La mentira de Rojas Vade



Por Sofía Correa Sutil, historiadora

Rojas Vade se da cuenta que los periodistas de LT manejan la información sobre su caso, y decide reconocer lo que de todas maneras habría sido develado: no tiene cáncer, nunca se ha realizado quimioterapias. Retoma su papel de víctima: lamenta su “error” y dice padecer una enfermedad que no puede nombrar porque genera discriminación. A pesar de quienes quisieran “abrazarlo”, es evidente que no estamos frente a una persona que presentó su enfermedad con otro nombre para ser aceptado socialmente. Estamos ante quien decidió fríamente, con propósitos políticos, arrogarse la personalidad de un sujeto popular gravemente enfermo, que no podía ser tratado en el sistema de salud pública, y que debía endeudarse en cifras siderales para hacer frente a su enfermedad. Todo ello, siendo falso.

Dice padecer su enfermedad innombrable desde 2012. Entonces tenía 24 años (nació en octubre de 1983), aunque declara que la sufre desde los 28 años, también 29, o que era muy chico cuando lo diagnosticaron. Afirma que trabajaba a la sazón como operador de vuelos LAN; en otras ocasiones, como tripulante de cabina: dos oficios muy diferentes (los operadores de vuelos son profesionales, con estudios formales). La enfermedad que describe, con hospitalizaciones cada tres días, vómitos y diarreas, es a todas luces invalidante para trabajar como operador de vuelos o como tripulante de cabina. Sin embargo, ha señalado que en calidad de empleado de Latam tenía pasajes muy baratos, lo que le permitió viajar periódicamente durante dos años a Barcelona para tratarse en el Hospital Universitario Vall d’Hebron, uno de los mejores de España. A la vez que en Chile estaba en tratamiento en una clínica privada muy exclusiva, donde contaba con un seguro, tomado obviamente antes de su enfermedad. Es decir, Rojas Vade, haciéndose pasar por un joven “del pueblo”, puede y decide recibir tratamiento médico en Europa y en una de las clínicas más caras de Chile, saltándose las de costos intermedios, ni qué decir recurrir al sistema público de salud, impensable para él.

Sus estadías en España, así como su tratamiento en Chile, lo habrían llevado a endeudarse en cifras siderales, tal como lo ostentara en el famoso cartel con el que se mostraba en Plaza Italia, con el torso desnudo donde sobresalían falsos catéteres. En distintas entrevistas las cifras de su deuda van variando desde más de 90 millones, 76 millones, 37,5 millones, y en su declaración de intereses dio cuenta de un crédito de consumo de 27 millones (para pagar quimioterapias, declaró, que resultaron inexistentes).

Así, no es que Rojas Vade solo haya dicho una mentira puntual, la de padecer cáncer. Su vida entera ha sido construida sobre la mentira. Rojas Vade, símbolo de la primera línea de los enfrentamientos de Plaza Italia, es un impostor, y su impostura está salpicando ya a quienes lo defienden, excusan y amparan.

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