Por Álvaro OrtúzarCuando el poder es aliado de la fe

No habíamos visto en Chile este fenómeno político-social. Judith Marín, en apenas un par de días, ha concitado la atención pública. Cómo no, si asumirá como ministra de la Mujer esta joven evangélica que con pancartas y voces el año 2017 proclamaba su rechazo a la ley de aborto. Fue desalojada del Congreso por eso. Más tarde explicitó sus creencias afirmando que lo valórico es la vida del que está por nacer desde la concepción hasta la muerte natural, la familia como núcleo fundamental de la sociedad y el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos.
El solo anuncio de su cargo de poder ha desatado críticas ácidas. Unos dicen que se perderán años de construcción democrática de los derechos de las mujeres, otros que es grave que la cartera sea dirigida por un partido que no separa religión y política, y aún otros afirman que resulta una afrenta que la futura ministra llegue con una agenda conservadora y dispuesta a debilitar la institucionalidad que hoy rige en materia de derechos de la mujer. Desde la esquina de la rabia y la intolerancia, Karol Cariola la ha llamado “exorcista” y el diputado Vlado Mirosevic la tilda de fanática religiosa que no respetará nuestro Estado laico.
El feminismo en el mundo es un movimiento que ha resultado exitoso en alinear los derechos de las mujeres con el aborto. En Chile logró la dictación de la ley de aborto en tres causales y eso es aceptado por la sociedad. Pero lo que ha sido constatado por especialistas no se refiere al triunfo de los derechos sobre el cuerpo, sino que en aspectos fundamentales el feminismo ha fracasado y está en deuda con las mujeres. No se advierte en su agenda -y podrían ser muy bien representados en esto por Judith Marín- un programa para erradicar la prostitución y la trata de explotación sexual con que las mafias organizadas se enseñorean y lucran. Tampoco parece ser su problema la hipersexualización femenina y la violencia que eso le ha significado. Estas aspiraciones en resguardo de la dignidad de las mujeres no son banderas de lucha que ondeen las feministas chilenas. Las voces fuertes surgen de los grupos que se radicalizan y alcanzan representación política desde donde hablan y critican sin resultados concretos. Una cosa es avanzar en la igualdad de género, en el respecto a los derechos laborales de las mujeres, a su derecho a ocupar los mismos cargos que los hombres, que reciban un sueldo igual o superior a un hombre cuando desempeñan cargos similares. Nadie discute ni existe resistencia a esos avances convenientes para la sociedad. Lo que resulta violento es que el diputado DC (de C no tiene nada) ironizara aparentando defender a Judith Marín de la “canutofobia”. Grosero, injusto y machista. Debió defenderla, en primer lugar, por ser mujer. ¿No es eso lo que predican?
A nuestro juicio, invocar que una mujer cristiana no pueda ser ministra de la Mujer por su condición de creyente y por sus convicciones valóricas es un ataque a miles que profesan su misma fe. Y a quienes somos laicos pero respetuosos de las convicciones de los demás, nos resulta inaceptable el portazo que se le quiere dar anticipadamente, sin siquiera haber presentado su programa.
Por Álvaro Ortúzar, abogado
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