Opinión

La Cuenta Pública y la realidad

“Durante años, la práctica política nos acostumbró a discursos grandilocuentes y promesas vacías (…) Los chilenos están cansados de eso. Y tienen toda la razón.” Esa es una de las frases iniciales que despachó el Presidente en su cuenta pública. Si bien tiene razón, lo cierto es que es tan culpable de ese pecado como sus contendores. Durante la campaña, el Presidente se mostró entusiasmado en presentar una serie de “planes” que tenían mucho de grandilocuencia, pero poco de contenido. Esa brecha entre sus aspiraciones y la realidad no ha pasado desapercibida por la ciudadanía, que lo ha castigado con la luna de miel más corta desde el retorno a la democracia.

Las expectativas sobre la cuenta pública eran bajas. Según la encuesta Cadem de la semana pasada, la mayoría esperaba que ocupara la oportunidad para reconocer sus errores (algo inesperado a tan solo 82 días de gobierno), mientras que otro porcentaje importante buscaba conocer de forma más detallada en qué consisten sus ideas de emergencia y reconstrucción. Esto en un trasfondo de alta reprobación presidencial y con más gente en desacuerdo que a favor de su proyecto de reconstrucción, la iniciativa legislativa clave del gobierno.

Empero el llamado a la honestidad, Kast pareciera seguir caminando en la delgada frontera entre la realidad y sus ilusiones. A pesar de que repitió la muletilla de que no se tocarán los beneficios sociales, esto se enfrenta a la realidad que le han hecho ver desde hospitales, municipios (incluso algunos del oficialismo) y otras reparticiones públicas. Bajo el lema de la emergencia pareciera asomarse una fantasía ideológica en la que es posible hacer lo mismo, pero con menos recursos. Una lógica donde todo pareciera ser un problema de eficiencia, no de evidencia.

La Cuenta Pública también se paseó por una multitud de temas, lo que no es extraño para este tipo de discursos. Asimismo, Kast no disfruta del lenguaje florido, lo que se agradece. Pero sí pareciera encontrar refugio en una serie de caballos de batalla de su sector, que no hacen más que reforzar sus posturas ideológicas.

Ante la crisis de inseguridad que el mismo alimentó, se responde con un registro de “incivilidades”, que no es más que extender la acción del Estado en un área en que su sector goza haciéndolo: en la represión de lo que hoy se consideran faltas. Lo que ofrece no es evidencia sobre lo que funciona en la prevención del delito, sino que una lectura moral sobre su ideal de sociedad. Para lo otro, está el plan aprobado en el gobierno de Boric y que su ministro del ramo ya ratificó. Algo parecido ocurre en educación, donde descartó el sistema de admisión escolar creado por expertos de todos los sectores por uno que valora “el mérito”, como si eso fuera medible al inicio de la vida escolar, o incluso deseable en un país donde el “mérito” suele correlacionar con el ingreso. De nuevo, un gustito ideológico.

No fue una Cuenta Pública grandilocuente, concedamos que ese no es el estilo del Presidente. Pero quedará por ver si cumple con su propio estándar de evitar las promesas vacías. Por ahora, queda pendiente.

Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política en Queen Mary University of London y director de Espacio Público.

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