Lo peor de lo nuestro



Por Daniel Chernilo, director del Doctorado en Procesos e Instituciones Políticas, Escuela de Gobierno UAI.

Las imágenes de este fin de semana, con la indigna expulsión de migrantes desde la frontera norte del país, no debieron nunca haber tenido lugar. No hay justificación para exponer públicamente a otros seres humanos a un trato tan denigrante. Era de esperar mayor entereza moral de las autoridades políticas, mayor pudor de las autoridades administrativas y mayor rigor de las autoridades judiciales.

Al mismo tiempo, la acción resulta tristemente predecible. Mucho tiempo ha pasado ya desde aquellas fotos presidenciales en la frontera venezolana donde se les ofreció asilo contra la opresión a quienes buscaban escapar de la dictadura de Nicolás Maduro. Hoy las prioridades internas son otras y esta expulsión busca mostrar el tipo de “mano dura” con que los países ricos “envían señales” de que no serán obsecuentes con la “migración ilegal”. Quisiera hacer tres reflexiones breves al respecto.

Primero, la migración es un dato básico de la condición humana; uno de los hechos fundantes que nos definen como especie. No hay una única forma de migrar, una única motivación para hacerlo, ni único resultado que se pueda esperar de ella. Desde el nomadismo del homo sapiens hace miles de años hasta los intercambios estudiantiles del presente, los seres humanos buscamos constantemente otros lugares, experiencias y posibilidades. Por el contrario, la construcción de la migración como un atentado a la soberanía es una idea que tiene poco más de 100 años. Transformar la migración en la afrenta última contra la integridad nacional es un sinsentido.

Segundo, si hay algo de cierto en el mito del país mestizo, eso es justamente el que todos fuimos migrantes alguna vez. En todas nuestras familias hay quienes entraron o salieron de alguna parte, desafiaron convenciones y normas, se sobrepusieron a la discriminación y los prejuicios, y finalmente transformaron lo ajeno en propio. La migración conlleva altos costos emocionales, personales y económicos. Pero la expectativa tanto individual como colectiva es que, más temprano que tarde, la situación deviene una nueva normalidad, más rica, diversa y segura. “Y verás como quieren en Chile….” dice alguna canción popular.

Tercero, la deshumanización de otros, en especial aquellos que están en posición de desventaja, en realidad no hace otra cosa que reflejar aquello que somos realmente, pero nos cuesta o no nos gusta aceptar. La pandemia nos ha hecho cuestionarnos la forma en que comprendemos la vida familiar, los espacios laborales, la importancia de las rutinas más simples y de los servicios más complejos. Hemos encontrado fuerza y satisfacción donde pensábamos no la había. Pero en ocasiones como esta, también saca a relucir lo peor de lo nuestro. Siempre queda tiempo para aprender las lecciones.

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