Columna de Yanira Zúñiga: La rabia

Martin Luther King



Por Yanira Zúñiga, profesora del Instituto de Derecho Público Universidad Austral de Chile

En su más famoso discurso, pronunciado en 1963, Martin Luther King comparaba el movimiento por los derechos civiles con el empeño de “cobrar un cheque, devuelto con un sello de fondos insuficientes”. La sociedad estadounidense había contraído en diversos instrumentos (la Proclama de Emancipación, la Declaración de Independencia y la Constitución) una deuda de igualdad que, sin embargo, se negaba a pagar, perpetuando la discriminación racial y el empobrecimiento crónico de la población negra. Así, “los grilletes de la discriminación” permanecían y “la vida del negro era una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material”. King descartó que el pago de ella pudiera postergarse en el tiempo. Pasar por alto la urgencia y vitalidad de la manifestación (“1963 no es un fin, sino un principio”-vaticinaba), suponía tomar “la droga tranquilizadora del gradualismo” y tolerar que “los remolinos de la revuelta continuaran sacudiendo los cimientos” hasta que la justicia emergiera. El tiempo le dio la razón.

Además del carisma de su autor, tal discurso ha sido destacado por su pacifismo. ¿No había, entonces, trazos de rabia o resentimiento en este? Por supuesto que sí. En el tono utilizado por Martin Luther King habrá incluso quien observará un espíritu amenazante (“No, no estamos satisfechos, y no estaremos satisfechos hasta que la justicia nos caiga como una catarata y el bien como un torrente”-ahí dice). Pero, es obvio que esa rabia ante la injusticia transitó hacia otras emociones, se apartó voluntaria y conscientemente de la violencia (“No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física”-instó a los suyos) y convocó a edificar un sueño común. Por eso ha pasado a la historia justamente con ese título: “I have a dream”.

La campaña por el Rechazo sostiene que la rabia no puede originar una constitución adecuada, en alusión al estallido social como desencadenante del proceso constituyente. La rabia sería, entonces, un pecado original (aparentemente para algunos más grave que el de una dictadura) que lo contaminaría todo. Según Bernardo Fontaine, “ninguna buena decisión se toma con rabia y por eso necesitamos ir por una [constitución] mejor, basada en el amor a Chile y las tradiciones”. Pero como lo ha mostrado Martha Nussbaum en un libro dedicado a la ira, el resentimiento, el perdón y la justicia, no toda la rabia equivale a venganza o a una aflicción permanente. Hay un tipo de rabia que transita hacia otra emoción y se enfoca en la creación de un bienestar futuro, tiene como meta la justicia. Es esa rabia, transmutada en sueño común, la que impregna al discurso del Dr. King. Aunque la rabia haya precipitado un itinerario constituyente, tampoco impregnó la propuesta constitucional. En el camino mutó a un proyecto comprometido con la justicia y el bienestar. No hay rabia ni venganza en una propuesta normativa atravesada por ideas de solidaridad, interdependencia, responsabilidad y cuidado.

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