Por Daniel ZovattoEl mapa político latinoamericano se redibuja

Por Daniel Zovatto, director y editor de Radar LATAM 360. @zovatto55
América Latina atraviesa un giro político sostenido hacia la derecha.
Si entre 2022 y principios de 2023, las seis principales economías de la región estaban gobernadas por fuerzas de centroizquierda o izquierda, tres años y 14 elecciones presidenciales después, ese mapa luce radicalmente distinto.
El punto de inflexión llegó en 2023 con los triunfos de Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador y la irrupción de Javier Milei en Argentina. En 2024, la derecha consolidó su avance con las victorias de Mulino en Panamá, Bukele en El Salvador y Abinader en República Dominicana. El ciclo se intensificó en 2025 con cuatro elecciones y cuatro triunfos derechistas -entre ellos José Antonio Kast en Chile y la reelección de Noboa en Ecuador, además de las de Paz en Bolivia y la de Asfura en Honduras-, y en febrero de 2026 la victoria de Laura Fernández en Costa Rica terminó de confirmar la tendencia.
El balance es contundente: 11 de las 14 elecciones fueron ganadas por fuerzas de derecha, frente a solo tres victorias de la izquierda: Arévalo en Guatemala, Sheinbaum en México y Orsi en Uruguay.
Una lectura más profunda
Sin embargo, el mapa exige matices. A pesar de encadenar victorias electorales, la derecha no controla las principales economías. Brasil, México y Colombia concentran cerca del 70% del PIB regional y el 60% de la población. La izquierda gobierna donde más pesa económicamente. Esta asimetría impide hablar de un giro uniforme: se trata de un reequilibrio más complejo.
Lo que se observa tampoco es solo un desplazamiento ideológico. Es, en buena medida, un nuevo ciclo de voto de castigo. Los electores responden a la frustración acumulada: inseguridad, deterioro del poder adquisitivo, desempleo y corrupción han erosionado la confianza en los gobiernos incumbentes. La derecha emerge como la principal alternativa disponible ante las promesas incumplidas de la mayoría de los gobiernos de la “segunda marea rosa” y el malestar social.
Las nuevas derechas -diversas entre ellas-, además, han demostrado notable capacidad de conexión con el electorado a través de redes sociales, mensajes directos y emocionalmente eficaces. Han sabido capitalizar el rechazo a la política tradicional, las preocupaciones sobre seguridad -la llamada bukelización de la política- y la migración, con discursos antisistema que resuenan especialmente entre los votantes más jóvenes.
A esto se suma el factor Trump: su respaldo a gobiernos ideológicamente afines y su nueva política hemisférica han reforzado la convergencia entre las derechas latinoamericanas y Washington, con efectos tanto geopolíticos -doctrina Donroe y Escudo de las Américas- como en las dinámicas electorales internas de varios países.
Tres elecciones que definirán el continente
En este contexto, Perú, Colombia y Brasil serán el campo de batalla decisivo en los próximos seis meses.
Perú (balotaje: 7 de junio) enfrenta un escenario favorable a la derecha, con Keiko Fujimori liderando la primera vuelta. La disputa por el segundo lugar entre la izquierda y la derecha aún incierta se define en sede judicial. El contexto es de alta polarización e institucionalidad frágil.
Colombia (primera vuelta: 31 de mayo / balotaje: 21 de junio) compite sin incumbente, ya que Petro no puede reelegirse. La izquierda, liderada por Iván Cepeda, enfrenta una derecha fragmentada entre De la Espriella y Paloma Valencia. El resultado del balotaje es abierto para ambos bloques.
Brasil (primera vuelta: 4 de octubre / segunda vuelta: 25 de octubre) es la apuesta más importante. Lula busca la reelección frente al bolsonarismo representado por Flávio Bolsonaro, en un clima de alta polarización y empate técnico en las encuestas. Dado el peso de Brasil -la mayor economía y población de la región-, su resultado tendrá implicaciones sistémicas para toda América Latina.
Si la derecha ganara en los tres países -escenario improbable pero no descartable-, la izquierda democrática quedaría reducida a México, Guatemala y Uruguay. Eso implicaría no solo una contracción del espacio político progresista, sino una redefinición de la agenda continental y de la inserción internacional de la región.
La pregunta de fondo no es ideológica
Pero incluso una victoria total de la derecha no garantizaría estabilidad. El problema central no es quién gana, sino si quien gobierna logra responder a las demandas ciudadanas. Si la derecha no mejora la seguridad, reactiva el crecimiento y genera empleo, el péndulo volverá a oscilar, como ya ocurrió en tres ocasiones desde comienzos del siglo XXI.
A este cuadro se agrega una variable externa: las elecciones de medio término del 3 de noviembre en Estados Unidos. Una eventual pérdida republicana de la Cámara -patrón recurrente para el partido en el poder- o incluso también del Senado, limitaría significativamente el margen de maniobra de Trump durante los dos últimos años de su presidencia, con efectos directos sobre su política exterior y sobre América Latina.
Reflexión final
Los próximos seis meses definirán el nuevo equilibrio político latinoamericano y la forma en que la región se inserta en un orden internacional cada vez más fragmentado, atravesado por la creciente competencia entre Estados Unidos y China tanto a nivel como especialmente en nuestra región.
La gran incógnita de mediano plazo es si este ciclo derechista será prolongado -comparable a la primera “marea rosa” de comienzos de siglo- o breve y volátil, reflejo de electorados cada vez más fluctuantes e ideológicamente desalineados.
En una Latinoamérica donde las mayorías son volátiles y la paciencia social se agota rápido, el interrogante de fondo no es ideológico sino de desempeño: si los nuevos gobiernos tendrán la capacidad de entregar resultados frente a las demandas ciudadanas. Esa respuesta definirá el futuro político de la región en un entorno de alta incertidumbre, polarización creciente, democracias bajo presión y fuerte tensión geopolítica. Se vienen seis meses decisivos e intensos.
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