El octubre brasileño

Lula Haddad

Lula junto a Haddad, en un acto de campaña en Sao Paulo, en 2012. Foto. AFP


Con la destitución de Dilma Rousseff en agosto del 2016, la derecha brasileña no buscaba solo remover a una presidenta. Se trataba de algo mayor aún: cambiar de modelo y derrotar un proyecto; y para ello era imprescindible destruir a Lula y al Partido de los Trabajadores. ¡No lo lograron!

A una semana de la primera vuelta electoral, el fracaso de la operación es total. Es cierto, Lula permanece encarcelado en Curitiba y no pudo ser candidato. Su figura, sin embargo, ha crecido hasta transformarse en una idea, un símbolo que seguramente perdurará por décadas. Al mismo tiempo, Michel Temer, el reemplazante de Dilma, termina su período hundido en el más amplio descrédito y los candidatos representativos del oficialismo, Henrique Meirelles y Geraldo Alckmin, juntos no superan el 10%.

El impeachment no hizo más que agudizar la crisis política. La economía tampoco despegó como algunos apostaban y reformas que se estimaban importantes, como la de las pensiones, terminaron naufragando en el mismo Congreso que votó la destitución de Dilma. Luego de más de dos años de gestión, el balance del gobierno de Temer es patético: una economía estancada, una sociedad fuertemente polarizada, violencia galopante y una imagen externa por los suelos.

La popularidad de Lula no era algo efímero y estrictamente personal. Es bastante más que eso. Es el reconocimiento por parte del pueblo de un legado macizo y también la adhesión a un proyecto. Lula no está solo. Tiene sus espaldas cubiertas por un sólido respaldo popular. A su vez, ha concitado el apoyo de grandes figuras de la escena internacional conscientes de la enorme injusticia cometida en contra del "presidente más popular del planeta", como lo definió el expresidente Obama. Por estas razones, pero también por su trayectoria y méritos propios, Fernando Haddad, el candidato a vicepresidente que debió sustituirlo, ha recibido en pocos días un gran respaldo. Éste lo llevará a disputar la segunda vuelta del 28 de octubre, con alta probabilidad de convertirse en el futuro presidente de Brasil. Pero Haddad no es un recién llegado. Durante siete años fue ministro de Educación y luego alcalde de Sao Paulo.

La disputa en la segunda vuelta se anuncia reñida. Al intentar destruir a Lula y al PT, la derecha brasileña agudizó la polarización permitiendo la emergencia de una especie de Frankenstein: Jaír Bolsonaro. Militar retirado que concentra todos los defectos: misógino, racista, machista y golpista.

Duele asumir que un personaje como Bolsonaro pueda alcanzar niveles de adhesión que le permitan disputar la presidencia de Brasil. Es la manifestación desesperada de una grave y peligrosa desconfianza hacia el sistema político.

Espero y creo que Haddad será el próximo presidente de Brasil. Su responsabilidad es enorme; la tarea por delante gigantesca. Por de pronto, en las tres semanas que median entre la primera y la segunda vuelta, tendrá que ser capaz de construir un gran acuerdo social y político que le permita al nuevo gobierno restablecer conquistas arrebatadas durante el tiempo de Temer, reactivar la economía, traer de vuelta a Brasil a la escena internacional y sobre todo sanear un sistema político que el propio Lula tildó muchas veces de indecente.

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