulatorias.

Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

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