Por Javier VegaInversión tecnológica: hora de ponerse al día

El cambio tecnológico -impulsado por la inteligencia artificial (IA), la automatización avanzada y la transición verde- está reconfigurando la ecuación productiva de los países. Para que esta ola se traduzca en crecimiento real, no basta con presionar las mismas teclas de siempre: se requiere inversión en capital tecnológico, capacidad de innovación y absorción de conocimiento.
En este contexto, Chile aparece con una paradoja, porque, mientras mantiene un marco macroeconómico sólido, exhibe una brecha estructural en productividad y una falta de inversión tecnológica que puede dejarlo fuera de competencia.
La brecha productiva es elocuente. La productividad total de los factores (PTF) en Chile ha retrocedido, restando impulso estructural a la economía. Además, un reciente análisis de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que “la economía chilena es aproximadamente un 50% menos productiva que el promedio de los países de la OCDE, y no ha logrado converger en la última década”. A ello se suma que la productividad laboral creció solo 0,4% promedio anual entre 2010 y 2023, muy por debajo del promedio OCDE (1,2%).
El rezago tecnológico se explica, en buena parte, por la escasa inversión en investigación y desarrollo. Chile destina apenas 0,36% del Producto Interno Bruto (PIB) a I+D (investigación y desarrollo), según datos del Banco Mundial, mientras que el promedio OCDE supera el 2%. El gasto empresarial en innovación también es bajo: solo un tercio del total, frente al 70% promedio de los países desarrollados. Este déficit limita la capacidad del país para incorporar nuevas tecnologías y generar ventajas competitivas sostenibles.
Esta combinación -productividad estancada y baja inversión en innovación- impide que Chile capte plenamente las oportunidades de la revolución tecnológica. Los sistemas productivos más dinámicos son aquellos que combinan inversión física con “inversión inteligente”: adopción de herramientas digitales, automatización, desarrollo de capital humano y ecosistemas de innovación colaborativos. La propia OCDE ha recomendado a Chile “facilitar la adopción tecnológica en pymes y fortalecer los vínculos entre universidades y empresas” como condición para romper el estancamiento.
El desafío no es menor. Las empresas chilenas necesitan incorporar procesos de automatización e inteligencia artificial para mantener su competitividad, pero ello requiere un entorno institucional que incentive la inversión y reduzca la incertidumbre regulatoria. La política pública, por su parte, debe reconocer que el crecimiento futuro ya no depende solo del volumen de capital o empleo, sino de su calidad, de su capacidad transformadora. Ello exige una estrategia de Estado que articule la generación de conocimiento, su aplicación productiva y la formación técnica y profesional necesaria para sostenerla.
Chile no está ante una opción de sumarse o no a la revolución tecnológica, sino ante una urgencia estructural. Si no elevamos la inversión en innovación, modernizamos nuestras capacidades productivas y reducimos la brecha de productividad, estaremos condenados a un crecimiento bajo y dependiente, mientras otros países avanzan hacia la nueva frontera tecnológica.
*El autor de la columna es economista
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