Por Arturo CifuentesEl espejo incómodo

En los años 50 se masificó la presencia de la televisión en los hogares norteamericanos. A raíz de esto, Henry Richards (un vendedor de muebles) pronosticó que la televisión mantendría a los niños en sus casas alejados de aquellos lugares donde pudieran estar expuestos a malas influencias, y esto contribuiría a que empezaran a valorar más los méritos de la llamada vida casera.
En la misma época, Robert Lutz, un ejecutivo de General Electric, afirmó que la televisión en colores solo sería un complemento a la televisión en blanco y negro, pero jamás la reemplazaría. Un noticiero en colores, especuló Lutz, no informaría más que uno en blanco y negro. Paralelamente, Bill Fay, un periodista deportivo, aventuró que la televisión eliminaría todo interés por asistir a eventos deportivos, ya que ofrecía la posibilidad de verlos cómodamente en el living de la casa.
El lector podrá juzgar la exactitud de estos pronósticos. Lo que es claro es lo peligroso que resulta hacer declaraciones tajantes con respecto al futuro. Y la advertencia no solo se limita a predicciones relacionadas con nuevas tecnologías. Recordemos que Francis Fukuyama (autor de El fin de la historia y El último hombre) proclamó hace más de tres décadas—simplificando un poco su tesis— que la democracia liberal unida a una economía de libre mercado se había impuesto en forma definitiva como el mejor sistema de gobierno, lo que haría desaparecer a las dictaduras y regímenes populistas. Y hace poco más de un siglo (de hecho, cuatro años antes de que estallara la Primera Guerra Mundial), Norman Angell, un periodista británico que eventualmente recibió el premio Nobel de la Paz, hizo otro vaticinio demasiado optimista. Angell argumentó que la integración económica entre las naciones industrializadas había llegado a un nivel tan alto, que una guerra entre ellas sería un acto completamente irracional y autodestructivo, y por lo tanto su probabilidad de ocurrencia iba a ser mínima.
Lo que inevitablemente nos lleva al tema de nuestros días: la inteligencia artificial (IA). Estamos inundados de predicciones sobre cómo la IA cambiará nuestra forma de vivir. Algunos ejemplos: desempleo masivo en diez años más; regularización de las relaciones románticas (o sexuales) entre humanos y robots; deterioro de las capacidades cognitivas y creativas de las nuevas generaciones. Difícil anticipar cuáles de estas especulaciones serán correctas. No me atrevo a opinar.
Sobre lo que sí me atrevo a opinar es que muchas de las críticas a los LLM (la sigla en inglés de large language models como ChatGPT, Claude, Gemini, Mistral y sus semejantes) son injustas. En síntesis, las críticas se centran en tres puntos básicos: (1) los LLM no piensan, ni tampoco entienden, solo repiten lo que han oído; (2) han heredado implícitamente todos los sesgos y prejuicios de sus creadores; y (3) son realmente cajas negras (black boxes), es decir, el mecanismo en virtud del cual emiten una opinión o resultado no está totalmente entendido.
Puede que así sea. El único problema es que estas críticas también se pueden aplicar a la mayoría de los seres humanos con los que interactuamos todos los días. Y no por eso dejamos de relacionarnos con ellos. Quizás los LLM nos incomodan porque nos fuerzan a enfrentar dilemas que todavía no hemos resuelto: ¿qué significa ser humano? ¿O inteligente? ¿O racional? Por último, tal vez la pregunta clave no sea si los LLM son diferentes (o mejores) que nosotros, sino cuán parecidos a ellos somos los humanos.
*El autor de la columna es investigador principal de Clapes UC
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