Columna de Gonzalo Cordero: Sería tremendo

Hospitales en pandemia: Una mirada al funcionamiento en Temuco

FOTO: MARCOS MALDONADO/AGENCIAUNO



En una actividad en que la ministra de Salud hacía uso de la palabra expresó, con genuina preocupación, que en un tiempo más el gobierno podía verse enfrentado a una situación del todo indeseable: una marcha en que la gente pida poder elegir con quién se atiende. Remató su terrorífico relato diciendo “sería tremendo”.

Nunca pensé que podía estar tan de acuerdo con lo expresado por la ministra, sus palabras son proféticas, pues la actual administración y la mayoría de la Convención Constitucional están convencidos que, por razones de eficacia y de justicia, el país debe tener un solo sistema de salud en el que, reunidos todos, tendremos acceso a la dignidad y eficacia universal.

El vicepresidente de la Convención, de hecho, lo explicó “con peras y manzanas”: el sistema actual tiene muchos incentivos -dijo- a que los prestadores atiendan en el sector privado, entonces, hay pocas horas disponibles en los centros estatales de salud; hay que terminar con eso, de manera que ni los médicos ni los pacientes puedan elegir. Así, si estuviéramos “en el mismo lodo todos revolcados”, al decir de Santos Discépolo, se resolverían nuestros problemas o, al menos, todos esperaríamos, padeceríamos y nos moriríamos democráticamente igualados.

Pero lo más probable es que ello no ocurra, porque antes la gente hará algo “tremendo”: marchará exigiendo su derecho a elegir. Y es verdad, porque eso somos los seres humanos, homínidos con una cualidad extraordinaria que llamamos discernimiento moral, que nos impulsa a discernir entre alternativas múltiples, desde las más pequeñas, hasta las más relevantes. La lucha porque esa facultad nos sea reconocida es nada menos que la lucha por la civilización, por la libertad individual que se materializa primero en la igualdad ante la ley y después por un sistema de reglas racionales y objetivas, en que la fuerza deja de ser el poder que nos gobierna.

Ese discernimiento moral nos permite tener una visión propia del bien y del mal, de lo mejor y lo peor, de lo justo e injusto, todo lo cual nos llama a configurar y aspirar a esa otra maravilla civilizatoria que es tener el derecho y la posibilidad de elegir y desarrollar un proyecto de vida. Pero nada de esto le gusta al socialismo, con natural perspicacia lo encuentra “tremendo”, porque en ese caos de opciones y voluntades libres se frustra su deseo de imponer desde el Leviatán colectivo sus definiciones únicas de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

Probablemente por eso el socialismo, como todos los colectivismos, genera personas adustas, de expresión amarga, de sonrisa difícil, pesimistas que intuyen que, antes o después, enfrentarán la rebelión que bota muros, hace caer imperios y expande los confines de la libertad.

Alberto Cortez escribió: “Qué suerte he tenido de nacer/ para tener la opción de la balanza/ sopesar la derrota y la esperanza/ con la gloria y el miedo de caer. Tiene razón la ministra: es tremendo, pero también es maravilloso. Claro, salvo que uno sea socialista.

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