Por Pablo OrtúzarEl Papa frente al emperador
El 5 de abril fue Domingo de Pascua. Los cristianos celebraron la Resurrección de Jesús, que representa el triunfo final de la vida frente a la muerte. Si Jesús hubiera simplemente muerto en la cruz se habría confirmado la idea de que era, a lo más, otro profeta judío. Pero la cripta vacía mostraba que realmente era el Cristo en quien se cumplía la promesa hecha por YHWH al Rey David. Jesús era, efectivamente, la cabeza de un reino que no es de este mundo y que no tendrá fin, al cual todos estamos invitados.
Ese mismo domingo el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó en sus redes sociales: “El martes será el día de las plantas de energía y el día de los puentes, todo en uno, en Irán. ¡Será una cosa nunca antes vista! Abran el puto estrecho, bastardos dementes, o van a vivir el infierno. ¡YA LO VERÁN! Alabado sea Alá”. Dos días después, el martes señalado, Trump remarcó su amenaza: “Toda una civilización morirá hoy, para nunca retornar. No quiero que eso pase, pero probablemente ocurrirá... ¿QUIÉN SABE? Lo descubriremos hoy en la noche, uno de los momentos más importantes en la larga y compleja historia del mundo”.
De este modo, lo que había comenzado el día 28 de marzo con un bombardeo en el que murieron varias figuras del brutal régimen iraní, el cual fue acompañado de llamados a la población civil a tomar el poder, terminó en una amenaza existencial dirigida no sólo contra la dictadura, sino contra la misma población civil que se pretendía liberar. Ante esta desmesura, escupida sobre el mundo el mismo día en que Cristo venció a la muerte, era lógico y necesario que los líderes espirituales cristianos alzaran la voz.
Esto fue lo que hizo el Papa León XIV, destacando que “hoy, como todos sabemos, todo el pueblo de Irán se encuentra amenazado, y esto es realmente inaceptable… Hay en esto, sin duda, violaciones al derecho internacional, pero incluso más allá de eso, está en juego la pregunta moral respecto al bien de la población mundial”. La reacción de Trump fue postear insultos contra el Papa, llamarlo “liberal” (“progresista”) y acusarlo de justificar que Irán tenga armas atómicas. Acompañó estos insultos con imágenes de sí mismo como Jesús, realizando milagros. El Papa respondió diciendo que no le tenía miedo a Trump, que él no era un político y que su postura se sostiene en el Evangelio. Luego condenó a los tiranos que, haciendo mal uso del nombre de Dios, están arrastrando al mundo hacia la guerra.
Este cruce tiene ecos profundos del pasado. Las persecuciones contra los cristianos en el Imperio Romano recrudecieron cuando los emperadores intentaron deificarse a sí mismos en clave pagana. Eso cambió con Constantino, el primer emperador cristiano. Bajo la tutela teológica de Lactancio y de Osio de Córdoba, consolidó la Iglesia y su entramado institucional. Pero alejado de ambos obispos y obsesionado con su rol personal en la historia de la salvación humana, comenzó a distorsionar la Trinidad y a creer que él era un nuevo Cristo, cayendo en una tentación parecida a la de sus predecesores. La cripta de Constantino en Constantinopla, de diseño propio, lo ponía en el centro del sepulcro, rodeado de 12 otros féretros que representaban a los apóstoles. Todo el que llega al poder es tentado.
Al enfrentar la desmesura de Trump, quien este año incluso acuñará monedas con su rostro, rompiendo una larga tradición, León XIV sigue los pasos de figuras tan grandes como Hilario de Poitiers, Atanasio de Alejandría, Ambrosio de Milán, el mismo Osio de Córdoba o Agustín de Hipona. Sin ir más lejos, el emperador Teodosio fue excomulgado por Ambrosio y obligado a hacer penitencia pública por masacrar a la población civil en Tesalónica. Algunos comentaristas han destacado, quizás correctamente, que la postura de León XIV debe ser afinada para no sonar como simple pacifismo. Pero nadie pone en duda que es importante, y parte fundamental de su rol, que el Papa recuerde a los poderosos de este mundo que su autoridad proviene de Dios –es prestada- y que su límite son los mandamientos divinos. Los católicos, por cierto, estamos llamados a cerrar filas en el asunto central de su mensaje: el poder temporal no tiene derecho a desafiar a Dios.
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