Opinión

De la tribuna al Estado: lo que la campaña no enseña

En política, las campañas se construyen con megáfono. El malestar social se convierte en consigna, y la consigna en promesa. En Chile, tras años de crisis de confianza, reducir los sueldos estatales fue una bandera fácil: un gesto de austeridad para una ciudadanía harta de los privilegios de la clase política. Pero gobernar no es hacer campaña. Y ese muro lo enfrenta hoy el Presidente Kast en, al menos, dos frentes.

El primero es el de las remuneraciones a los asesores honorarios de los gabinetes. El ajuste de sueldos no es solo un problema contable: es político. La distancia entre lo prometido en campaña y lo firmado en el decreto revela una contradicción que no puede ignorarse. El Presidente Kast prometió austeridad y hoy sube sueldos para hacer viable su propia gestión. La decisión puede ser técnicamente correcta —Chile necesita un Estado profesional y competitivo— pero el problema es haber prometido lo contrario. Instaló una expectativa que no resistía la realidad, y eso se tradujo en un incumplimiento de su propio discurso.

El segundo frente es el de las comunicaciones. Frente al estallido del debate por la decisión de no compensar el MEPCO y el consecuente aumento en el precio de las gasolinas, desde el gobierno se publicaron en redes sociales aseveraciones que no eran exactas. Gobernar no es postear en campaña. Comunicar siendo gobierno es un acto de otra naturaleza. Exige mesura, precisión y conciencia de que cada palabra oficial tiene peso institucional. El Estado tiene controles, el uso de recursos públicos requiere seriedad, y la comunicación pública no puede operar con la lógica del eslogan electoral. Cuando lo hace, no informa: desorienta.

Ambos frentes apuntan al mismo diagnóstico: la dificultad de abandonar el modo campaña una vez que se llega al poder. Gobernar exige reconocer que el Estado no es un escenario, sino una estructura con reglas, contrapesos y responsabilidades. Cada promesa corregida en silencio y cada dato inexacto publicado sin corrección erosionan lo mismo: la confianza.

Chile necesita un Estado fuerte, profesional y bien remunerado. Eso no es ideología: es condición básica para gobernar. El problema es que quienes hoy conducen el país llegaron al poder convencidos de que el Estado fallaba por las personas que lo dirigían, no por la complejidad de dirigirlo. Señalaron incompetencia ajena con una seguridad que hoy les cobra factura. Gobernar no se aprende en campaña.

Para gestionar el Estado no basta con tener mejores convicciones.

Otros presidentes también tuvieron que recorrer ese camino —y pagaron costos por ello—. La distancia entre la tribuna y el ejercicio real del poder es, al final, lo que este gobierno está aprendiendo, mientras enfrenta el riesgo de perder apoyos y credibilidad.

Por Tatiana Klima, socia directora Criteria Comunicaciones.

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