La derecha evolutiva

chile vamos


Esto de que la derecha “evolucione”, se adapte a circunstancias intentando salvar el pellejo, no es nuevo. Desde que la Revolución Francesa puso en jaque al Antiguo Régimen y a cuanto empolvado y señorito es dable, congraciarse con los nuevos tiempos, renegar de orígenes como lo son la propia estirpe, clase e historia, no garantiza que sobreviva la especie. A Philippe Égalité, de la rama Orleans, el haber sido regicida no lo salvó de la guillotina. Su hijo Luis-Felipe se encumbró en el trono gracias a un estallido revolucionario, convirtiéndose luego en rey-burgués amado por banqueros, para terminar cayendo en desgracia tras otro round de barricadas.

En Chile, el viraje desde mundos de derecha hacia el progresismo viene extendiéndose a lo largo del siglo XX desde muy temprano. Arturo Alessandri -recordemos- reniega del parlamentarismo oligárquico. El apoyo a Frei el 64, desesperado y suicida, capitaliza toda una estampida en círculos tradicionales remontable a los años 30. Jóvenes conservadores se vuelven falangistas y, en adelante, la figura del tránsfuga cunde como peste; devienen (con bendición clerical) socialcristianos, democratacristianos, mapu, izquierda cristiana… Si hasta la derecha económica y El Mercurio le dieron la espalda al agro tradicional. Ahora, que agrónomos, “hijos de”, trabajaran para la CORA y expropiaran al padre o suegro, demuestra hasta qué niveles de transformismo autodestructivo se llegó.

Los chaqueteos retornan después de la dictadura. Piñera es el caso más desvergonzado: hace alarde de su voto “No” el 88, y abjura de sí mismo el 2013 al embestir en contra de “cómplices pasivos”, cuando le debía su cuantiosa fortuna a dicho régimen y apoyo a dicho sector. Igual, no lo libra del 2011, ni tampoco lo estaría eximiendo de culpas tras entregar en bandeja la Constitución que lo lleva a La Moneda. Y, con él, todo su equipo, también afanado en mostrarse “aggiornado” y concesivo.

No convencen. Como tampoco convence el abajismo de jóvenes de Santiago-Oriente que descubren que otras clases sociales son menos “cartuchas”, o advierten que en sus casas no han sido sinceros respecto al pasado (¿quién lo es?). Esmerarse en hacer méritos, asumiéndose progresistas de última generación, renegando de lo que son y lo serán siempre, no es sino falsa impostación. Delata ansiedad culposa antes bien que claridad política, si es que no temor a perder privilegios asumiendo posturas ajenas que en otras coyunturas críticas no ha servido de mucho.

Hemos vuelto a los mismos dilemas de 1920, 1938, 1964, 1970, 1973 y 1988. Cualquiera sea la solución se requiere de una derecha no acomodaticia o aprobatoria, ya de hecho, fracasada. Siguen así y puede llevar a otros a asociarse de nuevo con la brutalidad de pura desesperación. Dudosa tesis, la de “evolución política”.


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