Columna de Daniel Matamala: El ruido y las nueces



Hoy y mañana se cumple un año de la elección de la Convención Constitucional. Y no hay ánimo de festejos. El entusiasmo se fue apagando, reemplazado por una mezcla de indiferencia y ofuscación. El borrador de la nueva Constitución está listo, y ahora sólo queda el trabajo de tres comisiones: la de Armonización, que debe ensamblar las piezas sueltas para convertirlas en un rompecabezas coherente; la de Normas Transitorias, que definirá la transición entre el viejo y el nuevo régimen; y la de Preámbulo, que añadirá un texto inicial a un borrador ya excesivo en retórica.

En el balance de estos 365 días, podemos decir que la Convención fracasó en conservar la fe depositada en ella.

Hace un año, según la encuesta Cadem, los convencionales contaban con la confianza del 63% de los chilenos. Zarpaban con viento a favor. En contraste con la élite política tradicional, su composición era más parecida al Chile real. Mitad de mujeres. Promedio de edad: 45 años. Dos de cada tres, provenientes de colegios públicos o subvencionados. La mayoría con educación superior, pero habitantes de mundos diferentes al círculo de poder de Santiago.

Un año después, esa identificación se esfumó. Hoy, según Criteria, sólo el 25% aprueba su gestión, y el Rechazo saca 8 puntos de ventaja al Apruebo.

¿Por qué?

En parte, por las desmesuras, excentricidades y payasadas de los mismos convencionales. Hubo demasiado ruido, mientras las nueces tardaban en aparecer. El fraude de Rojas Vade infligió un daño irreparable, y los sahumerios, votos desde la ducha, garabatos y gustitos varios lo profundizaron. Por la pandemia, por la falta de tiempo, por la ausencia de un tejido social organizado, por la soberbia de los propios constituyentes, la Convención se encerró en su torre de cristal y perdió contacto con la ciudadanía. El gran diálogo nacional para arribar a un pacto social no se dio en la Convención. Ya no fue.

A ello se suma una sistemática campaña de desinformación. El último ejemplo fue acusar que se acaba la autonomía del Banco Central, por parte de los convencionales Neumann (“#QEPD: Autonomía del Banco Central. Cada día peor... #TitanicConstituyente”), Jürgensen “(¿Y la AUTONOMÍA absoluta? ¿Y la Inflación? ¡Voto en CONTRA!”) , Arrau (“adiós a la autonomía del BC”) y otros.

Lo increíble es que la norma que denuncian (que el BC “deberá tener presente la orientación general de la política económica del gobierno”), es una copia textual de la actualmente vigente, cuya mantención fue pedida a la Convención por el propio Banco Central.

El convencional Zúñiga llegó aun más lejos. Tuiteó “A lo Argentina!!! Se aprueba definitivamente la destitución de los consejeros del Banco Central por el Congreso Plurinacional. “Si no haces esto, te me vas”. Se acaba la autonomía del Banco Central”. Y a continuación, posteó una foto del texto aprobado, que dice todo lo contrario: sólo podrán ser destituidos por la Corte Suprema.

Unas declaraciones altisonantes del convencional Stingo también sirvieron para la campaña “te robarán tus ahorros”. La verdad es que Stingo hablaba del sistema futuro, no de los ahorros acumulados, y sólo daba su opinión personal: la nueva Constitución no define un esquema de pensiones específico. Ese sistema lo definirá el Congreso, no Stingo ni ninguno de los otros convencionales. Pero es más útil para ciertos intereses cortar un pedazo de la frase, descontextualizarla y expandir la campaña del terror.

Pero el problema es más profundo. La evaluación de los convencionales, pese a todas sus barrabasadas, no es peor que la que padecen senadores o diputados. El mismo presidente Boric, recién elegido con la mayor votación de la historia republicana, vio sus números hundirse a velocidad también récord.

Lo que está en cuestión es la idea misma de la representación. Los ciudadanos no están dispuestos a delegar su poder en un mandatario. Sea viejo o joven, experimentado o primerizo, provenga de la élite o de las entrañas del pueblo, basta que se calce el traje de “autoridad” para que la desconfianza caiga sobre él.

Es un fenómeno mundial, en que ciudadanos empoderados por las redes sociales y por métodos de acción directa, rehúyen cualquier mediación como una trampa. Cantan, a coro con la premonitoria canción de Los Prisioneros que “No necesitamos banderas”, y que “Declaramos romper / de forma oficial / los lazos que nos pudieron atar alguna vez / a alguna institución / o forma de representación / que nos declare parte de su total”.

La imposibilidad de representar es una daga clavada en nuestra democracia representativa. Pero, si los convencionales no lograron superarla, ¿significa que la Constitución que escribieron está también condenada al fracaso?

No necesariamente.

Los dos tercios cumplieron su tarea. Las ideas más radicales, que tanta tinta consumieron en estos meses, quedaron, como era previsible, fuera del texto final. En palabras del presidente de Codelco y exejecutivo de empresas Máximo Pacheco, en temas económicos como el derecho a la propiedad, el texto “está a la derecha de muchas constituciones europeas, como la de Alemania”.

En asuntos sociales como salud o pensiones, se destraban los candados que había dejado la dictadura, pero dejando al debate legislativo el detalle de la operación de los nuevos sistemas.

La misma encuesta Criteria que muestra al Rechazo con ventaja, revela que una mayoría cree que, de ganar el Apruebo, “se garantizarán los derechos sociales”, “la democracia funcionará mejor” y “volverá a crecer la economía”, entre otras consecuencias positivas. El triunfo del Rechazo, en cambio, se asocia a efectos negativos como “decepción y frustración”, y “un modelo económico más injusto”.

Las cartas no están echadas. Que comience a apagarse el ruido de la Convención, puede abrir espacio para analizar en su mérito, con sus luces y sombras, la calidad de sus nueces.

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